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¿Qué tienen en común películas como La escapada (1962), El desprecio (1963), Goldeneye (1995) o Men in Black: International (2019)? En al menos una de sus escenas, sus protagonistas navegan en una lancha Riva. En el caso de la obra dirigida por Jean-Luc Godard, es Camille, interpretada por Brigitte Bardot, quien viaja a bordo de una de estas embarcaciones. La francesa se dirige a la isla de Capri, donde visita la Casa Malaparte, otro hito del diseño italiano y un capricho más del productor estadounidense que intenta seducirla. Pero la relación de Bardot con el astillero italiano Riva había comenzado antes de aquel rodaje, cuando su primer marido, el director Roger Vadim, le regaló en 1959 la lancha Nounours, modelo Super Florida. El idilio de la diva con estos iconos de mar no acabó con aquel matrimonio, porque también su tercer marido, el excéntrico millonario Gunter Sachs, muy aficionado a disfrazarse de vampiro, era el orgulloso armador de la embarcación Dracula, una estilizada Aquarama con la que paseaban por la Costa Azul.
Es probable que a lo largo de las últimas semanas, en su feed de Instagram, se haya topado con diferentes reels de la película Una joven prometedora, un largometraje en el que Carey Mulligan da vida a una mujer que se venga de los aliados y las aliadas de la cultura de la violación, a sabiendas de que ese afán vengativo truncará su prometedora existencia. El motivo por el que la película de Emerald Fennell regresa al zeitgeist seis años después de su estreno es que guarda llamativas similitudes con el caso de Cornell, en el que una exestudiante de la prestigiosa Universidad de Cornell denunció haber sido víctima de una violación grupal y agresión por parte de siete miembros de la fraternidad Chi Phi.
Un niño construye una torre con piezas de colores. Coloca una pieza encima de otra hasta que, de repente, toda la estructura se viene abajo. Vuelve a empezar, cambia el orden, prueba con una base más ancha y descubre que esta vez resiste. Para él no ha sido más que un juego, pero durante esos minutos ha observado, experimentado y buscado soluciones. Es decir, ha puesto en práctica algunas de las habilidades sobre las que se construye el pensamiento científico, aunque el niño todavía no sepa qué significa la palabra ingeniería. La escena permite plantear una pregunta: ¿Hasta qué punto las experiencias infantiles pueden influir en las vocaciones profesionales? Y, sobre todo, ¿cómo preparar a los hijos para un mundo laboral que cambia a tal velocidad que muchas de las profesiones que ejercerán serán diferentes de las existentes hoy?
María Sierra Burgos ya sabe asistir a una cabra en un aborto. “Lo pasé regular porque empaticé con ella”, reconoce la rondeña de 29 años. “Ni caso, lo hizo estupendamente”, le replica a su vera su mentor, el pastor José Miguel Sánchez. La última lección, llegada de forma espontánea no hace ni un día, se suma a una larga ristra de saberes aprendidos en apenas seis meses. “También sé arreglar alambrados, injertar un árbol o trenzar cuerdas”, explica la joven, maestra de Infantil de formación. Por eso Sierras se rebela cuando su familia o amistades le preguntan, cargados de condescendencia, qué hace de aprendiz en el campo teniendo estudios: “Estoy harta. Siempre contesto que no es sinónimo de no saber. Aquí hay menos estrés y la gente es más friendly”.

El 5 de octubre, varios centros de día para personas sin hogar de las provincias de Cádiz, Sevilla, Jaén y Córdoba que gestiona la ONG Inserta Andalucía se quedaron sin luz por impago de las facturas del suministro eléctrico. Un corte que también afectó a algunas oficinas de la entidad, según confirmaron al personal los coordinadores territoriales de la entidad. Ese día, los usuarios tuvieron que acudir a otras instituciones para poder comer y asearse. Al impago de la luz, se suman las reclamaciones de varios caseros por no abonar el alquiler de los pisos en los que desarrollan otros programas de acogida y atención, como ha podido constatar este diario. Son algunos de los problemas de gestión y organización que atraviesa esta entidad y que afectan a sus trabajadores ―parte de la plantilla que se acogió a un ERE en junio no ha cobrado aún y los empleados arrastran retrasos en el abono de sus salarios― y a los beneficiarios de los programas sociales que prestan, la mayoría subvencionados por la Junta de Andalucía. Además, todos estos usuarios se encuentran en situación de vulnerabilidad y, en muchos casos, tampoco reciben las prestaciones a las que tienen derecho.

Hace unas semanas desayunamos apocalipsis. La portada de mi regional de cabecera situaba a nuestros escolares a la cola planetaria en comprensión lectora, matemáticas y ciencias. Toda una generación condenada a extinguirse de pura apoptosis neuronal.
La playa de las Américas es una mezcla imposible entre centro comercial, parque temático y resort de lujo. Los peatones se mueven con la cadencia lenta de las chanclas, en los bares se sirven pintas y sangría y los escaparates muestran siempre la temporada de verano. En el centro de este lugar hay una enorme pirámide escalonada rodeada de columnas de apariencia barata y helénica. No es el tipo de lugar donde uno imaginaría la celebración de apasionantes debates sobre la ontología de la verdad. Y sin embargo, es justo lo que sucedió ayer.
Virginie Despentes recorrió los caminos menos recomendables de la vida, los márgenes donde habitan la prostitución, el alcohol, el abuso o la violación impune y fue capaz de transformarlos en un cine y una literatura capaces de rasgar la piel y atravesar las capas de la corrección, la superficie que nos cubre. Así firmó libros como Fóllame o Querido capullo, pero ha sido Teoría King Kong (Random House) el que ayudó a fijar el marco de un feminismo de nuevo cuño que más tarde cristalizó en movimientos como el MeToo y una nueva mentalidad en las jóvenes. Aquel manifiesto ha cumplido 20 años y la autora francesa nacida en Nancy hace 57 años pasó por Madrid para hablar de ello en La Casa Encendida, mientras arreciaban las protestas en la Puerta del Sol y en París. Habla perfectamente español.
Estás escribiendo sin saberlo. Medio aturdido, me despierto oyendo esta frase que no sé cuántas veces ya antes escuché. Y, poco después, por cambiar de obsesión y de paso acelerar mi despertar, me dedico a dar vueltas a la idea de que la mejor parte de la biografía de un escritor no es la crónica de sus aventuras, sino la historia de su estilo.

“¿De dónde venimos?”, pregunta la maestra en una clase de niños de unos 10 años. “El papá le pone una semilla a la mamá, como las abejas, y pasados nueve meses, sale el niño”, contesta uno de los alumnos. Otra corrige: “No es así. La semilla la pone el biólogo con un tubo largo. Se llama inseminación”. “No, se llama in vitro”, apostilla otra. “Yo nací en un congelador”. “Pues yo vengo de un hombre desconocido muy generoso que le dio una semilla a mi mamá”. “Yo tengo dos madres. La gine metió el huevo de una dentro de la otra”. “A mí me hicieron con un señor que vive en Dinamarca”. La conversación con la que comienza la serie de ficción In vitro podría tener lugar hoy casi en cualquier colegio real. Y, sin embargo, el tema de la reproducción asistida apenas se ha tratado en la ficción.
