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Barrio rico, barrio pobre. Una sola calle, la Travessera de les Corts, separa un vecindario de alto poder adquisitivo, como es el de Les Corts de Barcelona y su imponente Camp Nou, con otro de perfil obrero y mucho más humilde, como Collblanc, en L’Hospitalet de Llobregat, la segunda ciudad catalana más poblada, con 282.000 habitantes. El parque de la Marquesa ofrece al visitante un momento de respiro antes de entrar en un entramado de calles estrechas, pobladas de altos y envejecidos edificios que ofrecen una postal de uno de esos típicos barrios de las grandes urbes catalanas levantados en los años cincuenta y sesenta para acoger a la inmigración del sur de España. “Son pisos antiguos, sin ascensor, así que la gente se marcha cuando puede, no vienen parejas jóvenes. Todo se va deteriorando porque no se ha hecho el trabajo que se tenía que hacer”, explica el hombre que regenta un quiosco.


“Este no es el final, sino el principio”, decía la ministra colombiana de Ambiente, Irene Vélez (Bogotá, 43 años), en el plenario de cierre de la conferencia sobre la transición para dejar atrás los combustibles fósiles que se ha celebrado esta semana en la ciudad caribeña de Santa Marta. No ha sido una cumbre del clima como las que convoca anualmente la ONU, ni por las formas (no se ha discutido a cara de perro ni cada palabra ni cada coma), ni por sus dimensiones (57 países representados por pequeñas delegaciones), ni por el contenido: aquí se ha tratado, mucho más abiertamente, de intercambiar fórmulas, propuestas y problemas de esa transición para abandonar los combustibles fósiles, principales responsables del calentamiento global. Hablar a las claras de eso se ha convertido en un tabú en las cumbres clásicas del clima. Por eso lo que ha ocurrido en Santa Marta ha sido diferente.



A la industria que impulsa la inteligencia artificial (IA) cada vez le resulta más complicado proyectar una cara amable. El relato oficial que promueven las empresas que lideran esta tecnología es que ha llegado para mejorar el mundo. Prometen que aumentará las capacidades humanas, nos permitirá trabajar menos, facilitará tareas hasta ahora tediosas, revolucionará la ciencia, curará enfermedades, incluso resolverá la crisis climática. Pero esta semana, varios acontecimientos han aportado una buena dosis de realidad. El Banco Central Europeo ha ordenado a la banca reforzar su ciberseguridad porque teme que el último modelo de Anthropic, que ha demostrado ser especialmente bueno detectando fallos de software, pueda causar estragos en el sector, dejando desnudas las cuentas de millones de personas. En Estados Unidos, Google rompió el martes su política antibelicista y firmó un acuerdo con el Pentágono para cederle sus modelos, que podrán ser usados para asuntos clasificados. El viernes, el Departamento de Guerra anunció que ese acuerdo se extendía a xAI, OpenAI, Amazon, Microsoft o Nvidia, entre otras. Todo eso mientras se celebra el crucial juicio sobre OpenAI, la desarrolladora de ChatGPT, por el que desfilarán durante el próximo mes muchos tecnomagnates —ya lo hizo Elon Musk— y que está dejando al descubierto la lucha de poder que subyace a sus proclamas para salvar el mundo con la IA.
Hay un tipo de foto que desarma incluso al más fotogénico: la foto de carnet. Ese retrato de unos 32x26 milímetros sin artificios iguala a todos, anónimos y famosos, ricos y pobres, guapos y feos. Todo el mundo necesita una en algún momento y se somete al mismo ritual de sentarse erguido frente al flash con un semblante tan neutro como el fondo de detrás. Hay quien sale bien parado y quien no se siente representado, pero en el caso de las celebridades sucede un fenómeno extraño. Acostumbrados a verlas siempre deslumbrantes y producidas, tener acceso a este pedacito de su intimidad es como conocerlas en su esencia más pura, más honesta, más real. “Hemos fotografiado a más de 800 famosos y ninguno vino acompañado de asistentes, maquilladores ni gente de relaciones públicas diciendo: ‘Haz esto, haz lo otro’. Simplemente, eran ellos mismos”, comenta por videollamada Philip Sharkey (Londres, 60 años), último dueño de Passport Photo Service, el estudio fotográfico londinense más frecuentado por las estrellas.

Ibrahim Badr corre, ajeno a la miseria y la incertidumbre que le rodean, entre las tiendas de campaña de familias desplazadas instaladas en un patio de la Universidad islámica de Ciudad de Gaza. Tiene dos años y medio y un inconfundible acento egipcio que delata que aprendió a hablar en el país vecino, lejos de toda su familia y de Gaza.


Al otro lado de la pantalla del ordenador se conecta Rosalía (Sant Esteve Sesrovires, 33 años). Volcada en los preparativos de su Lux Tour, reflexiona sobre el “privilegio” de ser la imagen del nuevo perfume Euphoria de Calvin Klein. La marca lanzó su icónica fragancia por primera vez en 2005. Entonces, Natalia Vodianova fotografiada por Steven Meisel, el gran artífice del inconfundible sello visual ‘Calvin’, fue la estrella elegida para promocionarla. Ahora Rosalía toma el relevo y lo hace a su manera: baila sensualmente en el spot, al ritmo de su tema Dios es un stalker.

Nigel Farage siempre ha amado el lujo, los trajes bien confeccionados y el buen vino. El dinero, en suma. Por eso no ha extrañado a nadie la revelación del diario The Guardian de que su decisión final de presentarse como candidato, una vez más, en las elecciones parlamentarias de julio de 2024, a pesar de que había anunciado su retirada de la política, tuvo que ver con el regalo de cinco millones de libras esterlinas (unos 5,8 millones de euros) que le hizo el multimillonario Christopher Harborne. Farage justificó esa entrega, sin mostrar demasiado remordimiento, como el vehículo para reforzar su seguridad y la de su familia, su mayor preocupación en ese momento.
Esa sesentena larga de trabajadores, la mayoría periodistas, que se reunieron para celebrar el primer medio siglo de EL PAÍS, casi todos jubilados, muchos ya sin pelo o blanco el que les queda, fueron los que iniciaron aquella incierta aventura y los que proporcionaron “alma” al periódico, un alma que tantos han querido seguir. Entonces, la Redacción estaba a la izquierda ideológica de la dirección y de la propiedad. Bastantes de esos redactores no eran demócratas a no ser que al concepto de democracia se le añadiera algún apellido, por ejemplo el de popular (“democracia popular”). Y coqueteaban con el titular de aquel librito de Daniel Cohn-Bendit, uno de los héroes de Mayo del 68, “la revolución y nosotros, que la quisimos tanto”. Luego llovió mucho, cayeron el muro de Berlín y las Torres Gemelas de Nueva York, y casi todos sustituyeron la revolución por otra noción aparentemente más modesta: “La democracia y nosotros, que la quisimos tanto”.

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