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Allá por 2006 Xbox presento al mundo la que acabaría por convertirse en una de las franquicias más exitosas y reconocibles de la marca: Gears of War. Se trataba de un brutal juego de acción que daría pie a una saga conceptualmente deudora tanto del imaginario de Warhammer 40.000 como de Starship Troopers, que consiguió desarrollar una arrolladora personalidad propia y que sentó las bases de una mecánica que luego copiarían, con mayor o menor fortuna, decenas si no cientos de juegos: los disparos con cobertura desde diversos elementos del escenario tras los cuales nos parapetamos. ¿El punto de partida? La guerra que en planeta Sera libra la humanidad contra los terribles locust, unos seres de aspecto reptiloide y gatillo fácil que, desde las profundidades del mundo, han declarado la guerra a la humanidad.

Con la llegada del otoño y la bajada de las temperaturas, el dormitorio se convierte en el principal refugio de la casa. Meternos en la cama, acomodarnos con una almohada cómoda, encender la lámpara de la mesita de noche y arroparnos con las sábanas y el nórdico es uno de los mayores placeres de esta época del año.





Odiar Madrid se ha convertido en un género literario. No uno cualquiera, sino uno de esos que aspiran a conferir prestigio y distinción a quien lo ejerce. Como el haiku o las novelas gordas. Renegar de la capital de España, despreciar su atmósfera o denunciar la hostilidad de sus gentes (así, en plural, como harían Yolanda Díaz o Julio Iglesias) ha pasado a ser una pose pretendidamente chic y cultivada. Odiar Madrid es salirse de la masa ejerciendo de masa, es reivindicarse viajero contra los turistas o defender la civilización frente a la barbarie. Odiar Madrid es elegir lubina cuando crees que todos piden chuletón.
El anuncio del PSOE, Frente Amplio y otras fuerzas de izquierda territorial, diez minutos antes de la medianoche de este viernes, sobre su candidatura única al Senado actúa todavía como bálsamo para los sectores de izquierda frustrados por el fracaso de la coalición con Podemos. Una operación de más de seis meses concluyó con un acuerdo para ir en listas conjuntas en la cámara Alta en 43 provincias, al límite del cierre legal de la comunicación de las coaliciones; quedan fuera Cataluña y Canarias, salvo la circunscripción de La Gomera. El temor los ha unido.
He leído con fascinación la novela La república de Jorge Volpi, cuyo tema es la inteligencia artificial concebida como un ente superior capaz de dirigir la instauración de un nuevo orden político de extrema derecha, guiada primero por quien la ha creado, y luego capaz de tomar decisiones por sí misma, como asesora de seguridad nacional del presidente de Estados Unidos.
Quienes nos alejamos de los extremos y abogamos por la moderación estamos desamparados. Me duele la polarización creciente, alentada por los grupos extremistas y por los políticos. Es fácil caer en ella. Hay enfrentamientos entre familiares y entre amigos, y aumenta la tensión en la calle. Las condiciones debilitan el diálogo y el debate sano. Y no queda nada hasta las elecciones. Quiero reivindicar el centrismo, que pongamos el foco en aquello que nos une a casi todos. Los dos principales partidos, que engloban a la mayoría social, tienen la obligación de llegar a un pacto que aleje a los extremos del poder, como ha ocurrido en otros países europeos. Sé que es muy difícil, pero la política española y la cohesión social tienen que poder reconducirse.