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Tengo la nacionalidad en crisis. Mientras se escucha, se ensalza y se rebate “la prioridad nacional”, yo ya no sé si seré español. Tal vez sea porque mi tez se vuelve aceituna al tercer rayo de sol y avisa que ancestros andalusíes haberlos, haylos. La verdad, medir la “españolidad” me parece muy difícil. Si es por el idioma, tengo un compañero made in Zhejiang que tiene un C2 en castellano. Creo que si me tocara pasar esa prueba, aunque sea juntaletras, catearía. Tres cuartos de lo mismo me pasa si me asomo al patio de luces y escucho la videollamada de mi vecino con su hijo militar. A mí, eso de “garantizar la soberanía e independencia de España” no me ha llamado nunca. Al vástago de una familia de origen ecuatoriano, sí. Luego, bajo a la carnicería halal de la esquina de casa y el carnicero le ha traído tortas cenceñas para que haga gazpacho a una vecina de siempre. La vecina le promete un tupper, él le ha regalado un poco de kalinti. Mezclarse. Cuidarse. Esforzarse. Valores de una nacionalidad que se teje y se crea en lo cotidiano. Esa nacionalidad de la que no tengo dudas. Tal vez, al final, lo que esté en crisis no sea mi españolidad.
Neil Armstrong dio un pequeño paso, y un saltito, para pisar la Luna y plantar una bandera, y todo el mundo habla de él, y es el héroe de los niños, pero, solo unos segundos después, también bajó Buzz Aldrin del Apolo XI para saludar a los selenitas. De él se habló menos, como también rodea cierto silencio a la figura esbeltísima (1,86m, 59 kilos) de Yomif Kejelcha, que acompañó a Sabastian Sawe el domingo hasta la última milla del maratón de Londres y también, como el keniano que grabó en sus zapatillas blancas 1:59.30, llegó a la Luna de las dos horas, solo 11 segundos después.

Mariana Mazzucato es una polvorilla. La economista italo-americana (nacida en Roma hace 57 años, criada en Estados Unidos y afincada en Londres) forma parte de ese grupo de reputados académicos progresistas que ejercen una oposición desacomplejada al neoliberalismo y al trumpismo posterior a este, pero lo hace sin afectación ni solemnidad. Habla con pasión y optimismo de otra forma de hacer y ver la economía. Mazzucato, profesora de la University College of London, defiende el papel innovador del sector público y pone como ejemplo idóneo de colaboración público-privada la primera misión a la luna ideada por Kennedy, ahora tan de actualidad. Su obra escrita es vibrante y títulos como El Estado Emprendedor o Misión Economía (editados por Taurus en España) dan buena cuenta de ello. En esta entrevista, concedida en el marco de la Global Progressive Mobilisation (GPM) en Barcelona, está exultante por la creación de un Consejo Global para una Economía del Bien Común junto al Gobierno español. Sin embargo, aborda el impacto estructural de la era Trump en la economía mundial con menos euforia.
“Yo soy biznieto de Carlos Arniches, y tiene un sainete que acaba de cumplir 105 años, que se llama Los caciques, que alude exactamente al trato de favor familiar, sobre todo en corporaciones locales. Y estoy aquí como víctima. Yo he denunciado ante el canal interno de una sociedad que cotiza en el Ibex”, se oye decir a una voz del público durante el acto que el pasado 9 de diciembre, aprovechando el Día Internacional contra la Corrupción, organizó y grabó en vídeo la Fundación Ortega Marañón en Madrid con el título “Integridad y protección de las personas denunciantes”. El biznieto de Arniches era una de ellas. Había denunciado un presunto caso de nepotismo en una sociedad público-privada, propiedad del Ayuntamiento de Alcalá de Henares y una filial de Mapfre, la multinacional en la que trabajaba desde hacía más de 30 años como abogado. Fue suspendido fulminantemente y despedido un mes después, en febrero de 2025, pero ha acabado ganando. El juicio en el que alegaba que su despido era una represalia por la denuncia iba a celebrarse el pasado 10 de abril, pero minutos antes de que se abriera la audiencia pública, Mapfre aceptó indemnizarlo con 1.150.000 euros, según la resolución judicial a la que ha tenido acceso este diario.
“Vivíamos rodeados de periodistas y escritores”. Así recuerda su infancia Juan Luis Cebrián (Madrid, 81 años). Su padre desempeñó cargos de responsabilidad en los medios de comunicación del franquismo y su tío llegó a ser director de Abc y La Vanguardia. Joven promesa del periodismo del Madrid de los sesenta, Cebrián fue el primer director de EL PAÍS cuando solo tenía 31 años y ya acumulaba mucha mili en el oficio: Pueblo y Cuadernos para el Diálogo, Televisión Española e Informaciones. Personaje mítico del cuarto poder de la democracia, tan temido como reverenciado, fascinante y odiado, atraviesa puntual la puerta giratoria del hotel Intercontinental.


Cuando la escritora y filóloga aragonesa Irene Vallejo (Zaragoza, 47 años) echó a cabalgar por los caminos de Grecia a misteriosos grupos de hombres en busca de libros para la Biblioteca de Alejandría en las primeras líneas de El infinito en un junco, poco imaginaba que unos años después ella misma presentaría su obra en la moderna heredera de aquel mítico enclave de la Antigüedad clásica. “Para mí es la culminación de más de seis años de ruta literaria por el mundo”, desliza, “y tengo la sensación de cerrar un hermoso círculo allí donde todo empezó”.

El público que esta semana vaya a algún cine de la cadena Yelmo para ver el regreso de Meryl Streep como Miranda Priestly en El diablo se viste de Prada 2 podrá entrar a la sala con un bolso rojo lleno de palomitas. Es la moda y también una nueva experiencia cinematográfica: coleccionar un palomitero particular en cada gran estreno. El furor por estos cubos se ha vivido este abril con la animada Super Mario Galaxy, cuya figura del dinosaurio Yoshi, vendida a 40 euros, ya es pieza de especulación. Pero, en realidad, los más beneficiados son unos cines que buscan convertir cada estreno en un evento instagrameable y reconfigurar ingresos ante el descenso de la venta de entradas. “El espectador ya no busca solo sentarse a ver una película, sino vivir la experiencia. Ofrecemos nuevas formas de relacionarse. Ya no solo hablamos de exhibición”, explica por correo Samuel Bolaños, director de comercialización de Cine Yelmo.
Por si no tuviéramos bastante con la inestabilidad, la precariedad y las veleidades de un sector caprichoso e ingrato, cada cierto tiempo los trabajadores del audiovisual nos tenemos que enfrentar a una vicisitud profesional añadida: los estrenos de los amigos.


En la primera escena de La risa y la navaja, un policía fronterizo apostado en una desértica carretera que da entrada a Guinea-Bisáu pide un libro al protagonista del largometraje para dejarle pasar. Ese momento surrealista anuncia que el último largometraje del director portugués Pedro Pinho va a cuestionar esa mirada sesgada e inundada de clichés que se reserva a África.

El sueño de la infancia de Estel Blay Carreras (Manresa, 39 años) era convertirse en astronauta. Más de la mitad de las niñas que tienen la ambición de dedicarse a las ciencias desisten en la adolescencia, pero no fue su caso, que convirtió una fantasía en un plan de futuro profesional. Se formó en Ciencia Aeroespacial, se doctoró, tuvo varios trabajos. Hoy, esta mujer, que vive en un barrio residencial de Sitges con su familia y dos hámsteres, que nos recibe con una sonrisa y en calcetines, que tiene un estilo de vida aparentemente convencional, en poco más de un año será la próxima comandante de una misión que simulará, en una isla remota del Ártico, una expedición a Marte.