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El PSOE ha cogido oxígeno en Castilla y León. No ha logrado el objetivo de desbancar al PP, que gobierna de forma ininterrumpida desde 1987, pero ha roto la inercia negativa de Extremadura y Aragón con un leve repunte en votos (menos de un punto) y dos escaños más. Carlos Martínez, alcalde de Soria que se ha presentado por primera vez a las elecciones autonómicas, saca a los socialistas del desánimo tras los malos resultados anteriores, en plena estrategia de Pedro Sánchez para reactivar al electorado de izquierdas con su posicionamiento en contra de Donald Trump, que ha marcado la recta final de la campaña del PSOE.


El partido ultra, que consiguió duplicar sus escaños en las elecciones de Extremadura y Aragón, solo tendrá un procurador más en las nuevas Cortes castellano y leonesas, pasando de 13 a 14. Se queda así lejos de los 17 escaños que le atribuían las encuestas y no consigue superar el listón del 20% de los sufragios, quedándose en un 18,9%, poco más de un punto por encima del porcentaje que obtuvo hace cuatro años. A pesar de todo, su techo histórico.
Nadie lo habría dicho en el PP. Que Alfonso Fernández Mañueco, el candidato con más años de Gobierno a sus espaldas ―y, por tanto, con mayor desgaste― sería el que mejor rendimiento iba a lograr en el PP en las tres últimas elecciones autonómicas. La victoria del candidato popular vuelve a ser incompleta, porque con 33 procuradores necesitará a los 14 de Vox para gobernar (la mayoría absoluta está en 42), pero en Castilla y León el PP logra salir del ciclo de victorias agridulces y se refuerza. Con cuatro puntos más de voto y dos nuevos procuradores, Mañueco crece más en diputados que los dos barones que le precedieron ―María Guardiola y Jorge Azcón (la extremeña ganó un escaño, y el aragonés perdió dos)― y, sobre todo, logra frenar a Vox, el gran rival del PP. Los ultras ralentizan su crecimiento y se quedan por debajo de la barrera simbólica del 20% de los votos, en el 19%, su mejor resultado en las urnas. En Castilla y León, Vox partía de una posición mucho más alta que en los otros dos territorios, por lo que el margen de crecimiento era menor. Eso sí, que la extrema derecha crezca solo un escaño es otra victoria para el PP, después de sus resultados en Extremadura y Aragón, donde duplicaron sus asientos. La fotografía no es perfecta para el PP, porque no hay batacazo del PSOE, que se recupera y también crece, pero Mañueco sorprende y mejora expectativas.
El Partido Popular comenzó a gobernar en Castilla y León allá por el siglo XX, cuando el muro de Berlín seguía en pie, el último grito en comunicaciones era el fax y casi ningún español había probado el sushi. Han pasado casi 40 años desde aquel 1987, y con ellos han pasado el dominio de la vieja Convergència en Cataluña, el monocultivo nacionalista en el País Vasco o la identificación automática entre PSOE y Junta de Andalucía. Han pasado casi 40 años, y el PP sigue ganando y tiene todas las posibilidades de seguir gobernando en Castilla y León. Con algún mérito extra: hacerlo con un político, Alfonso Fernández Mañueco, que nunca ha debido un voto al entusiasmo. Con la memoria cercana de unos fuegos en los que la Junta distó de tener su mejor hora. Frente a un candidato socialista, Carlos Martínez, con fama de serio y de gestor. Y con un Vox que creía jugar en campo propio y que, según las encuestas, iba a arrancar la rama dorada del 20% de los votos.

La división entre fuerzas políticas similares, sin una diferenciación nítida, al menos en programas electorales regionales, se paga. En Castilla y León, se ha comprobado, como también se constató el mes pasado en Aragón, y, en sentido contrario, en Extremadura. Allí, la coalición de Podemos e Izquierda Unida obtuvo un resultado extraordinario, al doblar casi su representación, superando el resultado de 2015 en pleno auge de Podemos. La subida del PSOE en Castilla y León, con respecto a los comicios de hace cuatro años, a diferencia de lo ocurrido en Aragón y Extremadura, insufla algo de fuerza y optimismo de cara al futuro, aunque se mantiene la preocupación al mirar a su izquierda. Con la división entre sus fuerzas, ahora en pleno replanteamiento, al menos por parte de Izquierda Unida, los comunes, Más Madrid y Sumar, las posibilidades de conformar mayorías se alejan sin remedio.

Castilla y León es la comunidad políticamente más previsible del país. No hay cambios desde hace 40 años: siempre gobierna la derecha. De la secuencia de las cuatro elecciones seguidas que programó el PP para apuntalar el ambiente de cambio de ciclo, esta era la menos decisiva, tal como lo veían en los cuarteles de los grandes partidos. Y así fue. El resultado deja algunas sorpresas, como siempre, en especial el pinchazo de Vox, que esperaba una subida mucho mayor, pero no tiene fuerza como para mover el escenario político nacional. Habrá que esperar a las andaluzas de mayo-junio, mucho más decisivas políticamente y con una candidata como María Jesús Montero que ha sido la número dos de Sánchez todos estos años, para que se mueva el avispero nacional mirando ya a las generales.
Las urnas en Castilla y León han dado un pequeño vuelco a la tendencia política que habían marcado las últimas convocatorias electorales. El PP mejora sus resultados después de casi cuatro décadas en el Gobierno y ralentiza la crecida de Vox, que, aunque progresa, lo hace de forma modesta, con lo que parece haber tropezado con su techo. Por primera vez en mucho tiempo, los comicios autonómicos en la comunidad más extensa de España refuerzan al bipartidismo. Porque el PSOE no solo detiene su caída, sino que incluso logra mejorar ligeramente sus resultados. Lo que no cambia con respecto a las dos elecciones anteriores en Extremadura y Aragón es el dominio indiscutible del conjunto de la derecha, que alcanza su máximo histórico, con más del 54% de los votos.

