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El debate sobre el velo integral —burka o niqab— vuelve periódicamente a la agenda española, casi siempre instrumentalizado. A veces como arma política contra el Gobierno; otras, como pretexto para discursos xenófobos. Frente a ello, es imprescindible recuperar una mirada basada en la igualdad, la dignidad y los derechos humanos.

Afirman muchas jóvenes que prefieren no tener relaciones afectivo sexuales con hombres porque lejos de mejorar su vida la empobrecen y trastornan. Dicen que en las relaciones heterosexuales las agitan tensiones angustiosas e irresueltas entre traspasar las banderas rojas que les alertan de la educación patriarcal de su pareja, o intentar reeducarla. De decidir esto último el conflicto externo con el hombre se multiplica y se desplaza al interior de la joven, que se pregunta: ¿No estaré actuando como las mujeres tradicionales?, ¿no estaré perdonando sus intemperancias como mi madre hacía con mi padre? Una duda que las atormenta. Y no pueden permitírselo, no quieren permitírselo. “Los quiero ya educados”, afirman, reafirmándose. Pero se enamoran, desean, se vinculan, levantan banderas rojas, las cambian por la blanca de la paz, retornan al conflicto; muchas desisten. Interpretarlo solo como un triunfo más del individualismo, o como la retirada hacia un narcisismo que huye del conflicto, efecto del anhelo de no fricción que promueven las redes, apostando por relaciones funcionales de usar y tirar si el otro no se acomoda a nuestras expectativas, supondría no tomar en cuenta otros aspectos determinantes.
Mi abuela Gabina viajaba siempre con la mortaja en la maleta. Bueno, lo de viajar y lo de la maleta son licencias prosaicas. Los únicos viajes que hizo en su vida fueron los 300 kilómetros entre su pueblo y Alicante, y los 400 entre Alicante y Madrid, y su única maleta, una bolsa de lona que se negaba a cambiar porque le hacía el servicio y comprar otra era desperdiciar los cuartos. Total, que, cuando mi yaya, viuda eterna que no consintió jamás quitarse el luto, venía a casa a pasar el invierno, lo primero que hacía era colgar un hábito castaño oscuro casi negro en su funda de plástico en una esquina del armario que compartía con su nieta mayor, o sea, servidora, con mi correspondiente respingo al ser informada de su boca del destino del modelito, que entonces no se tenían tantas contemplaciones con los críos. Menuda era la Gabina. Décadas llevaba pagando los muertos, aunque no hubiera para aceite. Pero, aun teniendo el coche, la caja, el duelo y la sepultura pagados, no quería darle guerra a sus hijos pensando en qué ponerle llegada la hora. Eso era previsión y no lo de ahora.

Apátrida. Así me siento yo que, tras 35 años en mi país, me voy, tomando la decisión más difícil de mi vida. Emigro para continuar con mi carrera médico-investigadora, que tanto esfuerzo personal y dinero a las arcas públicas ha costado. Me voy con dos carreras universitarias, un título de especialidad, tres másteres y un doctorado, en el momento en que todo mi trabajo tiene que dar sus frutos al Estado. Me voy de un sistema que maltrata al médico “por tradición” y penaliza con una red caníbal de ayudas a quien, en pro de sus pacientes, además quiere investigar. Soy médico internista, infectóloga sin título, ya que en España no existe —otra cosa por la que somos únicos—. Me voy de unos políticos enajenados de la realidad de la ciudadanía, con tristeza al ver cómo están dejando morir un sistema público de salud que es la verdadera “marca España”. Me voy para poder seguir mejorando la salud de mis pacientes, sin que sea a costa de la mía propia. Me voy tras una generación, la del 15-M, que soñó con cambiarlo todo y no cambió nada. Me voy sin poder acceder a una vivienda, prisionera del país del sol y del turismo. Me voy del país más bonito del mundo, de mi tierra, España.
Se acaba otra temporada de premios y con ella la omnipresencia de alfombras rojas y de atuendos que se hacen virales por motivos deseables o por lo contrario. Y lo hace con la que quizá sea la ceremonia de entrega de premios más célebre de todas, los Oscar, en los que la alfombra roja no sólo sirve para que un público ávido de conversación superflua en un mundo cada vez más complicado saque punta a los invitados, sino también para tomar la temperatura de las tendencias en ropa formal y el estado de la cultura indumentaria entre los famosos.
Madrid se consolida como la capital mundial de la música latina. Por si alguien todavía lo dudaba, la ciudad está a punto de demostrarlo una vez más con los diez conciertos del artista puertorriqueño Bad Bunny en el Estadio Metropolitano este verano y con el anuncio del cierre de la gira Las mujeres ya no lloran de Shakira, que prevé otras diez actuaciones en la capital, según ha confirmado este miércoles el alcalde de Madrid, Jose Luis Martínez-Almeida. Para ello, la colombiana construirá un estadio que llevará su nombre en el polémico recinto Iberdrola Music, situado en el barrio de Villaverde.

Sentimiento de victoria en Villa de Vallecas. La Comisión Europea investigará las irregularidades ambientales en la incineradora de basuras de Valdemingómez que los vecinos del distrito del sureste madrileño llevan tres años denunciando. La Federación de Asociaciones Vecinales de Madrid (Fravm) y la Asociación Vecinal PAU del Ensanche de Vallecas registaron la pasada primavera una solicitud en la Comisión de Peticiones del Parlamento Europeo, un órgano que permite a cualquier ciudadano, de forma individual o conjunta, presentar quejas o inquietudes sobre temas dentro del ámbito de actuación de la Unión Europea (UE). Hace tres días, la entidad aceptó la demanda vecinal y remitió una carta al presidente de la Fravm, Jorge Nacarino, en la que le informan de que se va a llevar a cabo una investigación preliminar para determinar si la planta de Las Lomas se adapta a la normativa comunitaria y si el Ayuntamiento ha hecho lo suficiente por cumplirla.


A Bladimiro le gusta la fuerza con la que suena su nombre, y su historia está a la altura. Natural de La Guajira, una región de Colombia pegada a Venezuela afectada por la violencia de grupos armados, este hombre de 26 años llegó a España a finales de 2024 con un título en Administración de Empresas, unos 2.000 euros ahorrados y el sueño de trabajar en lo que fuera para reunir capital y abrir su propia concesionaria. Como no tenía un precontrato —y, por tanto, tampoco permiso de empleo— intentó pedir asilo, sin éxito. Tras cinco meses en paro, la única forma de quedarse en España fue aceptar un trabajo en negro en una empresa de la construcción en Madrid.

Carmen Linares llega a la cita con una ronquera importante. Se disculpa. Le decimos que por menos de eso Morrissey suspendería la entrevista y media gira. Se ríe. “No, yo esto no me lo podía perder”, dice con una voz áspera que en unos días, ya recuperada, brillará con hondura. La ocasión merece el esfuerzo de la cantaora: por primera vez, la andaluza posa y concede una entrevista con toda su artística familia. La propuesta vino de este periódico y ellos aceptaron sin pensarlo mucho. Este 2026 se celebran 30 años de un disco proverbial en la historia del flamenco, Antología. La mujer en el cante, donde la cantaora pone luz donde solo había tinieblas: recrea los cantes protagonizados por mujeres corajudas situadas en un segundo plano en un contexto patriarcal. La cantaora inicia una gira para conmemorar las tres décadas del álbum: el sábado 21 de marzo actúa en el circo Price de Madrid.
