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El ITCM (Instituto Transnacional de Conceptos Maniqueos) calcula que solo en España el último año se usó el término “sentido común” en prensa escrita 345.678 veces, lo que representa el 60% del total europeo y el 10% del mundo, donde curiosamente Estados Unidos ha estado a la cola, porque allí ya no necesitan darle vueltas a lo prudente en términos colectivos. Un tiro en la cara por parte de un señor vestido como un oficial de las SS o una invocación al rezo de un presidente que dice tener línea directa con Dios están reemplazando al debate público como método para determinar qué políticas son las mejores para el bien común. En otras regiones del mundo occidental, sin embargo, donde todavía personajes como Torrente Presidente son ficción y se mantienen vivos los rescoldos del fuego democrático con el fuelle de la redistribución de la riqueza y las nociones de educación y sanidad pública universales, algunos reaccionarios han logrado convertir precisamente el término “sentido común” en su caballo de Troya. Apelando a él desatan pánicos morales que acaban haciendo que los más mayores del lugar se líen y confundan lo que se ha hecho siempre con lo que es justo y ayuda a la gente que lo necesita. Por ejemplo, el otro día el director de cine Santiago Segura apeló al “sentido común” para decir que la actriz Bibiana Fernández es una mujer “porque se lo ha ganado”, pero no así las personas trans que han conseguido estar a gusto con su identidad de género gracias a la ley que se aprobó en 2023. A él le parece que su afirmación es no solo progresista sino de cajón y auguró que mientras la izquierda de este país no se pliegue a su definición de cordura, estaremos todos abocados a un loco panorama en el que los hombres piden ponerse nombre de mujer para entrar en los baños de señoras a delinquir. El ITCM ya ha advertido en varias ocasiones que solo hay una muletilla que obligue más a la precaución que el sentido común de marras: flaco favor. Si la lee, póngase a cubierto
Uno de los capítulos más memorables de Sexo en Nueva York es ese en el que Jack Berger, pareja de Carrie Bradshaw durante algunos episodios de la temporada sexta de la serie, deja a la escritora y columnista mediante un post it en el que pone: “Lo siento. No puedo. No me odies”. Han pasado 23 años de ese episodio, pero lamentablemente, la cobardía de algunos sigue vigente. Lo que sí han cambiado son los medios para romper y en la era digital, cada vez son más quienes optan por hacerlo por WhatsApp. Es el caso de Carlos Pollán, candidato de Vox a la presidencia de la Junta de Castilla y León, que tras ocho años de relación, dejó a su novia, la estilista y consultora de moda Cristina Escudero, mediante el popular sistema de mensajería. Por su parte Esther Doña, viuda de Carlos Falcó, contó en su paso por el programa de Antena 3 Y ahora Sonsoles qué ponía en el WhatsApp con el que el juez Santiago Pedraz la dejó. “Nuestra relación es imposible, hablamos algún día, cuídate y besos”. Auch.
El que acaba de presentar en Madrid ha sido su cuarto desfile en lo que va de año. Antes ha pasado por Nueva York, Sevilla y Chile. Y en los próximos meses lo hará por México, Colombia y Canarias. “Estoy haciendo una media de 74 desfiles anuales”, dice Ágatha Ruiz de la Prada (Madrid, 65 años), reclinándose en una silla de colores que, por supuesto, ha diseñado ella misma. Sentada en su taller de la calle de Villanueva —mientras al fondo las costureras terminan las piezas del desfile y en el piso de arriba, donde está la tienda, la cola para probar el café que acaba de lanzar con Juan Valdez no deja de crecer—, no hay un atisbo de urgencia en su voz. “Es una salvajada”, concede, a sabiendas de que no tiene ninguna intención de bajar las revoluciones.
En los últimos años, distintos organismos y profesionales han advertido del riesgo de balonmanización que pesa sobre el fútbol femenino en España. El Barcelona va a levantar esta temporada su decimosexto título seguido en la Liga Asobal. Los azulgranas no pierden una competición nacional desde la Copa del Rey de 2013. Esa hegemonía tan absolutista recuerda a lo que se ve desde el principio de esta década en la Liga F, la Copa de la Reina y la Supercopa, donde el Barça de Alexia Putellas y Aitana Bonmatí manda con puño de hierro, sin apenas oposición. El equipo dirigido por Pere Romeu tumbó el domingo por vigésima tercera vez al Madrid y dejó el torneo liguero visto para sentencia. Son ya 13 puntos los que saca el líder a su perseguidor con seis jornadas todavía por disputarse, una distancia irrecuperable que pone de nuevo en el foco la falta de competitividad de un campeonato que el Barcelona alzará en breve por séptima ocasión consecutiva.

Algo tan sencillo como no tener un cristal entre el cuartico donde cambia pañales y la estancia principal donde pasan el día los bebés provoca que a la profesora Filomena Gómez se le suba el corazón a la garganta cuando alguno de los pequeños “se hace pipí” y ella está sin compañera. “Es que los tengo que dejar solos y no los puedo mirar”, lamenta Gómez, trabajadora de la escuela infantil del CEIP Gabriel y Galán, en Alcobendas. Detrás de su preocupación está también la de cientos de profesores que como ella no dan abasto con las ratios, a los que no les llega el sueldo a final de mes y aún así tienen que comprar materiales para sus clases porque la Administración no les suple o que tienen que achicar agua cuando llueve porque el edificio está lleno de goteras. Las malas condiciones laborales unidas al deterioro de las instalaciones son el caldo de cultivo que los ha hecho estallar.


Playmóbil para recrear procesiones; calcetines con imágenes de tallas de pasos; cromos para completar álbumes de hermandades; camisetas con llamadas de capataces a la cuadrilla de costaleros; equipaciones de fútbol de cofradías y bandas de música; juegos cofrades como el Trivial, el Quién es Quien, el Party o el Uno… La Semana Santa andaluza atraviesa un fenómeno de desacralización que, de la mano de las redes sociales, ha convertido lo cofrade en un fenómeno mainstream, como una respuesta lógica a las demandas de la generación Milenial -o generación del mollete, en palabras del politólogo Jesús Jurado-, que vive las tradiciones de una manera natural y que reivindica esta festividad, los Carnavales, el Rocío o la receta del puchero como una forma de cohesión social absolutamente desacomplejada y vacía de prejuicios, que se ha afianzado y extendido gracias a las redes sociales.



Es gigante de veras Josep Maria Pou, el actor. Y hace ahora de Gigante, el personaje de Roald Dahl, en el teatro del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Ya lo hizo en Barcelona, en catalán. Mark Rosenblatt es el autor de la obra. Pou (nacido en Mollet del Vallés, Barcelona, en 1944) se enamoró de ese libreto y lo ha puesto como un estandarte que representa, ahora mismo, el drama mayor del mundo: la guerra. La de Gaza y, en realidad, todas.


Cuando Charlotte Brontë publicó Jane Eyre en 1847, las escritoras británicas no tenían libertad para escribir. Cuando Sandra Gilbert y Susan Gubar escribieron La loca del desván, inspirada en el personaje de Bertha Mason de la novela de Brontë, se vivía en el mundo la segunda ola feminista. Era 1979. Hoy, casi 50 años después, la editorial Espinas ha reeditado el ensayo, considerado la primera crítica literaria feminista: una concatenación de mujeres recuperando el trabajo de sus predecesoras.