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Un manfluencer famoso retransmite cacerías de hombres gays y normaliza el acoso callejero a mujeres desde Marbella (Dentro de la machosfera, 2026). Un tecnomístico solitario —de esos que dice haber leído cosas que nadie conoce, pero que en realidad solo ha visto un vídeo de YouTube al respecto—, bombardea con mensajes conspiranoicos a una chica para que memorice las meditaciones de Marco Aurelio o disertaciones sobre transhumanismo (El valle del silicio, de 2026). Cada noche, un chaval escribe cien veces “estoy agradecido de ser diamante y generar 10K al mes”, porque un criptobro aventuró que ese gesto le llevará a conducir un Lamborghini azul celeste y vivir en Miami (+10K, 2025). Mientras limpia su ADN para borrar emociones negativas de sus vidas pasadas, una mujer recordará la interacción violenta que tuvo con un incel —célibe involuntario— en 2014 (La bestia, 2023). Un adolescente que consume contenido misógino en redes asesina a su compañera de clase después de que esta le ridiculice en público (Adolescencia, 2025). Una escritora arruinada que sigue a coaches de seducción online acepta un trabajo en Patriarcado, una app de citas para gente de extrema derecha (Flat Earth, 2026). El forero /1404er/ vive encerrado en su habitación, sumido en el consumo de imágenes violentas contra las mujeres, teorías conspirativas y comentarios xenófobos (Amigdalatrópolis, 2025).
LIBROS
El valle del silicio, Carla Nyman. Reservoir Books, 2026. 286 páginas. 18,90 euros.
Fascismo Cosplay, Juan Ignacio García. Caja Negra, 2026. 224 páginas. 19,95 euros.
Amigdalatrópolis, B. R. Yeager. Traducción del inglés de Alejo Ponce de León. Caja Negra, 2025. 180 páginas. 18 euros.
Auge: género, juventud y extrema derecha, Alicia Valdés. (EnDebate, 2026). 91 páginas. 12,90 euros.
PELÍCULAS
La mecánica de los fluidos, de Gala Hernández López (2022).
+10K, de Gala Hernández López (2025).
Dentro de la machosfera, de Louis Theroux (2026).
Es posible que Bad Bunny presuma de ser el primer artista latino en los 68 años de historia de los premios Grammy en ganar en la categoría de Mejor Álbum del Año, pero es poco factible que presuma de otro galardón que le fue otorgado ante el revuelo que generaron las fotografías en las que posaba en calzoncillos para Calvin Klein. Unos boxers que, como indica en Yo siendo yo (Nuevos cuadernos Anagrama, 2026) Hans Laguna, “marcan unos genitales que se adivinan formidables”. Grindr señaló en su anual Grindr Unwrapped que el cantante tiene el “mejor paquete” del 2025. El artista también es considerado el rey del dwerking, término que Urban Dictionary define como “el acto de twerking, pero realizado por un hombre desnudo en el que el pene se mueve al ritmo del baile” (bajo un pantalón, por supuesto). Este tipo de baile, por supuesto, se ha hecho popular en Tiktok.

Al integrar a agentes de los Mossos d’Esquadra en 13 institutos de secundaria de Cataluña para prevenir y afrontar episodios de violencia juvenil, la Generalitat intenta responder a la existencia de algunos focos de violencia y tensión en estos centros educativos. Por falta de medios o formación, la propia comunidad pedagógica no ha podido dar respuesta a esta situación. Los agentes desplegados no irán armados ni uniformados, y dispondrán de una preparación específica para mediar en conflictos. Solo se incorporarán a petición de las direcciones, y la labor que ejercerán será más de prevención y mediación que de intervención armada en el sentido que se asocia a una fuerza policial.
Hay géneros literarios que parecen no pasar de moda. En la política penitenciaria aplicada a los presos de ETA, uno de ellos es el de las cartas. Basta una carta más o menos sentida, más o menos lacrimógena, más o menos bien redactada y con una letra estupenda, y de pronto se nos pide que creamos en un arrepentimiento sincero, profundo, transformador. Una carta, al parecer, puede incluso conllevar premios. Como el de la semilibertad.
En La conversación, esa extraordinaria película de Coppola, una pareja pasea por un parque cuando ella se detiene frente a un mendigo tirado en un banco y dice que cada vez que ve a alguien así no puede evitar pensar que fue un niño querido, alguien al que sus padres abrazaron, alguien que tuvo un lugar en el mundo. “Dónde están ahora sus padres, dónde está su familia”, se pregunta. A lo que el hombre responde que durante una huelga de prensa, en Nueva York, murieron de frío decenas de mendigos que solían cubrirse con periódicos. Pero lo dice como a efectos estadísticos.

“Los jóvenes no quieren ser jefes”, se lee con frecuencia en redes sociales y medios de comunicación, a menudo con intención de criticarlos, quizá, por su falta de ambición. Los miembros de la generación Z, pero también algunos mileniales, esgrimen que no les renta promocionar en sus empresas y asumir (más) responsabilidades porque la mejora salarial no compensa la carga mental que deberán enfrentar. Así, optan por mantenerse en sus puestos y no convertirse en jefes porque en sus actuales puestos tienen un horario y unas tareas con las que se sienten cómodos. Dicho de otro modo: tienen unas condiciones laborales compatibles con su vida personal. “Quiero llegar a casa y ver a mi hijo despierto”, argumentaba a este periódico una consultora que rechazó ascender en una Big Four hace unas semanas.

“Yo sé por lo pronto que no conseguiría respetar a un autor que utilizara los recursos de la inteligencia artificial en sus obras de imaginación”, escribió Juan Gabriel Vásquez en EL PAÍS hace unos días. Y ofreció sus razones: “La inteligencia artificial aprende a pasos agigantados, cierto, pero aprende siempre sobre la base de lo que ya existe; a menos que mucho me equivoque, ignora el accidente y el azar, que son rasgos de lo humano”. Casi al mismo tiempo, Samantha Schweblin declaró en estas mismas páginas: “La mejor ficción pega un salto hacia afuera, descubre algo nuevo, supera al autor. La inteligencia artificial puede ser más brillante, más rápida, estar mejor informada que nosotros, pero no es una inteligencia: es un lenguaje de predicciones. No hay manera de que dé un salto hacia afuera”. Y concluyó: “Dicho de otro modo: tiene todas las posibilidades para producir mala literatura”.
Una notícia entorn de la llengua crida de seguida l’atenció, tant pel seu contingut en si com per la personalitat a qui està enllaçada: la presidenta de l’Institut d’Estudis Catalans, Maria Teresa Cabré, ha fet saber que traslladarà a la Secció Filològica de l’entitat la proposta d’estudiar una denominació comuna per a la llengua, vistes les trifulgues endèmiques al voltant dels termes català i valencià i la temptació que tenen alguns, aprofitant aquesta designació plural, de convertir-les en llengües distintes. Només cal recordar que hi va haver una llumenera judicial que, prenent tots dos Estatuts d’autonomia de Catalunya i del País Valencià, els quals designen la llengua de maneres diferents, va sentenciar que les respectives Generalitats s’havien de comunicar entre si en castellà, no pas en català o valencià, “incluso aunque se admitiera sin matices que científicamente son lo mismo valenciano y catalán y no lenguas similares”. N’hi ha per alçar-se i aplaudir.
El president Salvador Illa reivindicó este jueves durante la Diada de Sant Jordi las políticas de su Ejecutivo en fomento del uso del catalán en un momento de recesión del idioma, como establecen todas las encuestas. El socialista siempre reivindica que ningún otro Gobierno catalán ha hecho tanto como el suyo en defensa de la lengua y en su discurso institucional citó las 50.000 nuevas plazas que el Govern ha creado para que las personas migrantes que accederán a la regularización puedan aprender las nociones básicas del catalán de forma voluntaria y obtener un certificado. La oposición discrepó y acusa al Govern de descuidar el idioma.