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Tots els homes per naturalesa volen saber és una frase d’Aristòtil i també és l’últim títol traduït al català de la francesa d’origen algerià Nina Bouraoui. Nascuda el 1967, és una escriptora del Magrib, escindida entre dues identitats reconciliables després de la guerra d’independència i la guerra civil que va venir després.


Profesores y alumnos del instituto Vila de Gràcia de Barcelona se han levantado en pie de guerra ante la decisión el Consorcio de Educación de suprimir el bachillerato escénico que actualmente oferta el centro. La dirección defiende la necesidad de mantener estos estudios, “un servicio público” en un barrio como el de Gràcia, mientras que el Consorcio defiende que actualmente hay exceso de oferta de estos estudios en la ciudad, que se materializa en 69 plazas vacantes.
Al otro lado de la desembocadura del Tajo, tras cruzar el Puente 25 de Abril de Lisboa, entrena José Mourinho al Benfica. Allí, el sábado, el técnico, junto a los capitanes y la dirección deportiva, tuvo que recibir a unos 200 aficionados muy molestos por la marcha del equipo. Al final de la rendición de cuentas, el grupo de hinchas cantó el himno nacional y se marchó al grito de “Se acabó el asedio”, según contó el periódico A Bola.

En las listas de los mejores discos españoles del año pasado, codeándose con figuras como Rosalía, apareció un intruso llamado Rachid B. Con su primer álbum, El Ghorba, una producción completamente independiente con 200 copias físicas prensadas, poco más de 1.300 oyentes mensuales en Spotify y cantada en darija -dialecto árabe hablado en Marruecos-, este artista al que nadie conocía ha conseguido conquistar a gran parte de la crítica especializada. Ha sido el tercer disco más valorado de 2025 en ABC Cultural, el cuarto en El Periódico, el primero en la web especializada Hipersónica y también ha aparecido en las listas de Rockdelux y Muzikalia, entre otras.



Óscar Mulero (Madrid, 55 años) es una de las grandes referencias de la música electrónica mundial, y por ello ha sido distinguido con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, que otorga el Ministerio de Cultura. Comenzó en el underground, en 1989, y ahora le premian entre personajes variopintos, de Christina Rosenvinge a Karina, de Suso33 a María del Monte, de Los Chichos a Manuel Vicent.
Los Bridgerton, la serie de Netflix inspirada en las novelas de Julia Quinn, vuelve este 29 de enero con una cuarta temporada. Un nuevo romance emerge entre el hermano más bohemio de la familia, Benedict Bridgerton (Luke Thompson) y Sophie Beckett (Yerin Ha). Esta ficción se popularizó por las apasionadas historias de amor, la música pop adaptada a la época, los escándalos, el lujo y escenarios emblemáticos de la alta sociedad de Inglaterra durante el periodo de la Regencia ―a principios del siglo XIX, entre 1811 y 1820―. Y como toda serie de éxito, son muchos quienes se animan a visitar los lugares en los que se ha grabado.

En 1928, el diario New York Times le dedicó una página entera a uno de los cambios más revolucionarios vividos en materia de calzado en los últimos años. El artículo en cuestión, se hacía eco de cómo en París las casas de costura habían provocado que el satén y el crepé de China desbancara al omnipresente cuero metálico y los brocados en las hormas de salón.
























Escondido ya el sol de la tarde, el frío no se anda con chiquitas junto al monasterio de Santa María, a las afueras de Villanueva de Sijena, un pueblito de unos 340 habitantes en la comarca de Los Monegros, en Huesca. Sin embargo, Alfonso Salillas, de 65 años, no se inmuta ante la rasca. Y lo que parece mantenerlo caliente, más que la chaqueta forrada de borreguillo, es la pasión con la que defiende el regreso a Aragón de las pinturas de Sijena, un tesoro artístico local actualmente expuesto en el Museu Nacional d’Art de Catalunya.

Lo primero que aclara el periodista y realizador audiovisual argentino Hernán Siseles, de 44 años, es que lo suyo no fue una idea sino una acción. No lo podría explicar como un plan ni como un negocio. Fue un movimiento, metafórico y físico, casi intuitivo, de un piano, un piano vertical (o de pared) Otto Meister que después de 20 años de permanecer en el salón de su casa en el barrio porteño de Chacarita fue trasladado a 300 metros de allí, a un bar donde una amiga había empezado a hacer actividades culturales. Movimiento inicial, entonces, y luego: expectativa, observación. ¿Qué pasaba con eso? ¿Qué decía la gente?

Andrés W. (32 años) tiene en su casa una especie de museo de viejos teléfonos móviles. La mayoría son poco convencionales. Modelos y marcas que dejan rastro de sus múltiples intentos por frenar la dependencia del propio aparato y de determinadas aplicaciones. “Es como una adicción. Fui probando límites de tiempo, dejando el móvil fuera de la habitación, pero todo se me hacía muy difícil”, cuenta. Desde 2019 se reconoce inmerso en un largo proceso de desintoxicación digital, con idas y venidas, que incluyó usar un teléfono de apenas siete centímetros con el que solo podía hacer llamadas. Su caso ejemplifica un problema que no deja de crecer entre los jóvenes.