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Menos de un mes después de que el presidente de Palantir, el controvertido Peter Thiel, viajase a Roma para sermonear sobre el anticristo ante la mirada escéptica del Vaticano, el número dos de la compañía, el también polémico Alex Karp, publicó un manifiesto de 22 puntos en la red social X en el que cuestiona la civilización occidental en un texto reaccionario con tintes xenófobos, belicistas y ultranacionalistas. La declaración de principios describe un futuro distópico, donde emerge un Estados Unidos supremacista, con capacidad para vigilar a todos los ciudadanos y controlar el poder gracias a la IA. Silicon Valley pasará de alumbrar tecnología a suministrar las nuevas armas de guerra.
En la carrera de la inteligencia artificial, las novedades se suceden más rápido de lo que se tardan en digerir. En este mundo inabarcable de anuncios distópicos y estrategias de relaciones públicas para exagerar los logros, resulta complicado distinguir entre un avance crítico y una actualización prometedora. Pero el último modelo de inteligencia artificial de Anthropic amenaza con hacer estragos en los sistemas de seguridad informática de todo el planeta.
Hace ahora 16 años, en el mercado de Villa de Leyva, un municipio colonial y muy turístico cercano a Bogotá, una campesina sostenía un canasto. A pesar de sus colores y su diseño, no era un objeto concebido para atraer miradas, sino para cumplir una función concreta: llevar la compra de vuelta a casa. Pero los ojos de Silvana Bonfante, antropóloga y gestora cultural, quedaron inmediatamente atrapados. “Le pregunté por él y me llevó a su puesto, donde tenía muchos más. Si mi marido no me detiene”, recuerda, “me los llevo todos”. Finalmente se quedó con uno –“son irrompibles”, precisa– y con algo más difícil de definir: el germen de un proyecto que hoy lidera. La Ciénaga nace de ese encuentro fortuito y busca promocionar la cestería del altiplano colombiano reivindicando, en cada pieza, historias de identidad, memoria y sostenibilidad.
La madrugada, a veces, hace tomar malas decisiones. Un hombre que pasaba por delante del conocido establecimiento Toni 2 una noche de agosto de 2022 tomó una que resultó ser bastante desacertada. El individuo, que entonces tenía 32 años, vio a otro fumando a las puertas del piano bar y le pegó un puñetazo “sin mediar palabra”, como recoge la sentencia en el relato de los hechos. Ese gesto absurdo, que hirió a la víctima en la boca y provocó que tuviera que someterse a un procedimiento quirúrgico, le ha costado al agresor 20.000 euros.
Alemania se ha propuesto tener en un futuro próximo el ejercito convencional más fuerte de la Unión Europea (UE), con un gasto militar superior al de cualquier otro socio y unas fuerzas armadas que podrían acercarse al medio millón de soldados. Lo anunció la semana pasada el ministro de Defensa, el socialdemócrata Boris Pistorius. La noticia podría ser motivo de alarma para los socios europeos, dada el rastro de destrucción y crimen que en el siglo XX dejó en la historia el militarismo alemán. Pero en el siglo XXI, y ante amenazas del todo distintas, no hay razones para que sea así. Si Europa aspira a independizarse de Estados Unidos, y si quiere prepararse ante el acoso ruso en el flanco oriental, no hay otra alternativa que reconocer que la primera potencia económica, el país central en el continente y el más poblado debe asumir sus responsabilidades.
“Nosotros vivimos en una campaña permanente”, dice Manuel Mariscal, actual diputado y responsable de las redes sociales de Vox en 2018, en La España Viva (Kalma libros). La formación de Santiago Abascal maneja la comunicación política como nadie. Es el partido con más seguidores en España. Suma casi cuatro millones entre sus perfiles de TikTok (875.000), Instagram (1.100.000), Facebook (975.000) y X (660.000); PSOE y PP no superan los dos millones. La estrategia es muy sencilla. Mensajes y vídeos breves, cortos, directos, al grano. Si Vox llega a la Moncloa jamás llamaría Transición Ecológica y Reto Demográfico a un ministerio.
Sé cómo proteger lo que puedo ver. Cierro la puerta con llave. No dejo el móvil encima de una mesa en una terraza. Desconfío del desconocido que se acerca demasiado. Lo que no sé es cómo protegerme de lo que ya no está en mis manos. En las últimas semanas he recibido tres avisos de empresas distintas comunicándome que habían sufrido un ciberataque y que mis datos “podrían haberse visto comprometidos”. Tres correos con el mismo lenguaje insulso, la misma disculpa corporativa, el mismo vacío de consecuencias. Ahora, datos míos, que pueden ir desde mi nombre hasta mi numero de cuenta, están en manos de vete tú a saber. Y llegados aquí me pregunto: ¿quién responde? ¿Qué consecuencia real tiene para una empresa exponer los datos de miles de ciudadanos? Porque de momento, la respuesta parece ser: un comunicado, una disculpa y seguir adelante, ya que en principio se supone que no pasará nada. Eso no es suficiente.
El caso Vivotecnia, que reveló el presunto maltrato animal que se llevaba a cabo en la sede madrileña de esta compañía de experimentación para medicamentos y cosmética, llega a juicio cinco años después. Un vídeo grabado por una exempleada y hecho público en 2021 por la ONG Cruelty Free Internacional (CFI) destapó las prácticas irregulares en esta empresa. En él se veía a un mono agarrado por todas las extremidades mientras lo manipulaban, inyecciones en los globos oculares de roedores sin sedación, marcas presuntamente innecesarias en los perros y conejos eutanasiados aparentemente sin las medidas que establece la ley, entre otras escenas macabras. Todo ello con comentarios como “cerda psicópata”, “como Hitler, pasajeros al tren” o “déjale, que se rompa la columna”.


Las comidas solían tener una estructura argumental, como una historia en tres actos que se desarrollaba sobre el mantel. Primero, segundo y postre. La dieta mediterránea se erigió sobre esta premisa; la gastronomía ganó en variedad con esta separación. Empezó como una moda, pero fue adquiriendo con los siglos el peso de la costumbre, hasta codificarse en el legado cultural. Sus orígenes se remontan a la España del siglo IX, pero después de más de un milenio como paradigma gastronómico, algo se empezó a quebrar en los últimos años. El menú de tres platos está muriendo. Los motivos son evidentes e irrevocables.
La Tertulia abrió sus puertas en Granada el 19 de abril de 1980. Nació como un bar —de copas, no de comida; el clásico pub de hace años—, pero sobre todo, como un espacio cultural. Un proyecto que venía soñado desde Suecia, donde su propietario, Horacio Tato Rébora, vivió un tiempo. Tato había llegado a Madrid desde Argentina huyendo de la dictadura del país americano en 1976. Estuvo unos meses, viajó por España, y se fue a Suecia, de donde volvió un par de años después. El éxito cultural fue inmediato y sigue hasta hoy; el negocio, el de la cervezas y licores de más rango, aguantó unas décadas, dando al empresario lo comido por lo servido pero en los últimos años ya no alcanza ni eso. Por ello, el 30 de mayo, La Tertulia, el lugar donde ha bebido y reído toda la intelectualidad que ha pisado la ciudad, echará la persiana 46 años después de aquel 19 de abril del 80.




