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El actor y presentador Antonio Garrido visitó Santiago de Compostela con sus hijos y tuvo una mala experiencia con la comida: según su propia versión, las alitas de pollo que le sirvieron en una famosa multinacional de comida rápida “sabían a podrido”, algo que difícilmente habría ocurrido en A Noiesa, O Sendeiro o Casa Marcelo, por poner solo tres ejemplos de la siempre valorada gastronomía gallega. Salvando todas las distancias, algo parecido ocurre con el Barça de Flick, a quien muchos aficionados siguen reclamando una versión más industrial con la que asaltar los grandes mercados europeos, a costa, claro está, de vender su alma expresionista al diablo.
El cliente siempre tiene la razón, también en cuestiones relacionadas con fraudes bancarios. La justicia europea ha puesto el punto final a las disputas entre las entidades y las víctimas de fraudes, incluso aunque hayan cometido una negligencia grave, como llevar anotada la clave en la tarjeta de crédito, dictar por teléfono el código de un solo uso o instalar una aplicación de control remoto en el ordenador a solicitud de un desconocido. De entrada, las entidades financieras no podrán aducir ese motivo para denegar la devolución del dinero, como hacían hasta ahora, de acuerdo con una reciente sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE). Los bancos tendrán que reclamarle, a posteriori, el dinero al cliente.
La lechuga y el atún o el bonito hacen buena pareja, y eso lo sabemos desde que se inventó la ensalada mixta allá por el Pleistoceno. Nada que objetar a ese clasicazo, que nos ha acompañado en tantísimas comidas y siempre funciona cuando está bien hecho, pero como también estamos por la innovación, reivindicamos a la vez las fórmulas que se salen de lo corriente. Hace unos años ya publicamos tres ensaladas de lechuga que no son la de siempre. Hoy volvemos a la carga con una receta que une esta verdura con sus amigos el bonito y las aceitunas, y la refresca con un aliño de limón y tomillo.
El País Semanal, la revista dominical del EL PAÍS, nació el 3 de octubre de 1976. Y lo hacía con una portada que era toda una declaración de intenciones. Fue un reportaje que relataba la historia de las españolas que viajaban a Londres para interrumpir un embarazo no deseado. El aborto legal no llegó a España hasta 1985. “Es la constatación de que EL PÁIS nació con la intención de escuchar el clamor de la calle. Este era un clamor extraño: todo el mundo sabía algo del viaje de las jóvenes españolas a Londres, pero nadie hablaba de ello abiertamente”, escribe Elvira Lindo en el artículo que ahora recuerda aquel primer ejemplar.
Un hilo rojo de miles de kilómetros une los rescates desesperados en helicóptero en Valencia tras el paso de la dana Adam con el informe que acaba de publicar el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma), con sede en Nairobi. La ONU reconoce por primera vez en este documento que la barrera de los 1,5 grados Celsius de calentamiento se va a superar irremediablemente. Rebasar ese umbral significa olas de calor todavía más mortíferas, además de sequías destructivas y más lluvias violentas como las que han golpeado ahora la Comunidad Valenciana. En el caso de esta última dana, cada décima de calentamiento global supone elevar la temperatura del Mediterráneo y, cuando llegan las cíclicas gotas frías, estas se vuelven más severas porque el mar está más caliente y hay más energía para alimentar la tormenta.

Cuando hace cinco meses caractericé por primera vez el principio rector de la política exterior de Donald Trump como el suicidio de una superpotencia, ya resultaba evidente que su capricho de entrar en guerra contra Irán era una catástrofe estratégica. Ese fracaso es ahora aún más evidente y, lo que es peor, le ha dado a Trump otro pretexto para recompensar a Rusia. La debilidad ha engendrado aún más debilidad.
Las elecciones del 27 de octubre en Israel estarán dominadas por una única pregunta: mantener a Benjamin Netanyahu o deshacerse de él. Pero hay una lucha más profunda sobre la identidad del país, y las fuerzas antiliberales de Israel están ganando.
Belén Carreño, la periodista que escribe en este diario el boletín Inteligencia económica, publicó la semana pasada un artículo de opinión sobre un tema muy distinto a los que suele tratar: su vida sufriendo una adenomiosis dolorosísima, desde una primera regla incapacitante hasta el diagnóstico tardío de este tipo de endometriosis. La frase que más ha escuchado y que articula su relato de terror es “no es nada”. Las redes sociales, escribe, se volvieron su ventana a la enfermedad, informándola. Ahora consigue manejar el dolor de su cuerpo gracias a una red de profesionales privados que le ayudan a ello. No es la única. “Es un infierno. Yo dedico casi 500 euros al mes a mantenerme en pie y seguir trabajando. Hoy he tenido que pedir presupuesto en una clínica privada porque me han desaparecido las citas que tenía en la pública”, le responde en X Aida dos Santos, último Premio Nacional de Ensayo por Hijas del hormigón. La Vecina Rubia, una autora y personalidad digital, inspiró a Carreño a hablar en público tras contar a casi un millón de seguidores de X y tres millones en Instagram que había perdido su útero y diez años de vida “soportando que ginecólogos y ginecólogas normalizasen mi dolor y el resto de síntomas”.
Es muy difícil demostrar que eres descendiente de exiliados del franquismo. Y si tu bisabuelo se marchó de España a finales del siglo XIX a Uruguay, sería casi imposible demostrar que puedes optar a la nacionalidad española según una vía pensada para descendientes de exiliados del franquismo sin la instrucción de Sofía Puente, que modificaba ilegalmente lo que habían decidido los representantes de la soberanía nacional. La ciudadanía, la jerarquía normativa y el censo son cuestiones serias en una democracia. Pero nuestro Estado se respeta poco a sí mismo y quienes lo dirigen no respetan casi nada a los demás.
El coche parece casi de juguete: se acerca a otros vehículos aparcados, activa unos propulsores para saltar por encima, aprovecha para dar una espiral en el aire y cae sobre el suelo como quien se tira al sofá para echar una siesta. Es el nuevo Tesla Roadster, que Elon Musk vende en X (antes Twitter) con el mensaje: “Resulta que en el futuro sí hay coches voladores”. Se trata de una afirmación como mínimo exagerada: no se sabe si esos propulsores sirven para algún tipo de vuelo sostenido ni si estarán disponibles en el modelo que se ponga a la venta.