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El fantasma de mi mujer, la nueva película de María Ripoll, es una comedia loca de enredos de cama e infidelidades que parte de buenas ideas pero no logra ir más allá de sus intenciones. Sin un colchón perfecto, propio de las grandes películas de este género, es difícil soportar el peso que implica la comedia disparatada. El reto es dar con el tono, ese intangible capaz de provocar carcajadas con la mezcla de gags excesivos y chistes rijosos.
Dirección: María Ripoll.
Intérpretes: Javier Rey, Loreto Mauleón, María Hervás, Macarena Gómez, Marcos Cáceres.
Género: comedia. España, 2026.
Duración: 95 minutos.
Estreno: 20 de febrero.
Entre las cinco candidatas al Oscar a la mejor película de animación siempre se han colado títulos ajenos al puro entretenimiento, al cine de multisalas y palomitas, al espectáculo de masas que, con más o menos arte (normalmente, con bastante o mucho arte), arrasa en taquilla. Pero en los últimos años, junto a las inevitables Disney, Pixar y DreamWorks, grandes productoras animadas estadounidenses quizá lejos de su mejor forma, los nominados foráneos con un mundo y un estilo más adulto y complejo, además de creativo, se han hecho aún más constantes.
Dirección: Maylis Vallade, Liane-Cho Han Jin Kuang.
Género: drama de animación. Francia, 2025.
Duración: 77 minutos.
Estreno: 20 de febrero.
Del Nuevo Hollywood de finales de los años sesenta y setenta solemos recordar algunos de sus grandes hitos en sus diversas vertientes, de El graduado a Tiburón pasando por El padrino. Pero, en los 14 años que básicamente duró el mejor periodo histórico del cine estadounidense (y mundial), hubo un enorme número de títulos, mucho menos conocidos para el gran público y quizá más desequilibrados, que en cambio enarbolaron la bandera de la autenticidad, la cercanía, la energía y la madurez a través de relatos protagonizados por gente vulgar y corriente, y dirigidos por cineastas que solían llevar su cámara y ejercitar su mirada como si te estuvieran apuntando a la cabeza con una pistola a centímetros de distancia.
Dirección: Bradley Cooper.
Intérpretes: Will Arnett, Laura Dern, Andra Day, Ciarán Hinds, Bradley Cooper.
Género: drama. EE UU, 2025.
Duración: 124 minutos.
Estreno: 20 de febrero.
Hija de un profesor de Filosofía y de una profesora de Francés, Andrea Fuentes Fache (Valls, Tarragona, 42 años) es cuatrilingüe, dulce y tremendamente curiosa. Pero no tiene un segundo libre. La cita es en el lugar que mejor conoce del mundo: el Centro de Alto Rendimiento de Sant Cugat, en Barcelona. Allí entrenó durante lustros con su hermana, Tina, y allí acude a diario, en bicicleta, para preparar a la selección española de natación artística. Llega sonriente y cauta tras terminar su sesión de terapia. Ha aceptado hablar durante dos horas, pero pide permiso para recoger unos paquetes antes de que cierre la oficina. Es el cumpleaños de su marido, el gimnasta Víctor Cano, al que también conoció en este centro. El suyo está al caer. A sus hijos, Kilian y Sira, les ha pedido de regalo media hora de tiempo libre.

El entrenamiento se ha alargado un poco más de la cuenta y Will Clyburn (Detroit, Estados Unidos; 35 años) sale escopeteado al vestuario para saludar a su familia por teléfono. Son dos minutos que le recargan de energía, pues no las tenía todas consigo con lo de hacer fotos y entrevista. Pero una vez puesto en faena, habla, ríe y razona, repantigado en una silla del Palau, cómodo con la grabadora y su discurso. Nada le altera como tampoco lo hace en la pista, preparado ahora para afrontar la Copa del Rey y los cuartos de este viernes contra el UCAM Murcia (21.00, Dazn).


Es de noche, está oscuro y Dara, Saoirse y Robyn siguen en un lugar llamado Knockdara, suerte de Twin Peaks de la campiña weird irlandesa, en el que el atractivo mecánico que recoge tu coche después de que casi te mates en un accidente más o menos provocado por el marido de tu vieja mejor amiga es también agente de policía. En realidad, sólo hay tres agentes de policía en Knockdara. También hay una señora que limpia la morgue, un country bar repleto de siniestras imitadoras de Dolly Parton, un único hotel sin habitaciones disponibles —pero con desvanes en los que poder instalar camas de tres en tres— y una familia que se hace fotografías caminando de perfil, con un brazo en el hombro de quien tiene al lado, y mirando a la cámara. El folkie noir de Lisa McGee, la creadora de Derry Girls, Cómo llegar al cielo desde Belfast (Netflix) es una pequeña obra maestra.

Desde 2026 es difícil acercarse sin cierta suspicacia a temas tan manoseados por la ficción como el machismo en el ámbito legal o en la historia queer. Allí donde nos habían prometido una relectura lúcida de opresiones vividas, nos han colado demasiadas veces una trama netflixera de superación banal. En Un asunto de familia, la primera novela de Claire Lynch, esta voluntad de rescatar realidades marginales del olvido es evidente: estamos en los años ochenta y Dawn, una mujer casada, se enamora de otra mujer y deja a su marido. Con este ejemplo ficticio la autora rememora los procesos humillantes que se daban en este tipo de divorcios y, como en este caso, a menudo acababan con la mujer obligada a abandonar a los hijos. Pero la gracia es que el resultado del juicio es conocido desde el principio de la novela (desde la contraportada, de hecho), no es una conclusión trágica. La historia se intercala con el relato del 2022, cuando a la hija, Maggie, que es una mujer adulta y muy unida a su padre, Heron, le llega el momento de desenredar la historia familiar que le han ocultado. En este doble tiempo está toda la profundidad de la novela: el pasado reciente queda tan lejos, en un sentido moral, que la incomprensión es absoluta.


La provocación no siempre pasa por un desnudo inoportuno. A veces, solo tienes que hablar de un tipo que se recuperó de su alcoholismo y hoy es un conocido catador de vinos. Un testimonio como ese genera más incomodidad que una fotopolla. ¿Qué hacemos con el relato del adicto recuperado que debe renunciar a toda una vida asociada a la droga? En el campo de las adicciones estamos demasiado acostumbrados a las historias sencillas, casi pedagógicas: Fulanito tocó fondo, entró en desintoxicación y hoy es una persona nueva. Nos vuelve locos ese “antes y después”. Lo entiendo, son historias fáciles de digerir porque delimitan muy bien el peligro y ofrecen una salida conocida. La incomodidad se nos presenta cuando alguien se sale de ese camino.

Cuenta Celia Villalobos, malagueña de 76 años, que si su carrera política empezase hoy se lo pensaría dos veces. La exalcaldesa de Málaga, exdiputada y exministra de Sanidad con el PP cree que su oficio se ha convertido en “el tuit permanente” y lamenta que sus colegas en activo dediquen poco tiempo a “los problemas de verdad”. En un partido que presumía de disciplina, votó a favor del aborto y del matrimonio gay. Hoy cree que la corriente interna que empujaba a su formación política a lo contrario ha perdido peso: “Se han pasado a Vox”.


Las universidades públicas madrileñas no tienen tiempo que perder, no. En un año en el que hay más estudiantes de Medicina matriculados en universidades privadas, pagando una media de 20.000 euros anuales, que en universidades públicas, el tiempo se agotó. Cuando Madrid sigue siendo la comunidad con el profesorado peor pagado, con tasas de temporalidad que doblan las del maltrecho sector hostelero, con las matrículas más altas, con menos becas por estudiante, que menos invierte en ciencia, que más talento expulsa, cuando todo eso ocurre en la comunidad más rica de España y en una de las más ricas de Europa, y cuando pese a esa asfixia una única universidad madrileña, la Complutense, produce más tesis doctorales que 46 universidades privadas, todas las de España, juntas, entonces se puede decir, sí, que el tiempo se ha acabado. Se acabó en realidad hace mucho tiempo, pero cristaliza hoy con la caída de una consejería casi al completo.