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Los pasillos del Elíseo se han ido vaciando. Algunos teléfonos, cuentan quienes han paseado por el palacio presidencial estos días, suenan sin que nadie responda. La desbandada de colaboradores ha ido in crescendo en las últimas semanas. Desde principios de año, más de una decena ha saltado al sector público o privado. El más significativo, el todopoderoso secretario general del Elíseo, Alexis Kohler. “Es normal. Queda muy poco y nadie seguirá con el siguiente presidente. Todo el mundo piensa ya en 2027”, señala una persona que despacha con el jefe del Estado.
El ambiente en la redacción del diario libanés Al Akhbar refleja el sentir general entre la comunidad periodística local, donde los misiles israelíes que matan a informadores causan resignación, pero no sorpresa. Los periodistas de este periódico, fundado el día que comenzó la tregua entre Hezbolá e Israel tras el conflicto de 2006, mantienen la cobertura de un país en guerra rodeados de fotografías recientemente impresas de Amal Khalil, su corresponsal en el sur de Líbano hasta que el pasado 22 de abril falleció en un bombardeo israelí.
Dentro del variado catálogo de ofertas museísticas hay una especialidad que cada día cuenta con más devotos. Son los conocidos como museos de autor, creados en el mismo lugar donde el artista vivió y creó su obra. La recreación más o menos realista de estos espacios cautiva a un público cada vez más numeroso, porque no solo están llenos de claves que enriquecen el conocimiento de los investigadores. También los visitantes consiguen una experiencia que les hace sentirse más próximos a la obra del artista.

Hay restos de un decorado hundidos en el barro, entre trozos de madera y lonas de plástico. Una pierna bajo la mesa de un restaurante, en la que se distingue un moratón discreto e inquietante. Un vertedero de lavadoras abandonadas en un solar árido y un busto clásico ampliado en una valla publicitaria, en medio de un paisaje rural sin épica. Son algunas de las viñetas reunidas en la primera gran exposición dedicada a la fotografía de Yorgos Lanthimos (Atenas, 52 años), que puede verse en Onassis Stegi, el centro cultural de la Fundación Onassis en Atenas, hasta finales de mayo.




Llega a la cita Sonia Almarcha (Pinoso, Alicante, 58 años) y viene feliz: el día anterior había sido su cumpleaños; el 8 de mayo estrena Yo no moriré de amor, última ganadora del festival de Málaga; el 29 de mayo le toca salir a salas con A la cara; y pronto retornará a Madrid, tras una primera temporada, con la obra Personas, lugares y cosas. Ahora sonríe, después de un 2025 complejo, y porque con estos dos últimos lanzamientos ha sumado desde 2024 nueve estrenos en cine. Esa chispa en los ojos esconde un “me lo merezco” de manual.

Hay una solución infalible para los momentos de bajón: la música de Django Reinhardt (1910-1953). Todo en el hombre era prodigioso: nacido en una familia gitana, supo conquistar un lugar en la sociedad paya. Su lema podría ser: “Si el cielo te manda limones, haz limonada”. En 1928, sufrió grandes quemaduras cuando se incendió la caravana donde vivía, perdiendo el uso de dos dedos de su mano izquierda. Hospitalizado durante meses, su hermano le trajo una guitarra que aprendió a ajustar a su minusvalía. No hay mal que etc... Se libró del servicio militar.
Existe un dicho que asegura que el mejor alpinista es aquel que llega a viejo. Los hermanos Iker (49 años) y Eneko Pou no son viejos, exactamente, pero apuran sus últimos años en la élite conscientes de un doble éxito: han sabido sobrevivir a su actividad y son los únicos alpinistas españoles capaces de vivir de sus patrocinadores. Recientemente anunciaron un sorprendente cambio. Tras 20 años mostrando el logo de The North Face, en el equipo de Alex Honnold o Benjamin Védrines, la pareja de Vitoria cambia de escuadra y abraza La Sportiva. Tuvieron que jurar en sus redes que no se retiraban, que aún tenían medios para seguir rindiendo aunque el ritmo sea otro. Solo el fenómeno Kilian Jornet, gracias al trail running, puede rivalizar con los Pou en el ranking del patrocinio para alpinistas de este país.
La afición del Sevilla, realmente lo único que le queda a una entidad envuelta en una crisis eterna, ha reaccionado de manera ejemplar para arropar a su equipo en el partido ante la Real Sociedad que este lunes cierra la jornada 34 de Liga (21.00, Teledeporte). Acompañó a su equipo en el último entrenamiento previo al choque, empapeló de mensajes motivadores y banderas la ciudad deportiva y miles de rollos de papel higiénico, como el pasado miércoles en el Metropolitano, darán un colorido espectacular al Sánchez Pizjuán. Todo, para que su equipo gane un partido clave en la pelea por la permanencia, que el Sevilla (34) afronta a dos puntos de la salvación, que marca el Alavés con 36. No hay vuelta atrás. Si gana, el equipo hispalense saldrá de los puestos de descenso. Habrá lleno ante la Real. Esta semana, el club ha recurrido a emblemas como Pablo Alfaro o Joaquín Caparrós para animar a un grupo alicaído. “Nos hierve la sangre roja”, declararon ambos. “Es una auténtica final”, proclama Luis García Plaza, el segundo técnico del curso.
El futuro de la mayor colonia africana de España, abandonada hace medio siglo, se decide a puerta cerrada. El Consejo de Seguridad de la ONU ha revisado en la última semana de abril las funciones de la Misión de Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental (Minurso) 35 años después de su despliegue. Marruecos, que controla el 80% del desértico territorio, y el Frente Polisario, exiliado en Argelia, están llamados a reanudar este mes en Washington la negociación sobre el futuro del territorio lanzada en febrero en Madrid por Estados Unidos. La diplomacia norteamericana ha activado al mismo tiempo la mediación directa entre Rabat y Argel mientras impone una estricta ley del silencio en el diálogo sobre el futuro del Sáhara Occidental
Hace no tanto tiempo, en las últimas décadas del pasado siglo, la ONU era el árbitro de la legalidad internacional, y su secretario general, un pacificador casi a tiempo completo. Hoy las negociaciones para resolver guerras y conflictos recaen en empresarios amigos del presidente Donald Trump o en terceros países, a menudo potencias emergentes (Qatar como mediador en Gaza o Pakistán en la guerra contra Irán), que han cooptado la histórica labor de interlocución de la organización. En vísperas de elegir a su próximo secretario general, la dimensión pacificadora de la ONU cobra especial relieve por la parálisis acumulada ante los más recientes conflictos: Ucrania, Sudán, Gaza, Irán, Líbano...