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Salvador Illa es más que un barón socialista. Al presidente de la Generalitat y líder del PSC, su fortaleza en las encuestas le sitúa como una de las figuras hegemónicas del panorama político en España. Pese a ello, a sus 59 años rechaza cualquier aspiración a suceder a Pedro Sánchez como candidato a la presidencia del Gobierno e insiste en su voluntad de permanecer en su tierra. “A Cataluña le conviene estabilidad y tengo proyecto para una década”, dice.

Sables por las esquinas, maquetas de barcos, telescopios, una estatua de Tintín tocada con un casco de la guerra de los Balcanes, un busto de Napoleón, un cuadrito de Richelieu, una foto de Conrad, una carta de Patrick O’Brian, una flor del campo de la batalla de Waterloo. Imagine la biblioteca de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) y ahora elévelo al cubo. La imagen se aproximará a lo que el visitante encuentra en el centro de operaciones del ex corresponsal de guerra, novelista, articulista y polemista. Tres plantas forradas con miles de libros con cuidadas encuadernaciones y salpicados de recuerdos de una vida vivida intensamente.





A la física Perla Wahnón Benarroch le ha tocado ser la primera en varias ocasiones. Fue la primera de ocho hermanos nacidos en el seno de una familia de judíos sefardíes de Melilla, descendientes lejanos de los expulsados de España por los Reyes Católicos en 1492. A finales de los años 70, se convirtió en la primera persona doctorada en ciencias de la Universidad Autónoma de Madrid, y después en la primera catedrática no ingeniera en la Facultad de Ingeniería de Telecomunicaciones de la Politécnica de Madrid, donde ha desarrollado gran parte de su carrera. Wahnón dice que la empujaron a la ciencia desde muy pequeña. “Entre los judíos es muy típico fomentar el estudio porque había una mentalidad de pueblo errante. Las posesiones materiales no importan, porque las puedes perder, pero con lo que tengas en la cabeza te puedes ganar la vida en cualquier sitio”, recuerda la científica, de 77 años. En 2019 se convirtió en catedrática emérita, y aceptó el cargo de presidenta de la Confederación de Sociedades Científicas de España (Cosce), que agrupa a 91 entidades y da voz a más de 45.000 científicos de todo el país. Fue la primera mujer en el cargo.


Hay un bar en el madrileño barrio de Valdezarza donde un grupo de parroquianos jubilados se reúne habitualmente para tomar algo y charlar. Suelen tratar, exclusivamente, la actualidad política. Y suelen adoptar los mismos roles que los tertulianos de la tele: el liberal a la madrileña, el socialdemócrata progresista, el conservador de toda la vida, el comunista barrial. Es un bar cualquiera en un sitio cualquiera, pero probablemente el fenómeno se repita en infinidad de bares, también frente a máquinas de café en oficinas, en pasillos entre aulas, en descansos del andamio. E incluso dentro de nuestras cabezas. Si algún día, según la leyenda, fue posible cruzar la península saltando de árbol en árbol sin pisar el suelo, hoy probablemente sea posible cruzar la jornada saltando de tertulia en tertulia, de opinión en opinión, sin tocar el suelo de los hechos. Y eso acaba calando.



Sonó el móvil el otro día y solo entonces me di cuenta de que llevaba días sin hacerlo, tal vez semanas. Ya nadie llama, la gente no llama nunca. Y lo peor es que pensé que quién sería el pesado que llamaba, o que sería publicidad. Pero no, era un amigo, fue una sorpresa y hablamos un buen rato. Cuando terminamos, miré la duración de la conversación, porque ya no sabemos vivir sin medir incluso las pequeñas unidades de tiempo y tenerlas bajo control, como las calorías. Y eso que yo nunca he llevado reloj, pero no por no llevarlo puedes escapar del tiempo. Había pasado media hora, sin darme cuenta, sin hablar de nada especial, de esto y de lo otro. No supe si era una pérdida de tiempo o tiempo precioso ganado a la prisa. Me supongo que esto último, porque me sentía mucho mejor.

Tariq Ahmad se escapa cada tarde de la tienda de campaña en la que vive su familia antes de que sus seis hijos comiencen a preguntarle qué comerán para el iftar, la comida con la que los musulmanes rompen el ayuno del día al ponerse el sol durante el mes de Ramadán. Este padre solo regresa cuando sabe que las ollas comunitarias, organizadas por organizaciones humanitarias, han llegado a Al Mawasi, zona del sur de Gaza, donde se tuvo que desplazar hace meses para salvar la vida.
De su infancia en Marruecos, Bibiana Fernández (Tánger, 72 años) solo guarda unos viejos cuadernos. Dentro de ellos hay recortes de revistas de mediados de la década de 1960, imágenes de sex symbols de la época como Ursula Andress, Raquel Welch, Brigitte Bardot, Virna Lisi, Gina Lollobrigida o Marisa Mell. “Yo tenía 12 o 13 años y cuando veía una foto de alguna de ellas, la recortaba. Eran muy importantes para mí”, explica, mientras sus tres caniches corretean por el salón de su casa, un gran chalé a las afueras de Madrid. “De alguna manera, siguen siendo muy importantes para mí”.
Pablo Sáez.
Juan Cebrián.
Pablo Iglesias (NS Management) para Lancôme.
Irene Luna.
Cristina Serrano.
Mario Val.
Paula Alcalde y Carmen Cruz.
Marina Marco.
Asturias es una de las regiones españolas que ofrece más miradas turísticas. Puedes recorrerla con muchísimas excusas: sus montañas, sus playas, su patrimonio industrial, sus ciudades, la gastronomía… Vamos, que razones no faltan. A mí una de las que más me ha cautivado desde siempre es recorrer Asturias siguiendo las huellas del prerrománico, ese arte tan asturiano como la sidra, que por su valor fue declarado patrimonio mundial de la Unesco en 1985. Me fascina la elegante sencillez de esas pequeñas iglesias diseminadas por prados y montañas, verdaderas filigranas arquitectónicas levantadas nada menos que en el siglo IX.

Estamos ante un tecnofeudalismo que ha acelerado las políticas neoliberales de los últimos 50 años: nuestros empleos corren el riesgo de precarizarse aún más por culpa de la economía de plataformas, y eso si sobreviven al asalto de la inteligencia artificial. Las redes sociales, antes vistas como herramientas al servicio de la libertad, ahora se perciben como una amenaza para la democracia. Y los dueños de las grandes empresas tecnológicas, como Elon Musk y Peter Thiel, apoyan el autoritarismo populista de Donald Trump y de la ultraderecha europea.