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Cuando empieza el buen tiempo, hay una búsqueda que se repite más que “heladería cerca de mí”: sandalias planas mujer. Y no es casualidad. Con las temperaturas subiendo, el cuerpo pide frescura, pero también estilo y comodidad. Y ahí entran ellas: las sandalias que te solucionan absolutamente todos los looks.





“Con Marc Giró he soñado eróticamente. Y muy bien”, le dijo hace poco Gabriel Rufián a Thais Villas en ‘El intermedio’. Así que la entrevista de esta semana en ‘Cara al show’ al político catalán tenía su guasa. Y a lo mejor lo fue. Pero solo un poco. Minutemos lo que sucedió este martes a partir de las 23:05 en La Sexta.

En ocasiones, no es necesario esperar a las clásicas rebajas de verano para encontrar auténticos chollos en categorías tan relevantes como la belleza y el cuidado personal. Por eso mismo, en EL PAÍS Escaparate hemos intentado reunir una serie de productos superventas de una marca de referencia del mercado tan fiable como Philips. Y, la verdad, hemos salido satisfechos con la selección definitiva. La hemos elaborado en tres segmentos muy concretos: afeitadoras eléctricas para hombre, recortadoras de barba y, por último, máquinas cortapelos. En algún caso, el lector podrá aprovechar algún descuento superior a los 100 euros en gamas medias-altas y con tecnologías de precisión de corte muy avanzadas.











El invierno se acerca. El ciudadano de a pie rara vez recuerda el célebre aviso de Juego de tronos cuando la primavera está recién llegada, pero el sector del gas no puede permitirse ese lujo. Las empresas energéticas europeas han comenzado a almacenar el gas natural que llega a los puertos durante la primavera para tenerlo disponible en la temporada fría. Esta vez, Europa corre para llenar sus reservas en medio de una tormenta perfecta que se gesta a miles de kilómetros, con la guerra en Irán y el cierre del paso del golfo Pérsico, desde donde procede casi el 5% de todo el gas consumido por el continente.
La presión política ejercida por Estados Unidos contra el Tribunal Penal Internacional (TPI), por medio de las sanciones impuestas a ocho de sus jueces y tres fiscales, y a las entidades y ONG que colaboren con ellos, pone a prueba su resistencia vital. Sin embargo, todos los implicados siguen adelante con su trabajo, pese a que el grado de intromisión de Washington les impide incluso usar una tarjeta de crédito. Para un tribunal como este, sin una policía propia, la única forma de defenderse es a través de la legitimidad y el apoyo de los países.
Yo entiendo a Isabel Díaz Ayuso cuando dice que ha pasado un “peligro extremo” en México por apoyar a Hernán Cortés y como consecuencia del terror que le produjeron las represalias se fue cuatro días a las playas de la Riviera Maya: pues claro. Tomar el sol es prioritario cuando la muerte acecha. ¿Quién no estuvo en una hamaca de la Riviera Maya con miedo a que apareciese de repente un sicario de Miguel Ángel Félix Gallardo y le furase el cuerpo, o peor aún: le disparase al mojito? Nadie. La vida no es como te la cuenta Netflix; la vida es hacer un viaje a México, homenajear a un tipo que llegó con un ejército a sangre y fuego y montar el pollo del siglo porque a los mexicanos, por la razón que sea, no les parezca bien esto. Y declararse —Ayuso— en “peligro extremo” como si los cárteles mexicanos no concibiesen que alguien hable mal de la presidenta del país: “Hasta aquí hemos llegado”. Ayuso debe viajar más. Cuanto más viaje Ayuso, mejor para Madrid y mejor para los articulistas, que podemos viajar a través de ella como viajaba el tío Matt de Los Fraguel y luego enviaba esas cartas loquísimas tipo “no entiendo nada, he ido a Alabama a alabar al Ku Klux Klan, que los enseñó a evitar el calor con las ropas, y no les ha gustado nada”. En fin. La victimización se está llevando a unos extremos tan desagradables que en un lugar en el que te matan si hablas de un narco, resulta que te la juegas si hablas de un señor de hace 500 años. Ha ido allí a montarla al estilo Jimmy Jump: montarla por montar, sabiendo lo que ocurriría (esto lo tiene estudiadísimo su asesor) y acusando al Gobierno, o a quien sea, de dejarla a merced del primer guionista que vea de lejos. Extremo peligro dice quien no pisó una aldea de la frontera, quien no tiene un padre inocente en la cárcel, quien vive de la indulgencia periodística de aquellos a quienes riega con dinero público porque si no, sin esa mordacita dorada, no se atrevería ni a decir la mitad de las cosas que con tanta impunidad cuenta.
La locución “buen provecho” atrae ciertas connotaciones sonoras. El Diccionario del Español Actual (1999), que dirigió el académico Manuel Seco, le otorga al mencionado sustantivo entre sus significados la equivalencia de “eructo”, como uso coloquial y “normalmente referido a niños”, con la variante “provechito”. En el María Moliner no figura nada sobre este particular asunto gástrico. O gásico. Y, por su parte, el Diccionario de las academias define “provecho” en la cuarta acepción como “eructo de un lactante”, pero lo circunscribe al español de Argentina y Uruguay. Sin embargo, desde mi infancia burgalesa yo también asocio el término con el regoldar de los infantes, y hasta el de los adultos que lo lanzan sin voluntad, para su propia sorpresa.
Los titulares del domingo tras las elecciones andaluzas se centrarán en las tres incógnitas de las encuestas: si Juanma Moreno mantiene su mayoría absoluta, si el PSOE acaba en la UCI o con traumatismos leves y si Vox toca techo (de momento). Pero hay una letra pequeña que nunca había sido tan pequeña e ilegible: ¿qué pasa con Antonio Maíllo y la unidad de la izquierda?