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Pálido cielo. Cuatro gotas grises, tristes. Sirenas chillonas de furgonas de antidisturbios aceleradas en el periférico. Otoño en París adormilado y sonado, y los ecos del 17-O golpeando en las vidrieras.
El actor John Goodman, de 74 años, considera que empezó a madurar pasados los 55, cuando decidió dejar el alcohol y empezar a bajar de peso. En ese proceso sufrió altibajos: “Perdía 60 libras (unos 27 kilos) en un verano y luego las recuperaba todas —llegando a ganar 70 u 80 libras—, y eso terminó por agotarme”, ha recordado en una entrevista en The New Yorker, publicada el pasado domingo. “Tomé medidas para no tener que pasar más por eso. Llegué a pesar casi 400 libras (unos 180 kilos). Después de dejar de beber, seguía comiendo de una forma compulsiva, casi como si fuera una adicción”, continúa. El actor, que ha participado en más de 90 películas, explica en la revista estadounidense que decidió dejar el alcohol porque se sentía “muy inmaduro” y el consumo solo “perpetuaba esa inmadurez”. “Quería vivir permanentemente en un ambiente al estilo de Animal House (Desmadre a la americana, 1978)”, señala en referencia a la famosa comedia estadounidense.
Jörg Biebernick, consejero delegado de Paulaner, sostiene una cerveza sin alcohol. No es traición alguna, sino logística. Su marca presume de haber sido la primera en lanzar una cerveza de trigo sin alcohol, en 1986, mucho antes de que nadie hablara de moderación. Ese es hoy uno de los pocos segmentos que crece, y mucho: en Alemania supone entre el 10% del mercado y crece a doble dígito; la cerveza de trigo cero cero crece un 37% este año fuera del país, y en enero llegará la lager cero cero. Biebernick no lo ve como cosa de jóvenes ni de mayores, sino de ocasiones. “Antes, si tomabas una cerveza en la comida, sabías que por la tarde no podías hacer deporte ni trabajar. Ahora la cero cero lleva la cerveza a sitios donde no estaba”. Y ya no es un estigma: “Antes eras el perdedor del día porque conducías. Ya no va de perdedores o ganadores, es tu decisión”. Bien mirado, es una frase que resume el estado actual de la cerveza en el mundo: un negocio de siglos que ha aprendido a dosificarse.

Aitana (San Clement de Llobregat, 27 años) está viviendo uno de sus mejores años en lo profesional desde que saltó a la fama en 2017 por su participación en Operación Triunfo. Su éxito Superestrella acompañó a la Selección Española de Fútbol hasta la final del Mundial, ha estado de gira por España con Cuarto Azul y desde hace unos días se encuentra en Latinoamérica con el mismo tour. Pero además de por su música, la cantante también vive un dulce momento por su relación con el youtuber Daniel Alonso, conocido en redes como Plex. Durante su parada en Buenos Aires, Aitana ha acudido al podcast Nadie dice nada, donde, además de hablar de su carrera, ha revelado detalles hasta ahora desconocidos de su historia de amor.
Daniel González, el físico e investigador sobre el que pesaba una orden judicial de desahucio, ya ha dejado su piso de Burjassot, a ocho kilómetros de Valencia. Sobre las seis de la madrugada de este jueves se ha despertado en la vivienda en la que residía de alquiler desde 2009 por los numerosos ruidos en la calle. Al asomarse a la ventana, ha visto un amplio despliegue de furgonetas de las Unidades de Intervención Policial (UIP) de la Policía Nacional que estaban “cortando la calle”, según relata.
Exótico por fuera, nutritivo por dentro. El kiwi llegó a la cumbre de Hollywood, convirtiéndose en un fetiche gastro de la élite de Los Ángeles. En cuanto cruzó la frontera en los setenta, los chefs y bartenders de la ciudad cayeron rendidos ante este fruto de aspecto psicodélico y notas cítricas, utilizándolo para darle un toque de excentricidad a pasteles y cócteles. En una cultura obsesionada con la belleza y el bienestar, sus credenciales nutricionales terminaron de blindar su estatus: en ese corazón tierno había un tesoro de bajas calorías y una alta concentración de fibra, potasio y antioxidantes.
Mi plan de la pasada noche era asistir a un concierto de Patti Smith, pero se truncó el asunto y acabé en mi casa viendo a María Patiño. Patti, Patiño, es una señal, aunque no sé de qué. Por Cara al show pasaron ayer Patiño, Páez y Puente; la cosa va de pes. Y de políticos. Hoy, Pedro Sánchez en La revuelta; ayer, además de Puente, Juan Jesús Vivas en La mesa y Abascal en Horizonte. Sin que estemos aún en campaña —aunque no hemos dejado de estarlo nunca—, el líder de Vox ya tiene un voto, el del inefable doctor Cabrera. “Te voy a decir algo que nunca se dice: mi voto va a ser para ti”, le soltó el forense. La sorpresa sería que votase a Pacma.
¿Sigue siendo suficiente un título universitario para adentrarse en el mercado laboral? Ya no está tan claro. En un entorno en el que ampliar la formación se presenta cada vez más como una vía para mejorar las oportunidades profesionales, cursar un máster puede parecer el siguiente paso lógico. Pero se trata de una decisión que cuesta dinero, tiempo y, en ocasiones, ingresos que se dejan de percibir mientras se estudia. Este esfuerzo se suma, además, a una preocupación creciente sobre si esa inversión se traducirá en una mejora real. Por eso, la pregunta no es solo si uno puede permitirse un máster, sino qué obtiene a cambio: ¿abrirá puertas que de otro modo permanecerían cerradas? ¿Ayudará a progresar en una carrera profesional o permitirá que esta cambie de rumbo?