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Irene murió en la Semana Santa de 2018 con solo 24 años mientras visitaba las cuevas de la playa de As Catedrais, en Ribadeo (Lugo). A la joven de Valladolid le cayó encima una piedra de este monumento natural convertido en atracción turística. Aquel 31 de marzo se había adentrado junto a su novio en las cavidades abiertas a las visitas, rodeada de una muchedumbre de curiosos y personal de vigilancia y después de que esa misma mañana se produjeran otros dos desprendimientos que fueron ignorados. Nada de esto facilitó la depuración de responsabilidades tras la desgracia. La investigación penal fue archivada y su familia tuvo que afrontar una lucha judicial por la vía civil que ha durado ocho duros años. La Audiencia Nacional acaba de darles la razón.

Un camión de reparto de Coca-Cola descarga decenas de cajas de refrescos en la fachada este del mercado de los Mostenses a las 10 de la mañana. El destinatario de la mercancía no es el mercado municipal, sino una marisquería situada en la Gran Vía de Madrid, a poco más de 200 metros. “Hemos tenido que parar aquí porque en la Gran Vía es imposible”, se justifica un trabajador, en alusión al tráfico constante de la zona. El vehículo del gigante de las bebidas no es el único: varias furgonetas permanecen estacionadas a ambos lados de la plaza, mientras taxis y vehículos particulares circulan con dificultad entre ellos. En el pavimento no hay señal alguna que delimite una zona de carga y descarga, porque la plaza de los Mostenses es un espacio peatonal desde 2023, cuando el Ayuntamiento de Madrid invirtió tres millones de euros en reformar el recinto para ampliar el espacio de los peatones y vetar el acceso al tráfico rodado. Al menos ese era el objetivo, en la práctica este espacio de la capital se ha convertido en un scalextric en el que los coches ignoran la prohibición de circulación, a pesar de las llamadas y las quejas constantes de los residentes a agentes de movilidad.

Han pasado cuatro meses desde que Chiedza (nombre ficticio), de 33 años, regresó a Zimbabue desde Myanmar, donde fue víctima de trata de personas, pero su trauma sigue muy vivo. Como miles de zimbabuenses obligados por las dificultades económicas, esta madre soltera de dos hijos migró al sudeste asiático en noviembre de 2024, creyendo que había encontrado un empleo en Tailandia, pero acabó en manos de una red criminal en Myanmar. Le quitaron el pasaporte para evitar que huyera y la obligaron a realizar estafas por internet en Shwe Kokko, una ciudad conocida por la concentración de este tipo de crímenes.

Cuando la escritora y filóloga aragonesa Irene Vallejo (Zaragoza, 47 años) echó a cabalgar por los caminos de Grecia a misteriosos grupos de hombres en busca de libros para la Biblioteca de Alejandría en las primeras líneas de El infinito en un junco, poco imaginaba que unos años después ella misma presentaría su obra en la moderna heredera de aquel mítico enclave de la Antigüedad clásica. “Para mí es la culminación de más de seis años de ruta literaria por el mundo”, desliza, “y tengo la sensación de cerrar un hermoso círculo allí donde todo empezó”.

A veces, los llamamientos de Diego Pablo Simeone a la hinchada del Atlético ante una gran cita contienen una carga que delata el momento por el que pasan sus futbolistas. Su última invocación tuvo un punto de solicitud de auxilio y hasta de súplica. “Necesitamos a nuestra gente que más que nunca”, advirtió el sábado después de que su equipo sumara ante el Athletic (3-2) una victoria tan necesaria para asegurar la participación en la próxima Liga de Campeones como para levantar el ánimo de un plantel muy golpeado por la final de Copa perdida.
Hace poco menos de un año, Vincent Kompany, el entrenador del Bayern, acudió a la idílica localidad de Bad Wiessee envalentonado por la autoridad que le confería haber ganado la Bundesliga. Ahí, en una mansión junto al lago, le esperaba el oráculo en forma de presidente de honor del Bayern, el honorable Uli Hoeness.
¿Quién se atrevería a adivinar que tras décadas de horror se iba a topar con algo tan puro, libre y sereno a la vez? Entre las montañas más remotas de los Balcanes, el parque nacional de Sutjeska respira una calma que no entiende de estaciones ni de nostalgias. Al sur de Bosnia y Herzegovina, casi en la frontera con Montenegro, a este territorio de valles profundos, bosques centenarios y cumbres que rozan el cielo se le conoce como “el pulmón del país”. Y no solo por su aire limpio: también por la fuerza vital que emana de un escenario donde la naturaleza ha resistido a guerras, dictaduras y olvidos.

Cinco esculturas clásicas reciben a la entrada. A su lado una televisión, donde cualquiera puede sentarse, colocarse unos cascos y disfrutar de una pieza artística. Más allá, carteles de actividades culturales y jornadas. La primera puerta del pasillo da acceso a la exposición Grafito es casa, realizada por decenas de estudiantes, ejemplo del potencial que alberga la Escuela de Arte y Superior de Diseño San Telmo de Málaga. En su fachada, un vinilo de color morado recuerda que este centro público de formación artística acaba de cumplir 175 años. Aniversario que ha llegado cargado de actos y que sirve para subrayar que el papel que tuvo en la construcción cultural y artística malagueña en sus inicios se mantiene vigente adaptado a los nuevos tiempos.




El público que esta semana vaya a algún cine de la cadena Yelmo para ver el regreso de Meryl Streep como Miranda Priestly en El diablo se viste de Prada 2 podrá entrar a la sala con un bolso rojo lleno de palomitas. Es la moda y también una nueva experiencia cinematográfica: coleccionar un palomitero particular en cada gran estreno. El furor por estos cubos se ha vivido este abril con la animada Super Mario Galaxy, cuya figura del dinosaurio Yoshi, vendida a 40 euros, ya es pieza de especulación. Pero, en realidad, los más beneficiados son unos cines que buscan convertir cada estreno en un evento instagrameable y reconfigurar ingresos ante el descenso de la venta de entradas. “El espectador ya no busca solo sentarse a ver una película, sino vivir la experiencia. Ofrecemos nuevas formas de relacionarse. Ya no solo hablamos de exhibición”, explica por correo Samuel Bolaños, director de comercialización de Cine Yelmo.
Por si no tuviéramos bastante con la inestabilidad, la precariedad y las veleidades de un sector caprichoso e ingrato, cada cierto tiempo los trabajadores del audiovisual nos tenemos que enfrentar a una vicisitud profesional añadida: los estrenos de los amigos.
