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“La concurrencia de la feria en el día de ayer, fue de mucha más consideración que en el anterior. (…) En la larga hilera de puestos de buñuelos y licores observamos una gran concurrencia, dispuesta a festejar al dios Baco con los pulidos vasos de mistela, bebidos en medio de las picantes sales de las siempre graciosas vendedoras andaluzas”. Esta crónica del 23 de abril de 1848 —un extracto del Diario de Sevilla recogida por el periódico El Clamor Público— es solo una de las muchas que recogía la prensa de la época sobre la Feria de Sevilla, convertida desde su primer año de celebración en un lugar de encuentro y dispersión, no solo para quienes acudían a hacer negocio. La Feria se había aprobado por Real Decreto de Isabel II un año antes, a iniciativa de dos concejales de Sevilla, Narciso Bonaplata y José María Ybarra, catalán uno, vasco el otro, estableciendo tres días de abril para la compraventa de ganado.



El bum de las renovables disparó la inversión en España en instalaciones fotovoltaicas. Una parte de los promotores llegaron en el momento más alto del ciclo y con escaso músculo financiero. El negocio era sencillo. Consistía en iniciar el proyecto, lograr las autorizaciones y venderlo antes de que la plataforma produjera energía. Pero los precios cero o negativos del mercado mayorista español y la subida de tipos por la guerra de Irán han puesto contra las cuerdas a muchos inversores. El precio del megavatio fotovoltaico listo para construir (ready to build) se ha desplomado por debajo de los 30.000 euros desde los 150.000 de hace cuatro años.
Vivimos en la era de los mensajes impactantes; nos rodea tal saturación de información que hay competiciones por ver quién suelta la barbaridad más grande para llamar nuestra atención. Si nos dicen que comer una loncha de beicon es tan cancerígeno como fumar un cigarrillo, seguramente prestaremos más atención que si el mensaje es “comer carne procesada puede aumentar el riesgo de cáncer”. O quizá no, porque recibimos tantos mensajes del estilo al cabo del día que ya somos inmunes a las noticias apocalípticas.

¿Existe algo que rebozado no esté bueno? Exacto: no. O quizás sí, pero no nos importa en este momento. Con la misma lógica de la milanesa de ternera o la de pollo funciona la de pescado. Tiene un exterior dorado y crujiente y un interior jugoso y cocido en su punto, similar al pescado preparado a la romana pero más crocante y un poquito más contundente.
No era la primera vez que se alojaba en un hotel cerca de las ruinas y pasaba el día planeando algo grande y tenebroso en las pirámides, algo que en su cabeza se pareciera a esos tiroteos en escuelas o iglesias tan habituales en Estados Unidos. El domingo pasado lo volvió a hacer. Llegó en autobús desde el norte de Ciudad de México, alquiló un cuarto en un hotel cercano y el lunes por la mañana entró al centro arqueológico de Teotihuacán, en el Estado de México. Para su gran día, eligió vestirse con un pantalón negro y una camisa de cuadros. En la mochila metió algunas hojas de papel donde había escrito a mano lo que estaba a punto de hacer con un viejo revólver y 42 cartuchos del calibre 38.