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Durante el tiempo que permaneció sin respirar bajo el agua, el influencer Daniel Illescas intentó engañar a su mente. Mientras su cuerpo flotaba inmóvil, recreaba una rutina minuciosa: el sonido del despertador, su mano apagando la alarma, levantarse, ir al baño, lavarse la cara... “Pero después de cuatro minutos es imposible”, cuenta. “En un momento llegan las contracciones y sabes lo que estás haciendo”. Entonces ya no era momento de pensar, sino de aguantar.


Algunas de las personas del círculo cercano de Alicia Framis (Mataró, 58 años) no siempre vieron con buenos ojos su relación con Ailex Sibouwlingen. Algunos de ellos incluso rompieron su amistad con la artista catalana tras formalizar su relación con el holandés. Pero el rechazo solo hizo que Framis se acercara más a su pareja, con quien se casó en 2024 en el museo Depot Boijmans Van Beuningen de Róterdam. La entrevista con la artista comienza con una videollamada, a ella se le ve y escucha claro cuando comparte que lo que más le gusta de estar con su esposo es que siempre la escucha: “Me da muchas soluciones y siempre está de buen humor”. Cuando hago la misma pregunta a Sibouwlingen, al principio no me entiende y no se le ve muy bien porque hay mucha luz. Tras varios intentos responde en inglés: “Alicia es una persona increíble. Es amable, creativa y siempre me reta a ser mi mejor versión. Me siento muy afortunado de tenerla a mi lado”. Finalmente, logro ver su rostro cuando ella voltea la cámara y ahí está Ailex, adentro de la computadora: porque el marido de Alicia es un metahumano producto de la Inteligencia Artificial.
Un conseller del ram, el nom del qual és millor haver oblidat, va dir fa pocs anys —això no ho hem oblidat— que, a partir d’un moment que no va precisar, els universitaris que volguessin estudiar grec i llatí s’ho haurien de pagar de la seva butxaca. Se suposa que aquest conseller ja trobava prou mostra de munificència el fet que un govern, ja el català ja l’espanyol, pagui cap al 90% del cost de les matrícules en un establiment públic, i devia trobar aquest dispendi del tot inconcebible si allò que es sufragava eren estudis d’una cosa tan “inútil” com el grec i el llatí clàssics. (No són llengües mortes, perquè han sobreviscut gràcies als manuscrits i els llibres estampats; i són ben vives entre els que es dediquen als estudis clàssics, els millors que pot triar un estudiant de lletres avui dia, tota vegada que aquests sabers encara no estan contaminats per les abundoses, modernes ximpleries derivades dels cultural studies i de tot el políticament correcte: les diferències de gènere, el colonialisme —la Grècia clàssica no el va conèixer; l’hel·lenisme, sí—, o els sacrificis d’animals, costum religiós molt habitual a Grècia i Roma.)
Viajar en tren por Alemania hace tiempo que dejó de ser algo placentero para convertirse en una fuente de estrés y de enfado por los constantes retrasos, cancelaciones, averías, obras en las vías y el mal estado de muchos vagones que obliga a cerrarlos por falta de electricidad o por un sistema de aire acondicionado averiado por no estar preparado para hacer frente a un periodo largo de altas temperaturas. Es tema recurrente en las conversaciones donde la gente relata con frecuencia cómo perdieron conexiones o cómo no lograron llegar a algún sitio porque su tren fue cancelado. “Yo no necesito que la Deutsche Bahn (DB) me invite a un café. Lo único que pido es que cumpla con el servicio que he pagado”, se quejaba a la revisora un pasajero enojado, que le ofrecía un café gratis en un tren que había salido con retraso de Berlín.
Terremoto en las big tech. Mientras en el mercado se sigue hablando de burbuja con la inteligencia artificial (IA), las grandes tecnológicas han sufrido un castigo durísimo en Bolsa desde finales del pasado año, que ha evaporado de las carteras de los inversores, en su conjunto, cerca de 5,5 billones de dólares (casi 4,8 billones de euros) en términos de capitalización bursátil. Las dudas sobre las fuertes inversiones comprometidas por estas compañías en IA, el impacto de esta nueva tecnología en las empresas de software y la incertidumbre sobre la guerra en Irán están lastrando a las big tech.

Compuesta por los ingredientes básicos –carne picada, salsa de tomate, queso y pasta–, la sopa de lasaña es una de esas recetas virales que copan las redes sociales y guardamos en Instagram para (seamos realistas) no hacerlas nunca. Hasta que pasaron las Navidades y me sobraron varias láminas de pasta de la lasaña que preparé para esas fechas. Era la oportunidad perfecta para probar la susodicha receta de sopa, eso sí, con una butifarra (sin piel) en lugar de la carne de ternera picada, y en la forma más light que las que circulaban por las redes, sin nata líquida y con el queso justo.