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Sonó el móvil el otro día y solo entonces me di cuenta de que llevaba días sin hacerlo, tal vez semanas. Ya nadie llama, la gente no llama nunca. Y lo peor es que pensé que quién sería el pesado que llamaba, o que sería publicidad. Pero no, era un amigo, fue una sorpresa y hablamos un buen rato. Cuando terminamos, miré la duración de la conversación, porque ya no sabemos vivir sin medir incluso las pequeñas unidades de tiempo y tenerlas bajo control, como las calorías. Y eso que yo nunca he llevado reloj, pero no por no llevarlo puedes escapar del tiempo. Había pasado media hora, sin darme cuenta, sin hablar de nada especial, de esto y de lo otro. No supe si era una pérdida de tiempo o tiempo precioso ganado a la prisa. Me supongo que esto último, porque me sentía mucho mejor.
En La Habana de la asfixia petrolera impuesta por Estados Unidos amanece con el olor a humo de la quema de basuras que se acumulan en la calle. Apenas pasan coches por el hermoso y largo Malecón, pegado a un mar sin barcos, y se ve gente caminando en silencio. Cada día, la mayoría de los cubanos sale a la calle a inventar, como ellos llaman a buscar todos los métodos posibles para sobrevivir en las condiciones extremas que soportan desde hace años, y desde hace tres semanas, cuando el presidente estadounidense, Donald Trump, amenazó con aranceles a todo aquel que suministre combustible a Cuba, también a esperar.




Es curioso. Pese a que han sido vistas cientos, miles de veces juntas, en fotografías, eventos y alfombras rojas, Dakota Fanning y Elle Fanning jamás han compartido pantalla. Son actrices. Son hermanas. Son estrellas que han recibido nominaciones a los mejores premios y trabajado con los mayores actores y directores del panorama global. Comparten apellido, empresa y hasta armario. Pero no, nunca han mantenido un diálogo, o sostenido una mirada mutua, ante las cámaras que las han hecho famosas. Ahora, eso se va a solucionar. Para entonces, y con tan solo veintitantos-treintapocos años, llevarán un cuarto de siglo en la industria, y casi un centenar de títulos. Y quién sabe si tendrán una foto con un Oscar propio.

Tariq Ahmad se escapa cada tarde de la tienda de campaña en la que vive su familia antes de que sus seis hijos comiencen a preguntarle qué comerán para el iftar, la comida con la que los musulmanes rompen el ayuno del día al ponerse el sol durante el mes de Ramadán. Este padre solo regresa cuando sabe que las ollas comunitarias, organizadas por organizaciones humanitarias, han llegado a Al Mawasi, zona del sur de Gaza, donde se tuvo que desplazar hace meses para salvar la vida.
De su infancia en Marruecos, Bibiana Fernández (Tánger, 72 años) solo guarda unos viejos cuadernos. Dentro de ellos hay recortes de revistas de mediados de la década de 1960, imágenes de sex symbols de la época como Ursula Andress, Raquel Welch, Brigitte Bardot, Virna Lisi, Gina Lollobrigida o Marisa Mell. “Yo tenía 12 o 13 años y cuando veía una foto de alguna de ellas, la recortaba. Eran muy importantes para mí”, explica, mientras sus tres caniches corretean por el salón de su casa, un gran chalé a las afueras de Madrid. “De alguna manera, siguen siendo muy importantes para mí”.
Pablo Sáez.
Juan Cebrián.
Pablo Iglesias (NS Management) para Lancôme.
Irene Luna.
Cristina Serrano.
Mario Val.
Paula Alcalde y Carmen Cruz.
Marina Marco.
En la abogacía de los negocios soplan vientos favorables que se traducen en nóminas más dulces. El último informe de Signium sobre salarios cristaliza una tendencia alcista que, por ahora, no tiene techo. 2025 fue un año de subidas generalizadas en todas las categorías profesionales, sin excepción: desde becarios hasta directores. Pero hay un perfil que ha sentido con más fuerza esa brisa: el asociado sénior. Sus retribuciones crecieron un 6,75%, hasta alcanzar una media de 104.465 euros anuales, consolidándose como uno de los profesionales mejor pagados del sector.
Los abogados de empresa suelen cobrar menos que en los bufetes, aunque no se puede generalizar. “El director de una asesoría jurídica de una compañía del Ibex 35 estará mejor pagado que el de una empresa pequeña”, ejemplifica Miguel Ángel Pérez de la Manga, socio de black.swan. El mercado corporativo, además, vive un frenazo y muchas nóminas permanecen congeladas. “Son profesionales de primerísima línea, pero tienen un freno en los salarios”, advierte Carlos Nieto, experto de W Executive. A cambio, suelen disfrutar de mayor conciliación, aunque la exigencia sigue siendo alta.
Para mantener mi ánimo sosegado, estoy tentado de dejar de leer durante un tiempo más cosas sobre inteligencia artificial (IA). Algunas de las predicciones acerca de los efectos esperados de la IA son como profecías apocalípticas de Nostradamus sobre el fin de la humanidad. Son especialmente abrumadores algunos de los pronósticos de directivos y expertos implicados en la inversión, desarrollo y aplicaciones de la IA generativa. Intento contener el pánico que producen estos presagios pensando que no será para tanto. Pero esta actitud pragmática parece aceptable para las primeras aplicaciones de la IA, pero no para la IA generativa reciente, que avanza de forma exponencial y es ya capaz de mejorarse a sí misma utilizando no sólo datos históricos sino generando datos sintéticos que permitan explorar lo desconocido y acelerar la innovación, retando a los humanos en este función.

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