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Un caza F-16 de la Fuerza Aérea de Rumania destruyó este sábado un dron que había penetrado en el espacio aéreo del país sobre el delta del Danubio, el segundo aparato no tripulado neutralizado en menos de 24 horas. La aeronave fue interceptada cerca de la localidad de Sfantu Gheorghe, a orillas del mar Negro y próxima a la frontera con Ucrania, inmersa en una cruenta guerra desde la invasión de Rusia en febrero de 2022.

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Casi todo en la economía mundial va al revés de los pronósticos más lúgubres lanzados al inicio de la agresión bélica a Irán, el pasado marzo. La acusada recesión, el disparo de la inflación, el retorno al estancamiento con inflación, esa temida estanflación entronizada por las crisis petroleras de los setenta… eran los augurios dominantes de expertos y organismos. Casi siempre con una prudencial coletilla, demasiado obvia: si la guerra dura mucho, será peor. Y si llegábamos a junio/julio con hostilidades, sería la catástrofe.
Tabitha Lasley, periodista de Londres, es proposa escriure un llibre sobre els treballadors de les plataformes petrolieres del mar del Nord. Homes rudes, tatuats, enigmàtics, amb feines dures i ben remunerades, que passen mig any en búnquers testosterònics lluny de la civilització. L’objectiu és investigar com són els homes quan no hi ha cap dona a la vista. És una premissa fallida; la seva presència la farà impossible. Així i tot, agafa un any sabàtic i es muda a la ciutat portuària escocesa per on, tard o d’hora, passen tots els treballadors. N’entrevista més de cent, però el llibre que finalment publica el 2021, Sea State, té un protagonista: un treballador casat que converteix en el seu amant. L’arc de la relació és tristament previsible, el mateix que es repeteix des que Odisseu va deixar l’illa de Circe (amant) per tornar a Ítaca (legítima esposa).
Lluís Canut (Barcelona, 1957) tiene una memoria prodigiosa, imprescindible para deshacer los equívocos, corregir los lapsus y llenar los blancos que se originan en las conversaciones y discusiones sobre periodismo y deporte con el único soporte de la tradición oral, que siempre gira a favor del relator, y más cuando se habla del Barça. Tiene el dato, la fecha y los protagonistas del momento, como si siempre estuviera preparado para el concurso más exigente, fiable en sus respuestas y quirúrgico en su argumentario, de manera que es una suerte -sobre todo para el gremio- que haya escrito el libro La vida en directe (Columna) en compañía de su compañero y amigo Víctor Lavagnini.
La idea original era entrar en un manicomio en los años setenta en la España franquista. Dejar la cámara rodando. Armar un cortometraje para “contar lo que había visto que había ahí”. Lo recuerda Jaime Chávarri (Madrid, 1943) una mañana de finales de junio en su piso de Malasaña. Se cumplen 50 años de El desencanto y el director accede a ver su legendaria película y charlar sobre ese documental que eludía en todo lo posible la narración que no viniera de boca de sus protagonistas, que carecía de guion mientras se rodaba y que ofrece un retrato fascinante de una familia peculiar, culta, insólita y decadente. “No está hecha con ninguna intención ni mala, ni buena, de nadie. Es simplemente una película sobre lo que unos personajes cuentan. Hablan de sus heridas de una manera muy teatral, muy egocéntrica, muy diva, si se quiere. Eso mismo contado por otros no tendría el más mínimo interés”, afirma el director, jovial y elegante, dispuesto a desmitificar y a quitarse méritos.



Bruselas presume de monumentos icónicos como el Manneken Pis o el Atomium, por no hablar de su espectacular Grand Place. Desde este verano, tiene otro referente, aunque no sea precisamente fuente de orgullo ni para una ciudad tan dada al surrealismo como la capital belga: es la “sartén más grande de Europa”, como no han tardado en bautizar los bruselenses, con su característico zwanze o humor sarcástico, a la plaza Schuman, en pleno corazón del barrio europeo.

Cuando Rakshya Bam (26 años, Kailali, Nepal) vio que en las protestas de la generación Z de Madagascar ondeaban banderas de Nepal, comprendió que lo que había hecho su generación en Katmandú era histórico. Apenas unos días antes del estallido de las movilizaciones en la isla africana, en septiembre de 2025, las protestas iniciadas por jóvenes nacidos entre finales de los noventa y principios de los 2000 habían terminado con la caída del Gobierno de K. P. Sharma Oli. “En Madagascar utilizaron nuestra bandera como símbolo de rebelión. Pero, sin duda, nosotros también nos inspiramos en otros países. Seguimos esos movimientos en Bangladés e Indonesia. El mundo entero estaba sufriendo”, recuerda Bam, coordinadora del Nepal Gen Z Front, en una entrevista con EL PAÍS en la Conferencia de Sostenibilidad de Hamburgo, a la que fue invitada para participar en un panel sobre la movilización política juvenil. “Pero creo que ahora es el momento de hacer una pausa y reflexionar. Necesitamos paz ahora mismo, hemos visto demasiada destrucción”, agrega.