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La lista de compañías que serán llamadas a la investigación del accidente ferroviario en la alta velocidad Madrid-Sevilla va a ser extensa, a la vista de que hay 88 procesos de contratación y subsiguientes subcontratas en una renovación valorada en 780 millones de euros. Muchos de ellos fueron ejecutados hasta el año pasado en el subtramo Guadalmez-Córdoba, donde se encuentra el punto negro de Adamuz (Córdoba). Cuatro de las mayores constructoras del país participaron en la remodelación en una unión temporal de empresas; una reputada ingeniería firmó la revisión de las soldaduras, realizada por una de las contadas empresas especializadas en la unión de carriles Estos son algunos de los nombres que saldrán en las pesquisas técnicas y, a buen seguro, en el posterior proceso judicial.

Lección número uno del día: no preguntar a los usuarios de Rodalies qué tal les va el primer día de relativa normalidad tras una semana de crisis inaudita, la que siguió al accidente mortal de Gelida. No preguntarles porque les va igual de mal que siempre: retrasos y/o aglomeraciones. Y te saltan a la yugular. “¿Qué normalidad?, si la normalidad no existe. Si es que cuando vuelven los trenes, tampoco van, siguen los retrasos”, casi grita Lucía en un vagón de la R2 norte, entrando en Barcelona tras una hora y pico de pie desde Llinars del Vallès (a 38 kilómetros de Barcelona). “Han dicho que ponían la mitad de trenes, como los fines de semana”, aclara Isidre a su lado. El vagón parece una lata de doble ración de sardinas. “Ya no recuerdo cuando iba bien”, resopla Mari Cruz. No puede teletrabajar, es cuidadora de una persona mayor de Castelldefels, y relata que, cualquier día de cualquier semana, puede tardar hasta dos horas desde Badalona. “Nunca cambia nada”, sentencia en tres palabras.




Estados Unidos abandonó oficialmente este martes el Acuerdo de París, el pacto que rige desde 2015 los esfuerzos internacionales contra el cambio climático. Y el mundo siguió girando. Es la segunda vez que Donald Trump ordena sacar a su país de este pacto. Nadie siguió sus pasos en su primer mandato y nadie los ha seguido ahora. La lucha por la descarbonización sigue adelante ignorando a Washington.
Han detenido a un niño de cinco años. Ha ocurrido en Estados Unidos. Lo ha detenido la policía migratoria, que ha apresado a otros niños también. Uno se pregunta que cómo es posible y, al otro reel, aparece un baile viral y luego una imitación y luego un gato y, como te quedes unos pocos segundos, todo serán vídeos de gatos. No hará falta más: unos pocos segundos son ya una inmensidad. Antes se mercadeaba con el dinero y ahora se mercadea con la atención, tan maleable como los miedos.
Imagina que una noche un hombre común, casado, con hijos, se rompe. Algo no va bien en su interior. Ni es dolor físico ni una tristeza concreta ni un problema identificable. Es una sensación de falla, como si algo esencial estuviera mal ajustado dentro de él. Intenta describirlo a su esposa. Le dice que no se siente bien, que algo ocurre. Ella responde: ¿te duele algo?, ¿quieres un médico?, ¿es el estómago? Él no sabe contestar. No puede nombrarlo, la conversación se atasca. Ella se irrita ligeramente: necesita un diagnóstico concreto, bien sabe la frustración que genera un hombre buscando palabras y quedándose a medias. Él sólo puede repetir que “es algo” pero no sabe qué. El lenguaje falla. Y ese es el punto: las cosas que no se saben nombrar porque no se sabe lo que son. El relato podría ser de Raymond Carver. Carver trabaja muy bien la relación con el lenguaje y la comunicación en matrimonios erosionados, trabajos precarios, culpa, violencia sorda y personajes que apenas entienden lo que les está ocurriendo como para además poder explicarlo. La desolación que supone no encontrar palabras y el comprensible rechazo que genera alrededor: qué pasa contigo, por qué no hablas. Con la edad he aprendido a evitar ese rechazo no exponiéndome: darme de baja de un evento, anular un compromiso el día anterior, desaparecer unos días o unas horas, lo que haga falta, para encerrarme en casa yo solo con algo que no sé qué es, pero es claramente una falla, una ruptura del sistema, una sensación desconocida a la que voy poniendo nombres para no escandalizar (ansiedad, que es una palabra en auge) pero yo sé, y esa sensación mía también sabe, que no es ansiedad, que ni siquiera tiene por qué ser algo. Cuántas veces queremos cerrar una discusión con un amigo o un amor o un familiar y decimos: “¡Y una cosa más!”. Y no encuentras esa cosa. No hay nada que decir, te quedas en blanco. Cuánto tiempo se tarda en aprender que hay cosas que no se dicen ni por timidez ni por impotencia ni por cansancio. Cuántas veces nuestras vidas son intraducibles porque sus idiomas están aún por inventar.
Las discusiones políticas están derivando últimamente en debates semánticos. Algo extraño si se mira el poco interés que nuestros representantes muestran hacia la lengua, pero algo normal si se entiende que precisamente ese descuido es lo que termina provocando los debates semánticos.

Una mujer se presta a un experimento lingüístico en un hospital para poder costear el tratamiento médico que su pareja necesita. No parece peligroso y, como no tiene medios para sufragar los gastos, está dispuesta a correr el riesgo: “si solo se trata de palabras, no puede ser peligroso”. Su interlocutor la corrige: “Tratándose de palabras, puede ser muy peligroso”. Y añade “no hay trasplante sin riesgo”. ¿Trasplante? ¿A quién? ¿De quién? ¿De qué? Felicia, pese al temor que le produce la palabra trasplante, acepta: incorporará las palabras de otro en su interior. Esta decisión meditada tendrá consecuencias impredecibles porque al cambiar sus palabras por las de otro, devendrá otra ella misma. No en vano Juan Mayorga titula a esta obra de teatro El Golem (2022), en alusión a la figura del folklore hebreo que toma vida con ciertas palabras porque estas tienen poder, dan vida, avivan, lo que apunta al hecho de que las palabras trasplantadas insuflan un modo de estar y de vivir y pueden incluso, como bien viera Platón, curar o enfermar. Este peligroso trasplante consiste, como indica Santiago Alba Rico en el epílogo al ensayo de Mayorga, en envenenar la narrativa porque, aunque nos parezca imposible, la sinrazón puede hacerse escritura y generar un discurso que parece tener razón, convence y hacemos propio. Aquí estamos, inadvertidos y sin nuestro consentimiento, en una época de trasplantes de palabras, que a su vez nos trasplantan a otro campo de juego, el que debemos combatir, ¿y cómo combatir si nuestra herramienta, que es el pensamiento, está envenenado con palabras trasplantadas? No hay nada más peligroso que el mal uso de las palabras. Cuando repetimos las palabras del otro, sus discursos y sus modos, algo cambia en nosotros mismos. Un ejemplo es la palabra “paz”. Parafraseo el trabajo de Klemperer sobre la lengua del fascismo. Donde pone “pueblo” leo en su lugar “paz”: “Paz se emplea tantas veces al hablar y escribir como la sal en la comida; a todo se le agrega una pizca de paz: fiesta de la paz, camarada de la paz, comunidad de la paz, cercano a la paz, ajeno a la paz, surgido de la paz”. “Paz” hasta que no se sepa muy bien a qué nos referimos. Si la paz es deseable, aquello que designa debe serlo en consonancia, ¿no? ¿quién no quiere la paz? ¿Pero qué paz es esta?

Si yo fuera uno de los beneficiarios de la regularización masiva, me la traerían al fresco las componendas, triquiñuelas, cálculos, atajos, jueguecillos y tocomochos que han sido necesarios para su aprobación. Tampoco me importaría ni un bledo quién se atribuye el mérito ni qué motivos reales esconde. Solo celebraría que mi vida insegura, sometida al miedo constante a la deportación, a la provisionalidad perenne y a la marginación, iba a mejorar un poco. O un mucho, según los casos. No me arreglaría la vida, por supuesto. Seguiría siendo complicada y áspera, pero con unos papeles que amortiguarán lo más grosero de la intemperie.
Comer es tan cotidiano como respirar, pero si se atiende a muchos mensajes de redes sociales, parece que hacerlo bien requiere un doctorado en biología molecular y la astucia necesaria para evitar las trampas que nos tienden los poderosos para dirigirnos a los alimentos equivocados y mantenernos enfermos.