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Cuando el 7 de marzo de 2025, Éric Berton, presidente de la Universidad Aix-Marsella (AMU), lanzó la iniciativa Safe Place for Science (Lugar seguro para la ciencia), lo hizo con una idea clara en mente: crear un refugio científico para los investigadores que buscaban una salida de Estados Unidos ante los recortes y restricciones de la Administración Trump. La agresividad de las medidas impuestas hasta entonces a los compañeros de Berton en los laboratorios y las aulas estadounidenses bastó como advertencia de lo que estaba por venir. Lo inesperado, sin embargo, fue el éxito que tuvo su idea.

En el despacho de María Eugenia Prendes hay silencio y mucho orden. Lo segundo tiene que ver con recolocar un espacio que ocupa desde mayo del pasado año, cuando fue nombrada fiscal de sala de Violencia contra la Mujer, y con la mudanza que llegará en pocos meses, a una nueva sede de la Fiscalía General del Estado. Prendes (Oviedo, 65 años) entró en la carrera fiscal en 1988. Primer destino: Sevilla. Estuvo allí dos años antes de pasar a San Sebastián, donde se especializó en justicia juvenil y de menores. Y en el 97 volvió a casa, a Asturias. En 2012 fue designada fiscal delegada de violencia en la autonomía y ahí trabajó hasta julio de 2024, cuando tomó posesión como fiscal superior de Asturias.


La muerte de un hombre de 38 años, uno de los dos participantes que entraron en parada cardiorrespiratoria en la última media maratón de Madrid, celebrada el pasado mes de abril, volvió a instaurar en la esfera pública el debate sobre los posibles riesgos para la salud cardiovascular de las grandes pruebas de resistencia (maratones, ultramaratones, triatlones, ironman, etc.). La atención mediática que generan estos sucesos, unida a la aparición de algunos estudios que alertaban de la existencia de una hipotética dosis segura máxima, más allá de la cual los efectos adversos del ejercicio para el corazón podrían superar a sus beneficios, despiertan de forma puntual la alerta sobre la práctica de unas pruebas deportivas que cada vez ganan más adeptos.

Dos fondos de inversión están a punto de cerrar un negocio redondo con los pisos que un día pertenecieron a los madrileños. Son dos de los mayores caseros privados de Madrid, Fidere y Nestar, que compraron 2.490 viviendas públicas al Ayuntamiento de la capital cuando el mercado tocó fondo durante el resacón del ladrillo. Dieciséis años después esas dos empresas se preparan para venderlos muchísimo más caros, en un momento de desenfreno inmobiliario. Los anuncios han llegado a Idealista con precios inalcanzables para muchos madrileños, como un piso en Sanchinarro de tres habitaciones por 649.000 euros.



La obra de Banksy se ha construido sobre la crítica política y social de sus dibujos con plantilla y el misterio que ha rodeado su verdadera identidad. En distintos momentos de la historia reciente, medios e investigadores han dedicado todos sus esfuerzos a tratar de desvelar quién es la persona o el colectivo que se oculta detrás de todas las máscaras y sombras sobre las que se ha escondido uno de los representantes más importantes del arte actual. Ahora, un reciente informe de Reuters ha roto el misterio al certificar que Robin Gunningham es el nombre real del creador. Se trata del mismo hombre al que se había identificado ya en 2008, la diferencia es que su entorno ni confirma ni desmiente esta reconfirmación, la clave que otorga a esta investigación una autoridad hasta entonces desestimada por quienes hacían de portavoces de Banksy.
Quizá recordéis la escena de Minority Report en la que Tom Cruise manipulaba enormes pantallas transparentes moviendo las manos con unos guantes especiales. Cuando la película se estrenó en 2002, aquella interfaz parecía un ejercicio de imaginación pura, una forma vistosa de representar cómo sería la tecnología dentro de décadas. Sin embargo, poco más de veinte años después, el control por gestos, las pantallas táctiles avanzadas o la realidad aumentada son tecnologías plenamente desarrolladas. Algo parecido ocurrió con las videollamadas que asombraban en Blade Runner en 1982, o con la inteligencia artificial capaz de mantener conversaciones naturales que Tony Stark utilizaba en Iron Man en 2008. Escenas que entonces pertenecían al terreno de la ciencia ficción hoy resultan sorprendentemente familiares. Y no es casualidad: en la actualidad, el mercado está empezando a llenarse de dispositivos que parecen sacados del cine futurista, pero que ya se pueden comprar —o estarán disponibles muy pronto— y empiezan a formar parte de nuestra vida cotidiana. Estos son algunos de los más sorprendentes.
Los carteles electorales se solapan estos días en las cuidadas y estrechas calles de Tórshavn, la capital de Islas Feroe. Sus habitantes encaran una doble cita con las urnas: el martes participarán en las legislativas danesas; el jueves, en unos comicios que despiertan un interés mucho mayor porque elegirán a los nuevos miembros de su propio Parlamento. Este remoto archipiélago atlántico, integrado en el Reino de Dinamarca, aunque mantiene polémicos acuerdos comerciales con Rusia, ha adquirido un peso creciente en el tablero geopolítico. Y, a diferencia de Groenlandia, que ante las amenazas de Donald Trump ha optado por estrechar sus lazos con Copenhague, en la clase política feroesa ha resurgido con fuerza el sentimiento independentista.
La masiva regularización de migrantes anunciada por el Gobierno agota sus días para iniciar los trámites administrativos. El último borrador del decreto, al que ha tenido acceso este periódico, anuncia la apertura de ventanillas en las oficinas de Correos y de la Seguridad Social para recibir las solicitudes de permisos de residencia y trabajo de más de medio millón de personas que hoy se encuentran en situación irregular en España. Algunas fuentes calculan que podrían acercarse al millón. El Ejecutivo se ha dado un plazo de tres meses para resolver cada petición desde el día en que sea admitida a trámite. El decreto que regula las nuevas condiciones para obtener ciertos derechos por arraigo en el país tiene que pasar por el Consejo de Estado y volver al de Ministros para su aprobación definitiva.
Al contrario que el año pasado, cuando caían chuzos de punta, el sol asoma y los bares en primera línea de mar están atestados. A escasos metros, unos valientes se divierten zambulléndose al tiempo que las gaviotas revolotean por el cielo y el ruido de las olas se entremezcla con el rodar de las bicicletas, ahora que Sant Feliu de Guíxols vuelve a ser el punto de partida de la Volta Catalunya, desde hoy hasta el domingo tras las cuestas de Montjuïc. En cabeza de cartel está Jonas Vingegaard, ganador de dos Tours que llega después de abrasar a todos en la pasada París-Niza, ocupado en recuperar un trono que Pogacar retiene con pulmones y piernas de hierro. Pero el siguiente capítulo de su batalla particular, que ya se escribe y compara con las grandes rivalidades del deporte, no será en la Volta. A Vingegaard (Hillerslev, Dinamarca; 29 años) tanto le da. “No pienso en si está o estará Pogacar. Simplemente, elijo las carreras en las que quiero participar y luego voy allí para intentar ganarlas. Nada más”, resuelve el danés con parsimonia, siempre hermético él, desde el hotel Barcarola, donde varios periodistas hacen una mesa redonda con el protagonista.
Vi el otro día algo que me chocó de una forma un tanto absurda. Sobre el parqué del Kaseya Center de Miami, Luka Doncic, estrella de Los Angeles Lakers, y Carlos Alcaraz, número uno del tenis mundial, compartían impresiones mientras miraban al suelo y se tocaban el hombro con esas palmaditas que solo se le da a alguien con quien no tienes suficiente confianza. “¿Cómo estás?”, “¿todo bien?”; son algunas de las frases a las que recurrieron para romper el hielo. No tengo pruebas, pero tampoco dudas. El brevísimo encuentro, en cualquier caso, precedió a una foto de los dos juntos, y cómo no, unas horas más tarde, a la difusión de la misma en las redes sociales de los protagonistas. Lo que de verdad me dejó pensando, no obstante, no fue el encuentro entre dos estrellas del deporte mundial, sino el efecto del irremediable paso del tiempo.