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Menuda fiesta los 18 años. Al fin se puede votar, firmar un contrato, conducir un coche o reservar un tren. Hasta el Gobierno lo celebra: desde 2022 concede a cada cumpleañero 400 euros para gastar en obras, actividades y suscripciones del sector artístico. Aunque el denominado Bono Cultural Joven también viene con deberes: hay que solicitarlo y resolver la tramitación, una gestión no siempre al alcance de todos, como cuentan los datos desglosados a los que ha tenido acceso EL PAÍS a través de una petición al Ministerio de Cultura. Una vez concedido, además, toca decidir en qué emplearlo, y hacerlo según las reglas. El usuario que las infrinja tendrá que reintegrar los fondos. Y las empresas pueden afrontar una suspensión temporal, como ha sucedido estas últimas semanas con MediaMarkt, Discocil y Weezevent. O incluso peor, como la discoteca madrileña Jowke. En un vídeo que se ha viralizado en los últimos días, el dueño de este local mostraba cómo comprar una copa con el bono. Se ha convertido, así, en la primera empresa expulsada del programa.

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Desde que Nicolás Maduro asumió la presidencia de Venezuela en 2013, las reservas de oro del Banco Central venezolano se han desplomado ―de 366 toneladas a unas 53, según los registros del propio organismo―, a pesar de que los analistas calculan que las explotaciones del Arco Minero del Orinoco han producido entre 35 y 80 toneladas anuales. Parte de ese metal ha sido exportado de forma irregular a Turquía —a través de una compleja trama a cambio de la cual Venezuela recibía alimentos— y a otros países como Irán, Rusia y Emiratos Árabes Unidos, como confirman a EL PAÍS diversas fuentes relacionadas con este comercio y acreditan documentos oficiales.



A los bandazos que ha dado la Junta de Andalucía en la gestión de la crisis de los cribados —primero responsabilizó del problema a los protocolos y ahora culpa a los profesionales sanitarios de saltárselos por no avisar a las mujeres con resultado no concluyente, algo que las normas no preveían— se ha sumado en la última semana un nuevo episodio sorprendente. La Agencia de Calidad Sanitaria de Andalucía (ACSA) ha entregado su máximo galardón, el certificado “Excelente”, al servicio de Radiodiagnóstico del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla, en un acto celebrado el lunes 9 de marzo al que acudió para recogerlo su exjefe, Javier Castell, junto a otros miembros.

Durante años, el ingeniero libanés Elie Habib se movió en un sector muy distinto al de la geopolítica: el del entretenimiento. Cofundador de la empresa de streaming musical Anghami —una de las más usadas en el mundo árabe—, ha diseñado en tiempo récord World Monitor, un mapa global creado con inteligencia artificial que congrega más de dos centenares de fuentes periodísticas y rastrea las alertas militares, el tráfico aéreo e interrupciones de internet en pleno conflicto que sacude buena parte de Oriente Próximo. Su proyecto y otra docena —por ejemplo, Monitor the Situation y WorldView, también codificados con IA en un abrir y cerrar de ojos— han aparecido en las últimas semanas. La guerra ahora puede ser vista por todos desde una interfaz.

Ataca las patatas fritas sin compasión. “Perdón, parezco un glotón, pero es que me he levantado a las seis de la mañana, he venido a Madrid desde León, he tenido una reunión, ahora una comida con mi socia y después me voy a Valencia a buscar unas localizaciones para Volando voy [uno de los programas que presenta en Cuatro]. ¡Tengo un hambre!”, se justifica. Así es Jesús Calleja (León, 60 años). Un torrente de energía y locuacidad que le ha llevado a la cima del éxito. Incansable aventurero y optimista nato, lleva dando vueltas por el mundo desde los 17 años.

Cuando subes desde Murcia capital hacia la comarca del noroeste por la autovía RM-15, hay una visión poderosa que llama siempre la atención y obliga a mirar a la derecha. Un castillo soberbio sobre un espolón rocoso, de un color albero pálido, hecho de costosa sillería finamente labrada y con una torre del homenaje que parece un funambulista en equilibrio sobre el precipicio. Es el castillo de Mula, levantado por los marqueses de los Vélez en el siglo XVI y considerada una de las obras militares más imponentes y mejor conservadas del Renacimiento español.
En la desembocadura de una tradición asentada sobre las ruinas de la Antigüedad clásica, las vanguardias de principios del siglo XX dieron un vuelco a los cánones milenarios al dignificar y buscar inspiración, por primera vez en la historia del arte occidental, en la creación emanada del continente africano. En la estela de aquel cortocircuito provocado por pintores como Matisse o Picasso, el mecenas Alfred C. Barnes levantó en Filadelfia su imponente colección de arte impresionista y modernista con la escultura africana como eje central, en un momento en el que florecía en la Nueva York de los años veinte el Renacimiento de Harlem, el movimiento cultural que definiría la nueva negritud en EE UU a partir de las ideas del filósofo Alain Locke.

El título de esta receta debería haber sido “migas de mi abuela”, en primer lugar, porque es de veras su receta y, en segundo lugar, para que nadie se me ponga chulo y me quiera convencer de que las migas no se hacen así y que se hacen asá. Basta de dogmatismos migueros. Mi abuela María, que había nacido en Filipinas, que quedó huérfana y se crió en un internado de Aranjuez, y que vivió en Madrid hasta que murió a los 92 años, cortaba el pan sentado en cubitos menudos, no lo desmigaba en pedacillos amorfos como es quizá más común, y yo las preparo como ella porque me da la real gana.