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Lluís Canut (Barcelona, 1957) tiene una memoria prodigiosa, imprescindible para deshacer los equívocos, corregir los lapsus y llenar los blancos que se originan en las conversaciones y discusiones sobre periodismo y deporte con el único soporte de la tradición oral, que siempre gira a favor del relator, y más cuando se habla del Barça. Tiene el dato, la fecha y los protagonistas del momento, como si siempre estuviera preparado para el concurso más exigente, fiable en sus respuestas y quirúrgico en su argumentario, de manera que es una suerte -sobre todo para el gremio- que haya escrito el libro La vida en directe (Columna) en compañía de su compañero y amigo Víctor Lavagnini.

Bruselas presume de monumentos icónicos como el Manneken Pis o el Atomium, por no hablar de su espectacular Grand Place. Desde este verano, tiene otro referente, aunque no sea precisamente fuente de orgullo ni para una ciudad tan dada al surrealismo como la capital belga: es la “sartén más grande de Europa”, como no han tardado en bautizar los bruselenses, con su característico zwanze o humor sarcástico, a la plaza Schuman, en pleno corazón del barrio europeo.

La idea original era entrar en un manicomio en los años setenta en la España franquista. Dejar la cámara rodando. Armar un cortometraje para “contar lo que había visto que había ahí”. Lo recuerda Jaime Chávarri (Madrid, 1943) una mañana de finales de junio en su piso de Malasaña. Se cumplen 50 años de El desencanto y el director accede a ver su legendaria película y charlar sobre ese documental que eludía en todo lo posible la narración que no viniera de boca de sus protagonistas, que carecía de guion mientras se rodaba y que ofrece un retrato fascinante de una familia peculiar, culta, insólita y decadente. “No está hecha con ninguna intención ni mala, ni buena, de nadie. Es simplemente una película sobre lo que unos personajes cuentan. Hablan de sus heridas de una manera muy teatral, muy egocéntrica, muy diva, si se quiere. Eso mismo contado por otros no tendría el más mínimo interés”, afirma el director, jovial y elegante, dispuesto a desmitificar y a quitarse méritos.


Cuando Rakshya Bam (26 años, Kailali, Nepal) vio que en las protestas de la generación Z de Madagascar ondeaban banderas de Nepal, comprendió que lo que había hecho su generación en Katmandú era histórico. Apenas unos días antes del estallido de las movilizaciones en la isla africana, en septiembre de 2025, las protestas iniciadas por jóvenes nacidos entre finales de los noventa y principios de los 2000 habían terminado con la caída del Gobierno de K. P. Sharma Oli. “En Madagascar utilizaron nuestra bandera como símbolo de rebelión. Pero, sin duda, nosotros también nos inspiramos en otros países. Seguimos esos movimientos en Bangladés e Indonesia. El mundo entero estaba sufriendo”, recuerda Bam, coordinadora del Nepal Gen Z Front, en una entrevista con EL PAÍS en la Conferencia de Sostenibilidad de Hamburgo, a la que fue invitada para participar en un panel sobre la movilización política juvenil. “Pero creo que ahora es el momento de hacer una pausa y reflexionar. Necesitamos paz ahora mismo, hemos visto demasiada destrucción”, agrega.
La guerra contra el crimen organizado ha acercado a Ecuador con Estados Unidos como nunca antes. Desde la llegada de Daniel Noboa al poder, ambos países han suscrito 67 compromisos bilaterales, el doble de los firmados durante los dos gobiernos anteriores, según el análisis recogido por el Observatorio Ecuatoriano de Conflictos. La seguridad concentra la mayor parte de esa relación, convertida en el eje de la estrategia oficial tras la declaratoria del conflicto armado interno en enero de 2024 y reforzada con el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca. Esa alianza, que el Gobierno presenta como indispensable para enfrentar al narcotráfico, enfrenta ahora un escrutinio inédito tras un informe de Human Rights Watch (HRW) que plantea interrogantes sobre el papel de Estados Unidos en ataques contra una finca en la Amazonia ecuatoriana y en tres incidentes contra embarcaciones pesqueras en el Pacífico.
Las autoridades judiciales de Costa Rica dieron este viernes la noticia que más esperaban en su lucha contra el crimen organizado al reportar la captura del fugitivo más buscado del país: Alejandro Arias Monge, alias Diablo, un hombre de 41 años por quien agencias de Estados Unidos ofrecían una recompensa de hasta 500.000 dólares, al considerarlo líder de una sanguinaria organización criminal transnacional.