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“Escribe de lo que sepas”. Es el obvio y manido consejo que Niall, aspirante a escritor y coprotagonista de Half Man, recibe de su agente literario en uno de los episodios de esta miniserie de HBO Max. No queremos imaginar qué pasa por la cabeza del creador de esta ficción, Richard Gadd, quien se convirtió en estrella televisiva de primer nivel de la noche a la mañana tras estrenar la biográfica y confesional Mi reno de peluche (Netflix). En su esperada nueva miniserie, incide en asuntos como la obsesión, el trauma, las relaciones ambivalentes formadas por la dependencia mutua y, en definitiva, en una oscuridad pocas veces vista en pantalla.
Los Hombres G entendieron pronto que la vida puede no ir tan en serio como decía Gil de Biedma. Sucedió mucho antes de emprender el camino del éxito. El 19 de octubre de 1984, en concreto. Aquel viernes tocaban en la sala Autopista, en el centro comercial La Vaguada (Madrid). La entrada costaba 300 pesetas. No era un concierto más: tras dos años tocando, se lo plantearon como uno de los últimos cartuchos.

Chema Madoz por triplicado. El artista de las metáforas visuales expone en Valencia, en el Centre del Carme Cultura Contemporània (CCCC), hasta el 16 de mayo; también prepara una gran muestra para octubre en Madrid, en ese magnífico espacio que es la Sala Canal de Isabel II. “Será un repaso a mis últimos 10 años, con unas 100 obras”, dice con su habitual tono calmo en la galería Elvira González, en la capital, donde este martes inaugura exposición —la quinta en este espacio— con unas 50 imágenes nuevas, dentro de la programación de PHotoESPAÑA. Tanta actividad indica que parece haber aparcado una complicada etapa de problemas de salud.


Dos grandes cañones de bronce presiden la entrada principal del Emirates Stadium de Londres, donde este martes (21.00, Movistar+) Arsenal y Atlético de Madrid se juegan el pase a la final de la Champions League. Las simbólicas piezas de artillería que son la seña de identidad del club londinense han envejecido mejor que un coliseo que fue vanguardia cuando fue inaugurado en 2006 como relevo del entrañable Highbury Park.
Una moqueta vieja, cuatro paredes empapeladas de amarillo con motivos geométricos y un falso techo plagado de fluorescentes. Hace siete años, una fotografía de lo que parecía un antiguo almacén irrumpió en la polémica web 4chan. El espacio era anodino, familiar, pero ese minimalismo tan crudo producía una sensación de extrañeza que atrapó en seguida a los usuarios. Sobre esa fotografía se construyeron leyendas que advertían del riesgo de quedar atrapado en un laberinto formado por infinitas estancias similares a esa almacén. El fenómeno se bautizó como backrooms, en español se traduce como trastienda, e inauguró el interés por los llamados espacios liminares.
“Escribí a cinco directores generales y me contestaron cuatro”, dice Ben Horwitz, estudiante de la Escuela de Negocios de Harvard. Los directores generales no suelen contestar a emails de desconocidos. Les pedía, además, tomar un café o que fueran a una reunión con estudiantes, nada muy importante. Pero Horwitz tenía un truco: había creado una pequeña app que imitaba el estilo de estos ejecutivos al escribir, con erratas, sin saludos, apenas una línea con seis, ocho palabras. Y funcionó.
“Un buen grito o castigo a tiempo siempre funciona”. Esta frase aparece en conversaciones de parque, en sobremesas familiares, en comentarios lanzados casi sin pensar cuando un niño desafía un límite una y otra vez. Como si, en el fondo, todavía necesitáramos creer que la firmeza, entendida como dureza desmedida, es la manera más eficaz de educar. Pero basta observar con algo de perspectiva la vida cotidiana en casa para ponerlo en duda.

Cuando el calendario anuncia el cambio de estación, las horas de luz se alargan y los planes al aire libre se multiplican. Dentro de casa, el jardín pasa a convertirse en la estancia favorita. Se convierte en el espacio perfecto para todo: desde desayunar hasta leer, o simplemente para desconectar al sol.










La casa familiar de la activista birmana Aung San Suu Kyi a orillas del lago Inya, en Rangún, ha sido durante varios lustros una tribuna y un santuario político, pero también una jaula. Era el lugar desde el que la hija del héroe de la independencia birmana hablaba a sus seguidores a través de una verja metálica, lo que convirtió el recinto en uno de los grandes símbolos de la resistencia civil contra la junta militar que gobernó con puño de hierro entre 1962 y 2011 Myanmar, una nación del sudeste asiático que actualmente cuenta con unos 55 millones de habitantes.
La guerra en Oriente Próximo y el cierre del estrecho de Ormuz han provocado una crisis energética de consecuencias imprevisibles en el continente africano. La escasez de combustible disponible y la subida de los precios del petróleo, de alrededor del 50%, están provocando una ola inflacionista que ya afecta a los ciudadanos y que se suma a las dificultades de aprovisionamiento de fertilizantes y productos alimenticios. Mientras unos gobiernos han optado por reducir los impuestos a la importación de combustible, otros incluso apagan las luces de sus ciudades. Pese a ser un importante productor de crudo, el 8% mundial, su baja capacidad de refinado hace que África importe el 70% del petróleo que consume. Tres de cada cuatro barriles proceden de Oriente Próximo.