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José Luis Rodríguez Zapatero sabe que tiene dos problemas. Lo ha dejado claro en su primera intervención pública tras conocerse su condición de investigado. El primer problema es con la justicia por estar inmerso en un proceso en el que defender su inocencia le demanda una estrategia jurídica sin margen para el error. Rodríguez Zapatero ha reclamado su derecho a la defensa y la presunción de inocencia apelando a la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. También ha denunciado la violación de derechos sufrida al hacerse pública la totalidad de su agenda. El otro problema está conectado con el deber de explicación que se impone a quien ha ostentado la presidencia del Gobierno. ¿Cómo combinar esta estrategia sin comprometer la mejor defensa del ciudadano y la reputación del hombre público? La entrevista en TVE ha sido la ocasión para intentarlo y esta encubría además un tercer objetivo todavía más exigente: contener los daños que sobre el Gobierno ha provocado la declaración de Julio Martínez atribuyéndole a Zapatero gestiones sobre el rescate de Plus Ultra.

La mejor rave de Zahara (Úbeda, 42 años) fue el verano pasado en un bosque a unos 11 kilómetros de Ámsterdam. “Fue una experiencia única porque no se repetirá jamás. Durante una hora, Quelza pinchó sin bombo a negras, lo que provocó una estampida y que solo nos quedáramos una docena de personas bailando todo polirritmia, una extrañeza fantástica”, aclara. El recuerdo viene a colación. La artista está inmersa en Glitch, el giro que ha dado a su Zaharave, el show de electrónica que ha montado con Martí Perarnau IV y que la tendrá girando por España por diversos festivales veraniegos. ”Yo soy más de raves europeas que de las españolas. Allí son más diurnas y en la naturaleza. No me interesa esperar a las dos de la mañana porque a las diez y media ya estoy dormida”, aclara, pocas horas antes de su concierto en el festival Cruïlla de Barcelona.


Primera mañana de verano en Burgos, con un sol intenso en el cielo azul y las margaritas felices en el campo, cuando se monta la marabunta en la puerta del Cernégula. Se bajan hasta los auxiliares de la ambulancia de Protección Civil. “¡Sois unos artistas!”, exclama un anciano llamado Paco en la puerta de la antigua fonda de la carretera de Arcos, abierta durante 70 años en el actual barrio de San Felices y de la que queda hoy solo el estanco, lugar de peregrinaje de los chicos de la Maravillosa Orquesta del Alcohol (M.O.D.A.) para pillar bocadillos, bebidas y tabaco cuando se escapan de su estudio de grabación a tan solo 200 metros ladera bajo en el parque del Hangar. “Estáis en casa. Venga, pa’ dentro, coged botellas de agua que hace mucho calor”, pide a todos Rosa Melgosa, dueña del Cernégula y citada en la canción de la M.O.D.A. ‘San Felices’: “Y sé que ya hemos vuelto a casa al ver a Rosa en el Cernégula”. Esa casa está ahora repleta de personas que han visto llegar a los miembros de la banda más importante de la ciudad y se han ido directos a por ellos. Algunos estaban en el estanco, otros han salido de un bar cercano, otras han cruzado desde la otra acera, uno se ha bajado de la moto y otros dos de la ambulancia, resuelta la urgencia, se han arrimado también. Incluso un grupo de niños con autismo que sale con sus tutoras “muy fans” del colegio Sagrado Corazón Hermanas Salesianas, justo enfrente del Cernégula, se ha parado para fotografiarse con ellos. Fotos, autógrafos, besos, abrazos y palabras de cariño por todas partes: “sois los mejores”, “gracias por todo”, “no dejéis de tocar”, “Burgos os quiere”… Los seis integrantes de la M.O.D.A. atienden a todos, uno por uno. “Todo esto se monta por las camisetas de tirantes”, asegura David Ruiz, cantante y compositor del grupo. “Si no las llevamos puestas, la gente no nos reconoce. Cuando vamos vestidos de paisanos normales, pasamos desapercibidos en todo Burgos como si fuéramos Clark Kent”, añade. “Al ponernos estas camisetas, es como si fueran el traje y la capa de Superman”, dice el baterista Caleb Melguizo con media sonrisa. “O Superlópez, que nos pega más”, añade Ruiz.
Tras dos meses de silencio desde su imputación por liderar supuestamente una trama de tráfico de influencias, y ante la acumulación de indicios comprometedores, José Luis Rodríguez Zapatero dio este jueves por primera vez aclaraciones públicas en una entrevista en TVE, pero aportó poca información novedosa ante unas acusaciones que han causado un grave perjuicio a su propia posición como referente de la izquierda en España. El expresidente reiteró lo que el 17 de junio ya había declarado ante el juez José Luis Calama: que no intervino en el rescate de la aerolínea Plus Ultra, que no planificó la creación de una empresa offshore para camuflar sus ingresos, y que no usó a sus hijas como testaferros. En la entrevista también alegó que las joyas guardadas en su despacho, y valoradas en más de 1,3 millones de euros, fueron un “regalo de cortesía”, pero no reveló nada sobre su origen. La decisión de comparecer en televisión puede entenderse como una voluntad de transparencia, pero exigirá explicaciones más completas ante el juez y ante la opinión pública.

Algunos fracasos institucionales no se desarrollan a través del escándalo, sino del procedimiento: actos de sabotaje disfrazados de rendición de cuentas e investigación de buena fe. Cuando por fin alguien comprende lo que está ocurriendo, el daño ya está hecho.
La rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China suele describirse como una guerra de chips, pero la etiqueta se queda corta. La verdadera pugna abarca todo el ecosistema de la inteligencia artificial: el hardware que ejecuta los modelos, el software que lo hace utilizable y el diseño de los propios modelos. En los dos primeros frentes la competencia se ha reducido a dos empresas, Nvidia y Huawei. Europa, pese a tener un papel imprescindible en las máquinas que fabrican los chips, mira la pugna desde fuera.
Entre abril de 1955 y junio de 1956, Robert Frank se subió a un Ford Coupe y recorrió unos 16.000 kilómetros para retratar a los estadounidenses. Llevaba una Leica, disparaba aquí y allá para recoger lo que iba encontrando y de su periplo regresó con unos 780 rollos de fotografías, unas 28.000 imágenes; de todas ellas eligió 83 para armar Los americanos (La Fábrica), que se publicó en 1958, y que ahora pueden verse en una exposición en Madrid en la Fundación Telefónica en el contexto de PHotoEspaña. “Una imagen tan americana”, escribe Jack Kerouac en la introducción del libro, “las caras no manipulan ni critican ni dicen nada excepto ‘Así es como somos en la vida real y si no te gusta no me importa porque vivo mi vida a mi manera y que Dios nos bendiga a todos, tal vez ‘… ‘si se merece’…”. Ahí están unos muchachos medio provocadores en Nueva York, unos políticos rancios en Hoboken, una ascensorista en Miami Beach, unos cuantos negros muy elegantes en un funeral en Santa Helena, en Carolina del Sur. El libro de Robert Frank no recoge el sueño americano que en los años cincuenta se vendía al resto del mundo, la gente que retrata es corriente (incluso fea), hubo críticos que lo tacharon entonces de comunista.
El pasado jueves llegué a mi centro de salud con una cita concertada. Al entrar, un cartel anunciaba que mi doctora no estaba allí. Sin aviso, sin explicación. Solo la instrucción de pasar por administración para que me atendiera otra persona. No sé por qué no estaba y tampoco necesito saberlo, todos podemos tener imprevistos. Desde diciembre no consigo que ella me atienda, cada cita es con un profesional distinto. El problema no son ellos, sino un sistema que ha convertido la continuidad en excepción. Una doctora de familia no es solo quien lee un historial, es quien sabe de tu recorrido y entiende tu contexto. Defender la sanidad pública también es cuidar esa relación, porque cuando se pierde, perdemos todos.
Comprendo a los hinchas argentinos que, entre estupefactos y airados, gritaban ante las cámaras de la tele que España les había robado el partido. A mí, ya lo he denunciado en otras ocasiones, vienen robándome el Nobel de Física desde hace años. En cuanto al de Literatura, me lo quitaron de manera simbólica al negárselo a Virginia Woolf, Borges, Kafka, Tólstoi, Joyce, Proust, etcétera. Es una basura, no lo quiero. Aspiro además a obtener premios que no merezca porque los que merezco son todos una mierda. En Amadeus, la película de Milos Forman, me identifiqué con el reflexivo y sensato Salieri, a quien Dios, inexplicablemente, negó el talento musical que regaló al idiota de Mozart. A dónde vamos a parar.