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A veces, los llamamientos de Diego Pablo Simeone a la hinchada del Atlético ante una gran cita contienen una carga que delata el momento por el que pasan sus futbolistas. Su última invocación tuvo un punto de solicitud de auxilio y hasta de súplica. “Necesitamos a nuestra gente que más que nunca”, advirtió el sábado después de que su equipo sumara ante el Athletic (3-2) una victoria tan necesaria para asegurar la participación en la próxima Liga de Campeones como para levantar el ánimo de un plantel muy golpeado por la final de Copa perdida.
Hace poco menos de un año, Vincent Kompany, el entrenador del Bayern, acudió a la idílica localidad de Bad Wiessee envalentonado por la autoridad que le confería haber ganado la Bundesliga. Ahí, en una mansión junto al lago, le esperaba el oráculo en forma de presidente de honor del Bayern, el honorable Uli Hoeness.
¿Quién se atrevería a adivinar que tras décadas de horror se iba a topar con algo tan puro, libre y sereno a la vez? Entre las montañas más remotas de los Balcanes, el parque nacional de Sutjeska respira una calma que no entiende de estaciones ni de nostalgias. Al sur de Bosnia y Herzegovina, casi en la frontera con Montenegro, a este territorio de valles profundos, bosques centenarios y cumbres que rozan el cielo se le conoce como “el pulmón del país”. Y no solo por su aire limpio: también por la fuerza vital que emana de un escenario donde la naturaleza ha resistido a guerras, dictaduras y olvidos.

Cinco esculturas clásicas reciben a la entrada. A su lado una televisión, donde cualquiera puede sentarse, colocarse unos cascos y disfrutar de una pieza artística. Más allá, carteles de actividades culturales y jornadas. La primera puerta del pasillo da acceso a la exposición Grafito es casa, realizada por decenas de estudiantes, ejemplo del potencial que alberga la Escuela de Arte y Superior de Diseño San Telmo de Málaga. En su fachada, un vinilo de color morado recuerda que este centro público de formación artística acaba de cumplir 175 años. Aniversario que ha llegado cargado de actos y que sirve para subrayar que el papel que tuvo en la construcción cultural y artística malagueña en sus inicios se mantiene vigente adaptado a los nuevos tiempos.




Dos de mis mejores amigos tienen obras literarias radicalmente opuestas en todo, con un solo y curioso punto en común: a los dos en su juventud la lectura de Galdós les marcó, dejándoles una fértil huella.
El público que esta semana vaya a algún cine de la cadena Yelmo para ver el regreso de Meryl Streep como Miranda Priestly en El diablo se viste de Prada 2 podrá entrar a la sala con un bolso rojo lleno de palomitas. Es la moda y también una nueva experiencia cinematográfica: coleccionar un palomitero particular en cada gran estreno. El furor por estos cubos se ha vivido este abril con la animada Super Mario Galaxy, cuya figura del dinosaurio Yoshi, vendida a 40 euros, ya es pieza de especulación. Pero, en realidad, los más beneficiados son unos cines que buscan convertir cada estreno en un evento instagrameable y reconfigurar ingresos ante el descenso de la venta de entradas. “El espectador ya no busca solo sentarse a ver una película, sino vivir la experiencia. Ofrecemos nuevas formas de relacionarse. Ya no solo hablamos de exhibición”, explica por correo Samuel Bolaños, director de comercialización de Cine Yelmo.
Por si no tuviéramos bastante con la inestabilidad, la precariedad y las veleidades de un sector caprichoso e ingrato, cada cierto tiempo los trabajadores del audiovisual nos tenemos que enfrentar a una vicisitud profesional añadida: los estrenos de los amigos.

El sueño de la infancia de Estel Blay Carreras (Manresa, 39 años) era convertirse en astronauta. Más de la mitad de las niñas que tienen la ambición de dedicarse a las ciencias desisten en la adolescencia, pero no fue su caso, que convirtió una fantasía en un plan de futuro profesional. Se formó en Ciencia Aeroespacial, se doctoró, tuvo varios trabajos. Hoy, esta mujer, que vive en un barrio residencial de Sitges con su familia y dos hámsteres, que nos recibe con una sonrisa y en calcetines, que tiene un estilo de vida aparentemente convencional, en poco más de un año será la próxima comandante de una misión que simulará, en una isla remota del Ártico, una expedición a Marte.

Entre las paredes del Hospital Clínic de Barcelona, en un viaje de ida y vuelta por no más de tres pasillos y unas cuantas escaleras, se pauta, se fabrica y se administra una innovadora inmunoterapia contra el cáncer que ha cambiado el pronóstico de algunos tumores de la sangre: es la terapia CAR-T, una obra de ingeniería genética que reentrena al sistema inmune del paciente para que combata mejor las células malignas. Hay ya un puñado de medicamentos de este tipo confeccionados por la industria farmacéutica, pero el Clínic ha sido pionero en el desarrollo de un CAR-T académico con el que ya han tratado a más de 650 pacientes sin alternativas terapéuticas. “Pasamos de tratar a siete pacientes en 2017 a 114 en 2025. Es una revolución y yo no veo un límite”, cuenta el hematólogo Julio Delgado, jefe de la Unidad de Oncoinmunoterapia. “Cada vez hay más indicaciones, más ensayos clínicos… Y lo bonito es que, como lo hacemos nosotros, el límite nos lo ponemos nosotros mismos, no dependemos de la industria farmacéutica para que lo haga”, subraya.






Quizá no haya habido muchos europeos dispuestos a envidiar el clima de Gran Bretaña, pero la admiración por sus instituciones ha sido infalible. La explicación es sencilla: en los últimos dos siglos, Alemania ha conocido la monarquía, la república, el Reich, la partición en dos regímenes antagónicos y el modelo federal. Francia y España no han tenido menos convulsiones, e Italia, durante un buen tramo, ni siquiera existía. Mientras tanto, Gran Bretaña ha seguido todo este tiempo bajo una monarquía parlamentaria bien asentada, sin un solo amago revolucionario desde el siglo XVII. Su vida política ha tenido, sin duda, refriegas y escándalos severos. Lo que llegaba a las costas del continente era, en cambio, la estabilidad de su sistema parlamentario, “igual que el mar más agitado parece”, como escribe un viajero del XIX, “desde la distancia de una cumbre, un lago plácido”. Esa seducción no solo es cosa del ayer: Tony Blair y David Cameron inspiraron el cambio de partidos progresistas y conservadores en todo el mundo. Y Margaret Thatcher sigue proyectándose con fuerza —Ayuso, Vox— entre nosotros.