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Al inicio de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, Teherán intentó sostener el equilibrio de fuerzas mediante una estrategia de guerra asimétrica. El posterior cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán alteró la naturaleza del conflicto, elevándolo a una nueva fase. Estados Unidos, por su parte, exploró distintas vías: desde intentos fallidos de lograr el apoyo de la comunidad internacional y reabrir el estrecho mediante la fuerza militar, hasta negociaciones diplomáticas infructuosas con Teherán e incluso amenazas de bombardeos de escala apocalíptica. Finalmente, Washington optó por trasladar el conflicto al terreno del desgaste económico, mediante la presión sobre el comercio marítimo iraní con el objetivo de forzar una retirada de Teherán.
Son las 12.30 de un domingo y los pasillos de la academia de flamenco Amor de Dios, en pleno centro de Madrid, se parecen bastante a esas hileras nerviosas donde las hormigas se cruzan a lo loco sin chocarse nunca. Siempre hay gente en Amor de Dios, pero hoy huele a muchedumbre y un poco también a fervor. Imparte clase Juan Manuel Fernández Montoya, Farruquito para los amigos… del duende. O lo que es igual, el bailaor que muchos de los que saben de esto sitúan en la estirpe de los dioses del zapato veloz: Faíco, Farruco, Gades y él. Y eso, a pesar de que el interesado se encarga de rebajar la épica en torno a su nombre: “Yo nunca he sentido o he creído que haya estado dotado para bailar. Dudé muchísimas veces en el camino de si lo hacía bien o no, y sigo dudando. Cada día me levanto como si fuera un principiante, y creo que es algo sano, porque he conocido a otros compañeros a los que les ha jugado malas pasadas el hecho de pensar que ya habían llegado a la cima. Creo que me aburriría y me hartaría de llorar si un día sintiera que ya ha llegado. Ese día me quitaría de bailar por respeto a mí mismo y al público, sobre todo”.
Galicia tiene un legado textil preindustrial en torno al lino que no todo el mundo conoce, ni siquiera gallegos que generacionalmente están bastante cerca. A su prestigio actual en el ámbito de la moda, le precede un pasado en el que durante siglos, y hasta algo más de la mitad del XX, existió una producción doméstica para autoconsumo llevada a cabo por mujeres en el medio rural, en la que unas se encargaban de sembrar el lino, procesarlo e hilarlo para que otras pudieran tejer ropa de vestir o de hogar, algunas de ellas piezas con un alto valor artístico y creativo.
En muchos países, una de las decisiones que deben tomar las personas que acaban de convertirse en madres o padres es la de qué apellido o apellidos tendrá la criatura. En España, hasta 1999 solo había un orden posible cuando había padre conocido: el primer apellido era el del padre y el segundo el de la madre. El primer cambio fue permitir un orden diferente, aunque la opción por defecto sería la tradicional. Desde 2017, ya no hay un orden por defecto, hay que elegir. Aun así, en 2025 tan solo el 6 % de los recién nacidos llevaron el apellido de la madre primero, según datos proporcionados por el Ministerio de Justicia. “Yo sospecho que muchísima gente no es consciente de que esto se puede hacer”, señala Livia García Faroldi, profesora titular de Sociología en la Universidad de Málaga, como principal razón detrás de ese porcentaje tan bajo casi diez años después de la entrada en vigor de la norma (y más de cuarto siglo después de la introducción de la posibilidad de elección).
Es posible que Bad Bunny presuma de ser el primer artista latino en los 68 años de historia de los premios Grammy en ganar en la categoría de Mejor Álbum del Año, pero es poco factible que presuma de otro galardón que le fue otorgado ante el revuelo que generaron las fotografías en las que posaba en calzoncillos para Calvin Klein. Unos boxers que, como indica en Yo siendo yo (Nuevos cuadernos Anagrama, 2026) Hans Laguna, “marcan unos genitales que se adivinan formidables”. Grindr señaló en su anual Grindr Unwrapped que el cantante tiene el “mejor paquete” del 2025. El artista también es considerado el rey del dwerking, término que Urban Dictionary define como “el acto de twerking, pero realizado por un hombre desnudo en el que el pene se mueve al ritmo del baile” (bajo un pantalón, por supuesto). Este tipo de baile, por supuesto, se ha hecho popular en Tiktok.

Al integrar a agentes de los Mossos d’Esquadra en 13 institutos de secundaria de Cataluña para prevenir y afrontar episodios de violencia juvenil, la Generalitat intenta responder a la existencia de algunos focos de violencia y tensión en estos centros educativos. Por falta de medios o formación, la propia comunidad pedagógica no ha podido dar respuesta a esta situación. Los agentes desplegados no irán armados ni uniformados, y dispondrán de una preparación específica para mediar en conflictos. Solo se incorporarán a petición de las direcciones, y la labor que ejercerán será más de prevención y mediación que de intervención armada en el sentido que se asocia a una fuerza policial.
Hay géneros literarios que parecen no pasar de moda. En la política penitenciaria aplicada a los presos de ETA, uno de ellos es el de las cartas. Basta una carta más o menos sentida, más o menos lacrimógena, más o menos bien redactada y con una letra estupenda, y de pronto se nos pide que creamos en un arrepentimiento sincero, profundo, transformador. Una carta, al parecer, puede incluso conllevar premios. Como el de la semilibertad.
En La conversación, esa extraordinaria película de Coppola, una pareja pasea por un parque cuando ella se detiene frente a un mendigo tirado en un banco y dice que cada vez que ve a alguien así no puede evitar pensar que fue un niño querido, alguien al que sus padres abrazaron, alguien que tuvo un lugar en el mundo. “Dónde están ahora sus padres, dónde está su familia”, se pregunta. A lo que el hombre responde que durante una huelga de prensa, en Nueva York, murieron de frío decenas de mendigos que solían cubrirse con periódicos. Pero lo dice como a efectos estadísticos.

“Los jóvenes no quieren ser jefes”, se lee con frecuencia en redes sociales y medios de comunicación, a menudo con intención de criticarlos, quizá, por su falta de ambición. Los miembros de la generación Z, pero también algunos mileniales, esgrimen que no les renta promocionar en sus empresas y asumir (más) responsabilidades porque la mejora salarial no compensa la carga mental que deberán enfrentar. Así, optan por mantenerse en sus puestos y no convertirse en jefes porque en sus actuales puestos tienen un horario y unas tareas con las que se sienten cómodos. Dicho de otro modo: tienen unas condiciones laborales compatibles con su vida personal. “Quiero llegar a casa y ver a mi hijo despierto”, argumentaba a este periódico una consultora que rechazó ascender en una Big Four hace unas semanas.