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Recuerdo muy vivamente la lectura de la Historia de la literatura española que Ángel del Río había publicado en 1948 en Nueva York, en cuya Universidad de Columbia profesaba y donde estaba exiliado. Se reeditó en 1982, como otro signo más aparente que real de la superación del ostracismo de la diáspora intelectual republicana. A este historiador que había sido alumno de Machado en Soria, estudió en Estrasburgo, vivió en México y Puerto Rico y se instaló en Nueva York para convertirse en una figura central del gran hispanismo norteamericano, le ha dedicado Enrique Andrés Ruiz, con primor estilístico y exquisita sensibilidad, esta novela diseñada como un archipiélago de momentos y gentes dignas de memoria.


Tal vez el recuerdo más poderoso de la 80ª edición del Festival de Aviñón sea uno de los primeros. En el imponente escenario de piedra medieval del Palacio de los Papas, que convirtió a la ciudad en sede del mundo cristiano durante el siglo XIV, los intérpretes de Maldoror cambiaban de edad, nacionalidad e idioma con una naturalidad pasmosa, perseguidos por cámaras que ampliaban sus rostros en pantallas gigantes hasta revelar el menor temblor. “El español no termina de cuajar, pero lo conseguiremos”, bromeaba Julien Gosselin, el director que inauguró el certamen hace dos semanas, sobre un reparto capaz de pasar del francés al inglés, el alemán, el italiano, el portugués brasileño y también el castellano.



El tiempo dirá si el Nations Championship logra encauzar una de las grandes tareas pendientes del calendario mundial del rugby, la conciliación ente hemisferios, o se queda en una herramienta de marketing para engalanar las tradicionales giras de cada selección al otro lado del globo. El estreno de un torneo dividido en dos bloques —tres partidos en julio y cuatro en noviembre— ha dejado tras el primer bloque en el hemisferio sur un empate técnico, con nueve victorias para cada uno de los grupos y la hegemonía mundial aparentemente intacta, pues Sudáfrica y Nueva Zelanda, finalistas del último Mundial en 2023, son las únicas con pleno de victorias. Todo un aviso de cara a Australia 2027, el fantasma en la habitación de todos los contendientes, que apuran sus oportunidades para afinar. En muchos casos, a cambio de horas de vuelo. Como los 42.000 kilómetros que se ha chupado Inglaterra en tres semanas para jugar con Fiyi, Argentina y Sudáfrica.
Puede que usted, que no es intolerante a la lactosa, alérgico ni, Dios lo libre, tiquismiquis digestivo, tome su café con leche de avena. O que sin militar usted en ninguna corriente vegana ni tener sus preferencias plant based muy definidas conteste “avena” cuando el barista, mirándole de frente, le pregunte cómo acompañará ese café de origen etíope, redondo y elegante, que le costará unos seis euros. Podría usted decir almendra, soja o, incluso, leche entera (de vaca), pero es muy probable que acabe diciendo avena. Porque es lo primero que le viene a la cabeza, porque suena mejor y porque confiere cierta superioridad moral y estética: pertenece usted a un movimiento, aunque todavía no haya sido informado al respecto.
Es normal sentir cierta extrañeza los primeros días en la India, un país en el que el caos es más caótico, el calor más pesado y la belleza más delicada. Hay tantos estímulos que impactan al visitante, que al cerrar los ojos parece que ninguno de ellos haya sido real. Cuando al fotógrafo noruego Sølve Sundsbø le ofrecieron viajar hasta el país para firmar el calendario Pirelli 2027 (también conocido como The Cal), pensó que no sería capaz de hacerlo: “India es probablemente el país más complejo que se me ocurre”. Lo confiesa durante un encuentro con la prensa invitada por Pirelli al shooting del almanaque, justo antes de la sesión de fotos con la modelo india Bhavitha Mandava en Jaigarh Fort, una imponente fortaleza roja en Rajastán, a diez kilómetros de la ciudad de Jaipur.
No por repetirse en todos los conciertos resulta menos llamativo: las luces se apagan, suenan los primeros acordes y, antes incluso de que el artista aparezca sobre el escenario, miles de pantallas iluminan el recinto.
Cuando se emitía Los Soprano, y después también con Breaking Bad y hasta con Juego de tronos, se repitió hasta la saciedad el término “edad de oro de las series”. Este prestigioso latiguillo denominó una época en la que, tras muchos años a la sombra del cine, la ficción televisiva abrazó nuevas temáticas (y presupuestos), contó historias rompedoras de diversos géneros y convirtió las series en la conversación global por encima del cine. Pero Hollywood y el mundo del entretenimiento han cambiado de arriba abajo desde principio de siglo. La industria televisiva ni siquiera es comparable a la de hace una década. La era dorada de las series acabó y también lo hizo el pico de popularidad y calidad de su industria. Ahora se abraza la era de la disminución.

El deporte de fuerza ha entrado de lleno en nuestras vidas; no es que antes no existiera, pero no ocupaba ni el espacio ni la importancia que tiene ahora. Son numerosos su beneficios, y no solo a nivel físico, sino también emocional. Pero, ¿es sano en todas las edades? ¿Es siempre la mejor opción? La respuesta es que depende.
Desde Estados Unidos llegan los ecos de un estilo de crianza conocido como FAFO parenting (acrónimo Fuck Around and Find Out; en español podría ser algo como "ya te apañarás"), una tendencia que, simplificando mucho, reivindica que los niños aprendan más a través de las consecuencias naturales de sus actos y menos mediante la intervención constante de los adultos. “He leído sobre ello y me parece lógico que se esté hablando de este enfoque. Creo que los padres y las madres están un poco cansados de intervenir constantemente en la vida de sus hijos y de medir al milímetro todo lo que hacen y dicen por miedo a no ser lo suficientemente ‘respetuosos’ con ellos o a traumatizarlos de por vida”, explica a EL PAÍS la escritoria y periodista Eva Millet (Barcelona, 57 años).