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Hace 20 años Marbella saltó por los aires. Desde entonces, nada es lo mismo en la Costa del Sol. La Operación Malaya contra la corrupción urbanística acabó con un sistema de incumplimiento sistemático de la legalidad que nació con la llegada de Jesús Gil a la alcaldía y acabó con la detención de un centenar de personas. Aquel trabajo policial supuso la disolución del Ayuntamiento, primera y única vez que esto ha sucedido en democracia. También un antes y un después para todo el litoral malagueño, que dos décadas más tarde ha conseguido liberarse de la imagen de corrupción, pero se enfrenta a nuevos retos ante un crecimiento que parece infinito. Entre ellos, la escasez de recursos naturales, los problemas de movilidad o el crimen organizado. De fondo, la falta de vivienda y la masificación turística, que va ya mucho más allá del verano en estos casi 150 kilómetros de urbanización continua donde viven 1,3 millones de personas. Y cuyo nuevo centro de gravedad se ha desplazado hacia Málaga, paradigma de este litoral.




Leila Slimani pasa días felices en Madrid, donde ha disfrutado de una residencia en el Museo del Prado que le ha permitido conocerlo a fondo para sumergirse en la escritura de un relato sobre este lugar. La autora francomarroquí, nacida en Rabat, en 1981, recorre con pasión la sala de las Pinturas Negras de Goya, donde ve a Elon Musk o a Donald Trump en los demonios que aleccionan a las masas. Ganadora del Premio Goncourt, ha rematado la trilogía El país de los otros (Cabaret Voltaire), que aborda las complicaciones y riquezas de una familia mixta como la suya, con caminos de ida, vuelta y extrañamiento entre culturas.

De forma inconsciente, Mario Rielo adoptaba ciertas posturas para que no se notara su malformación pectoral. En la playa, en la piscina, cuando se quitaba la camiseta, levantaba un brazo y se tocaba la nuca. El gesto estiraba el pecho, igualaba un poco la silueta, disimulaba la hendidura que tenía en un lado del tórax desde niño. “Me di cuenta con los años. No lo hacía pensando: no quiero que se me note esto. Directamente lo hacía”, cuenta ahora, cuatro meses después de la cirugía de reconstrucción que le hicieron en el hospital Gregorio Marañón de Madrid, con una prótesis a medida hecha en su laboratorio 3D.

Khoudia Diop tiene 26 años y lleva en un matrimonio a distancia desde los 17. Ella vive en Léona, un pueblo en el noroeste de Senegal; él, en Catania, en Italia, donde ahora vende productos en los mercados. Sus padres se encargaron de los preparativos antes de que partiera a Europa en 2008. Él solo regresó una vez, en 2023. “Nos las arreglamos, pero no es fácil”, admite Diop, que ha sacado un momento, en medio de sus múltiples tareas domésticas en casa de sus suegros, para hablar con este diario. Su caso no es la excepción, sino, más bien, la norma en el pueblo y, en general, en la región de Louga, profundamente marcada por la migración. La Oficina de Acogida, Orientación y Seguimiento de Senegal (BAOS, por sus siglas en francés) calcula que casi el 56% de los hogares de Louga tienen al menos un miembro de la familia viviendo en el extranjero. En 2024, alrededor de 740.000 senegaleses se habían marchado del país.
Hacía casi tres años que Vladímir Putin no daba un beso a un niño en público. El pasado 27 de abril, en medio de una ola inédita de ―suaves— críticas sobre la situación del país, el presidente ruso repetía un gesto de cercanía al pueblo que no practicaba desde la rebelión del Grupo Wagner en junio de 2023. El líder ruso besaba en la frente y sonreía a una pequeña gimnasta cuando sus índices de aprobación caían a su nivel más bajo desde el inicio de su ofensiva sobre Ucrania. Tres días después abrazaba a otra niña en público. El apoyo al mandatario sigue siendo masivo, pero su descenso es remarcable desde que se visibilizó la crisis económica el año pasado y la situación tiene visos de empeorar.

“Escribe de lo que sepas”. Es el obvio y manido consejo que Niall, aspirante a escritor y coprotagonista de Half Man, recibe de su agente literario en uno de los episodios de esta miniserie de HBO Max. No queremos imaginar qué pasa por la cabeza del creador de esta ficción, Richard Gadd, quien se convirtió en estrella televisiva de primer nivel de la noche a la mañana tras estrenar la biográfica y confesional Mi reno de peluche (Netflix). En su esperada nueva miniserie, incide en asuntos como la obsesión, el trauma, las relaciones ambivalentes formadas por la dependencia mutua y, en definitiva, en una oscuridad pocas veces vista en pantalla.
Los Hombres G entendieron pronto que la vida puede no ir tan en serio como decía Gil de Biedma. Sucedió mucho antes de emprender el camino del éxito. El 19 de octubre de 1984, en concreto. Aquel viernes tocaban en la sala Autopista, en el centro comercial La Vaguada (Madrid). La entrada costaba 300 pesetas. No era un concierto más: tras dos años tocando, se lo plantearon como uno de los últimos cartuchos.

Chema Madoz por triplicado. El artista de las metáforas visuales expone en Valencia, en el Centre del Carme Cultura Contemporània (CCCC), hasta el 16 de mayo; también prepara una gran muestra para octubre en Madrid, en ese magnífico espacio que es la Sala Canal de Isabel II. “Será un repaso a mis últimos 10 años, con unas 100 obras”, dice con su habitual tono calmo en la galería Elvira González, en la capital, donde este martes inaugura exposición —la quinta en este espacio— con unas 50 imágenes nuevas, dentro de la programación de PHotoESPAÑA. Tanta actividad indica que parece haber aparcado una complicada etapa de problemas de salud.


Dos grandes cañones de bronce presiden la entrada principal del Emirates Stadium de Londres, donde este martes (21.00, Movistar+) Arsenal y Atlético de Madrid se juegan el pase a la final de la Champions League. Las simbólicas piezas de artillería que son la seña de identidad del club londinense han envejecido mejor que un coliseo que fue vanguardia cuando fue inaugurado en 2006 como relevo del entrañable Highbury Park.
Una moqueta vieja, cuatro paredes empapeladas de amarillo con motivos geométricos y un falso techo plagado de fluorescentes. Hace siete años, una fotografía de lo que parecía un antiguo almacén irrumpió en la polémica web 4chan. El espacio era anodino, familiar, pero ese minimalismo tan crudo producía una sensación de extrañeza que atrapó en seguida a los usuarios. Sobre esa fotografía se construyeron leyendas que advertían del riesgo de quedar atrapado en un laberinto formado por infinitas estancias similares a esa almacén. El fenómeno se bautizó como backrooms, en español se traduce como trastienda, e inauguró el interés por los llamados espacios liminares.