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En las localidades de Israel que sufrieron el ataque de Hamás en octubre de 2023, todo lo que llegue desde Gaza genera preocupación. Incluso si se trata, como en las últimas semanas, de cometas infantiles. Entre los kibbutzim de Beeri y Nahal Oz, a menos de un kilómetro de la Franja, han caído una decena en el último mes y el Gobierno de Benjamín Netanyahu ve detrás una estratagema de Hamás para testar sus límites. El domingo, amenazó con asesinar a los responsables y hasta con expulsar a la fuerza a la población de las zonas de donde salen las cometas. Cuatro días más tarde, la Junta de la Paz (el organismo presidido por Donald Trump que supervisa la aplicación de la tregua de Gaza) volvió a alinearse con las tesis de Israel y pidió el fin de “toda actividad militante” en el enclave palestino, “incluido el volado de cometas”. Desde entonces, se suceden en Gaza las imágenes de adultos rompiendo cometas enfadados o de niños llorando por no poder volarlas. Los comités populares (que administran los refugios y campamentos de desplazados) exhortan a los padres a impedir a sus hijos jugar con ellas “a fin de proteger sus vidas inocentes”.

La Oficina de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), liderada por el director general, Gilbert F. Houngbo, ha informado a su consejo de administración de que “sería necesario ahorrar 22 millones de dólares (18,9 millones de euros)” ante la fuerte crisis de liquidez que atraviesa el organismo. Para lograr este ajuste de costes, Houngbo propone a este órgano recortar 120 empleos. De ellos, 73 corresponden a plazas de funcionarios permanentes, adelgazando una estructura formada actualmente por 1.670 empleados. Con el recorte, la actual dirección de la organización pretende mitigar la crisis de caja que atraviesa la OIT, a la que Estados Unidos adeuda unos 280 millones de euros por el impago de sus cuotas. El descubierto estadounidense supone el 70% de todas las tasas pendientes de pago por los Estados morosos con la organización.
Treinta y cuatro años es un tiempo suficientemente amplio como para que un índice bursátil se transforme. Desde 1992, el año en el que nació el Ibex, hasta hoy, solo 10 de los 35 valores se mantienen en el selectivo español: Telefónica, Endesa, Repsol, Iberdrola, BBVA, Santander, Naturgy, Bankinter, Mapfre y Acerinox. Las otras 25 empresas han salido del índice, han sido absorbidas, se han fusionado o han perdido el tamaño necesario para cotizar entre las mayores compañías cotizadas españolas. En su lugar han llegado otras como Inditex, CaixaBank, Ferrovial, Aena, Amadeus, IAG, Cellnex, Indra, Merlin, Grifols o Puig. Pero más que un cambio de unos nombres por otros, la transformación del Ibex es también un reflejo de cómo ha cambiado la gran empresa española.

The Waterboys puede ser la banda que más músicos ha tenido en sus filas en la historia del rock. Desde su fundación en 1983 hasta ahora, el total de artistas que han actuado o grabado con el conjunto asciende a 96. Es casi el triple de miembros que decía haber tenido Spinal Tap, el grupo surgido de un hilarante falso documental que exageraba los clichés del universo melenudo. Por eso, es inevitable arquear una ceja cuando su líder y única figura permanente, Mike Scott (Edimburgo, Escocia, Reino Unido, 67 años), dice que la formación ya “no necesita cambiar, puede quedarse así”. “A lo largo de los años, he encontrado a intérpretes tan versátiles que pueden tocar muchos tipos diferentes de música”, asegura por videollamada. “Llevamos ya seis o siete años con una formación estable y siempre se nota fresco. Cuando tienes a las personas adecuadas, no hace falta cambiar”. Habrá que creerle.
“Rescatar la identidad de un territorio, encapsular en una caja de metacrilato parte de lo que somos”. Así analiza la profesora Natalia Juan el significado de las imágenes que han marcado un nuevo episodio en la historia milenaria del monasterio de San Juan de la Peña (Huesca). En ellas se ve cómo el pasado 13 de agosto técnicos del Gobierno de Aragón y militares de la UME (Unidad Militar de Emergencias) evacuaban en contenedores transparentes los restos óseos de los primeros reyes de Aragón, ante la amenaza del fuego. “Supone conservar la historia de quienes quisieron enterrarse allí cuando se estaba construyendo el Reino de Aragón; es algo muy importante y simbólico”, añade la historiadora, que investiga el pasado del enclave desde hace un cuarto de siglo. El incendio ha arrasado miles de hectáreas, pero el monasterio viejo —y los huesos de los monarcas— han sobrevivido al fuego. Una vez más. “Cuando llegaron los franceses en 1809, incendiaron el monasterio nuevo (ubicado en la parte superior de la montaña), pero respetaron el antiguo porque allí estaban los restos de los reyes de Aragón”, relata Natalia Juan.

A finales de 1956, tras una accidentada travesía a bordo del yate Granma, Fidel Castro desembarcaba en Cuba al frente de un pequeño grupo de revolucionarios, dando así el pistoletazo de salida a tres años de lucha guerrillera contra la dictadura de Fulgencio Batista. Uno de los instructores militares de aquella heterogénea fuerza combatiente era un antiguo oficial del Ejército Popular de la República española, el aviador Alberto Bayo Giroud. No en vano, veinte años antes, el entonces capitán Bayo, jefe de la Aeronáutica Naval de Barcelona, había organizado y liderado otro desembarco en una isla, la Mallorca de 1936.

Han ocurrido muchas cosas en los 13 años que José Mourinho ha pasado fuera de España, algunas de ellas con Vinicius Jr. como triste protagonista. Un juzgado condenó a tres aficionados del Valencia por un delito contra la integridad moral con agravante de discriminación por motivos racistas. Ocho meses de cárcel para cada uno por “gritos, gestos y cánticos” proferidos contra el futbolista brasileño “con evidente desprecio al color negro de la piel del jugador”. No fueron las únicas personas que lo insultaron aquella tarde. Ni tampoco fue el único partido, ni el único estadio, en los que Vinicius Jr. se sintió agredido, no por jugar en el Real Madrid, sino por ser negro. Hace poco más de un año, otro juzgado condenaba a cuatro miembros del Frente Atlético a penas entre los 14 y 22 meses de prisión por colgar un muñeco con su camiseta de un puente.
Francia, verano de 1966. Junto a los superéxitos de la angelical Mireille Mathieu y de ídolos yeyé tan pulcros como Sheila o Salvatore Adamo, hay otra canción bastante más gamberra que las radios están pasando en bucle para alborozo de los oyentes. En ella, un niño de ocho años escribe una carta a sus padres desde un campamento vacacional. El estribillo parece inofensivo: “Las bonitas colonias de vacaciones / gracias, mamá, gracias, papá / Todos los años quisiera que volvieran a empezar / ¡Yucaidí, aidí, aidá!”. Sin embargo, aquello pronto adopta otra deriva: “Toso un poco porque respiramos el humo de la fábrica de al lado / Pero jugamos justo enfrente, en el vertedero municipal”. Y después: “Por la mañana vamos a rebuscar en la basura / Los monitores no son malos: / se pasan roncando tres cuartas partes del tiempo de la cogorza que llevan”. No a todo el mundo le hace gracia, así que habrá consecuencias.
Aunque muchos descubrieron el producto estrella de Charlotte Tilbury la semana pasada gracias a una promoción de la revista Elle, el Beauty Light Wand lleva casi una década en circulación. Charlotte Tilbury lanzó la primera versión en 2017 como un iluminador líquido con aplicador de esponja. Dos años después amplió la gama con Goldgasm, Pinkgasm y Peachgasm, tonos que ya se movían entre el iluminador y el colorete. Pinkgasm terminó convirtiéndose en el gran fenómeno. En 2021, Vogue US hablaba de 41.000 personas en lista de espera y Allure de más de 50.000, después de meses agotado.

Si hablamos de deporte, ir bien equipado siempre es importante. Para salir a correr, se necesita una riñonera de running donde guardar las pertenencias; para jugar al pádel, unos grips para la pala. Cada disciplina tiene sus propios accesorios y todos cumplen su función, pero hay algo que tienen en común: ninguno sirve de mucho sin una buena base. Y ahí es donde entra en juego la ropa deportiva ligera. Junto con el pantalón corto, una camiseta de manga corta es uno de esos básicos imprescindibles.



