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Si hay una persona en el mundo que puede considerar el fallo del Tribunal Supremo de Estados Unidos sobre los aranceles del presidente Donald Trump como una victoria personal es Rick Woldenberg, el empresario de Chicago, de 65 años, que presentó la demanda. Ha sido una batalla judicial larga e intensa. De un empresario mediano contra un Gobierno inflamado de poder. Su empresa, Learning Resources, que da nombre al fallo de la Corte Suprema, fue de las primeras en acudir a los tribunales contra la todopoderosa Administración de Trump que ordenaba enjuiciar a sus rivales políticos y amenazaba a cualquier que se le opusiera. “No he hecho nada malo”, dice Woldenberg.


El turismo es una poderosa vitamina para la economía catalana, con un peso del 14% en el PIB y con relación directa en un 12,4% de la ocupación. La fuerza de los datos no evita el relato que apunta que el modelo turístico actual tiene fecha de caducidad. El último en difundir esa idea es el Cercle d’Economia. La influyente entidad empresarial, a través de su plataforma Iniciativa para la Productividad y la Innovación (IPI), publicó un informe la semana pasada donde advierte que el negocio turístico pivota sobre “un modelo de crecimiento extensivo que muestra síntomas de agotamiento”. Se requiere una “revisión”, dice el diagnóstico, porque se genera “ocupación masiva” pero con dificultades para escalar en la cadena de valor. La productividad y los salarios apenas pueden aumentar mucho en este sector, pero los empresarios defienden que llevan años transformándose para atraer a clientes de “más calidad”. En el fondo, la pregunta más difícil de responder es si tiene Cataluña la capacidad, mediante otras fuentes productivas, para generar la misma actividad económica que da el turismo.

Sables por las esquinas, maquetas de barcos, telescopios, una estatua de Tintín tocada con un casco de la guerra de los Balcanes, un busto de Napoleón, un cuadrito de Richelieu, una foto de Conrad, una carta de Patrick O’Brian, una flor del campo de la batalla de Waterloo. Imagine la biblioteca de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) y ahora elévelo al cubo. La imagen se aproximará a lo que el visitante encuentra en el centro de operaciones del ex corresponsal de guerra, novelista, articulista y polemista. Tres plantas forradas con miles de libros con cuidadas encuadernaciones y salpicados de recuerdos de una vida vivida intensamente.





A la física Perla Wahnón Benarroch le ha tocado ser la primera en varias ocasiones. Fue la primera de ocho hermanos nacidos en el seno de una familia de judíos sefardíes de Melilla, descendientes lejanos de los expulsados de España por los Reyes Católicos en 1492. A finales de los años 70, se convirtió en la primera persona doctorada en ciencias de la Universidad Autónoma de Madrid, y después en la primera catedrática no ingeniera en la Facultad de Ingeniería de Telecomunicaciones de la Politécnica de Madrid, donde ha desarrollado gran parte de su carrera. Wahnón dice que la empujaron a la ciencia desde muy pequeña. “Entre los judíos es muy típico fomentar el estudio porque había una mentalidad de pueblo errante. Las posesiones materiales no importan, porque las puedes perder, pero con lo que tengas en la cabeza te puedes ganar la vida en cualquier sitio”, recuerda la científica, de 77 años. En 2019 se convirtió en catedrática emérita, y aceptó el cargo de presidenta de la Confederación de Sociedades Científicas de España (Cosce), que agrupa a 91 entidades y da voz a más de 45.000 científicos de todo el país. Fue la primera mujer en el cargo.


Álvaro Rivas García cumple 31 años el próximo 26 de febrero, el mismo día que se cumplen 31 años de la muerte de su madre, la periodista Sara García Calle. Sara murió de una embolia pulmonar horas después de la cesárea que le practicaron en un hospital madrileño para traer al mundo a su primer bebé. Tenía 27 años, trabajaba en EL PAÍS y su muerte dejó viudo al padre del niño, el también periodista Álvaro Rivas, y desolados a todos sus compañeros y amigos. Tres décadas después, el hijo de Sara y Álvaro es una celebridad. Cantante y letrista del grupo Alcalá Norte, el título de su canción La vida cañón se ha convertido en una frase hecha para referirse a la supuesta buena vida. Hablamos en el bar, frente por frente del centro comercial homónimo del grupo, donde sus integrantes se reunían de jovencitos a ver pasar la vida. Uno de esos garitos de barrio, barrio, con menú del día, pinchos en la barra y jubilados echando la mañana donde, en un cuarto de hora, oímos llamar “hijo de puta”, sucesivamente, a Pedro Sánchez y a Isabel Díaz Ayuso, en plano mudo en la tele. Decidimos irnos a un sitio más tranquilo. Es la hora del vermú, pero Rivas pide un vaso de agua.

A Álvaro Rivas García (Madrid, 30 años), hijo de periodistas, y huérfano de madre desde su nacimiento, nunca le tentó el periodismo. A pesar de ello, sus canciones al frente del micrófono y de las letras del grupo Alcalá Norte, tienen algo de crónica personal y generacional. Después del éxito de crítica y público de su primer disco, La vida cañón, y de una crisis de salud que casi le cuesta la vida, este año verá la luz su segundo disco, cuyo primer adelanto, El hombre planeta se estrenará en marzo.

Cuando Franco Battiato tenía ocho años escribió una redacción en el colegio titulada “Pero yo… ¿Quién soy?”. La pregunta traumatizó a su profesora, que llamó preocupada a la madre del músico italiano para contárselo. En la familia aquello se quedó en pura anécdota. Sin embargo, no fue una pregunta casual. En realidad es el interrogante que persiguió a este ecléctico artista hasta su muerte a los 77 años en 2021 y, en cierto modo, es la pregunta que a los comisarios de la muestra, Giorgio Calcara y Cristina Battiato (sobrina del artista), les gustaría que contestara también la exposición dedicada a su figura, Otra vida, que el Museo Maxxi de Roma acoge hasta el 26 de abril. “Hablamos de un gigante de la cultura que se ha expresado a través de la música, pero también de la filosofía, de la espiritualidad, de la pintura, del cine. Nunca se contuvo. Siempre estuvo dispuesto a descubrir con la curiosidad de un niño, por eso podemos hablar de muchas facetas de su existencia”, asegura a este periódico Giorgio Calcara.


Hay un bar en el madrileño barrio de Valdezarza donde un grupo de parroquianos jubilados se reúne habitualmente para tomar algo y charlar. Suelen tratar, exclusivamente, la actualidad política. Y suelen adoptar los mismos roles que los tertulianos de la tele: el liberal a la madrileña, el socialdemócrata progresista, el conservador de toda la vida, el comunista barrial. Es un bar cualquiera en un sitio cualquiera, pero probablemente el fenómeno se repita en infinidad de bares, también frente a máquinas de café en oficinas, en pasillos entre aulas, en descansos del andamio. E incluso dentro de nuestras cabezas. Si algún día, según la leyenda, fue posible cruzar la península saltando de árbol en árbol sin pisar el suelo, hoy probablemente sea posible cruzar la jornada saltando de tertulia en tertulia, de opinión en opinión, sin tocar el suelo de los hechos. Y eso acaba calando.



“Estrépito”, “antonomasia” y “estaño” son tres palabras que la tiktokera de 25 años Bárbara Bulnes parece no entender al leerlas en un pasaje al azar del comienzo de Cumbres borrascosas. En un vídeo se quejaba del vocabulario complejo que le impedía avanzar en la lectura de la novela. Al viralizarse, ha provocado montañas de comentarios sobre la comprensión lectora de los jóvenes, su pobreza intelectual, la pérdida de capacidades cognitivas y un largo etcétera de clichés sobre la decadencia de Occidente, la caída de los dioses, la muerte de Dios y los tomates de mi infancia que aún sabían a tomate.
Sonó el móvil el otro día y solo entonces me di cuenta de que llevaba días sin hacerlo, tal vez semanas. Ya nadie llama, la gente no llama nunca. Y lo peor es que pensé que quién sería el pesado que llamaba, o que sería publicidad. Pero no, era un amigo, fue una sorpresa y hablamos un buen rato. Cuando terminamos, miré la duración de la conversación, porque ya no sabemos vivir sin medir incluso las pequeñas unidades de tiempo y tenerlas bajo control, como las calorías. Y eso que yo nunca he llevado reloj, pero no por no llevarlo puedes escapar del tiempo. Había pasado media hora, sin darme cuenta, sin hablar de nada especial, de esto y de lo otro. No supe si era una pérdida de tiempo o tiempo precioso ganado a la prisa. Me supongo que esto último, porque me sentía mucho mejor.