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Vuelve el riesgo de estanflación, esa maldita palabra, 50 años después de uno de esos episodios que parecen contra natura. La mezcla de alta inflación y bajo o nulo crecimiento, es decir, que los precios de la vida suban con fuerza en medio de una economía al ralentí, resulta uno de esos escenarios infrecuentes en los países desarrollados que solo una buena conmoción externa puede acabar provocando. La debilidad del consumo y la inversión tiende normalmente a enfriar salarios y costes, pero cuando estos crecen de forma prolongada por un factor exógeno que escapa a la ley de la oferta y la demanda —por ejemplo una guerra como la de Irán— pueden acabar estancando la actividad y que ese parón tampoco sirva para suavizar la inflación.

La intervención del Gobierno ha cortado de raíz la escalada de los carburantes en España. No solo eso, los ha hecho recular. Aunque los combustibles todavía están más caros que antes del comienzo de la guerra en Irán en cuatro de cada cinco gasolineras, la rebaja de impuestos del Ejecutivo ha propiciado que por primera vez desde que estalló el conflicto el Boletín Petrolero de la UE recoja un abaratamiento en las estaciones de servicio: el litro de gasolina se paga de media a 1,557 euros —17 céntimos menos—, y el de diésel, a 1,777 euros, 11 céntimos abajo respecto a la semana anterior, cuando ya se notó parcialmente el efecto del recorte de impuestos.
Yo no me veo tan moderno, fíjate... No soy tan raro. ¿Tú me ves raro?“. Lo pregunta Rodrigo Cuevas (Oviedo, 40 años) en mitad de la calle del Quesu, pleno centro de L’Infiestu, el pueblo asturiano donde ha decidido montar su cuartel de La Benéfica. Allí agita mediante diversas expresiones culturales, lenguajes, tendencias, romerías, música, performances, artes escénicas y visuales e inclusión de todo tipo una vida rural anclada en poderosas raíces. Si moderno es echar la vista atrás para beber del folclore, puede que no. Eso lo han hecho a través de los siglos buena parte de los mejores creadores de la historia de la música. Si en cambio, a una copla entonada con sensualidad bable le metes atmósferas electrónicas, luego lo envuelves en un halo de divismo pop y consigues que artistas como Bad Bunny diga que se va a fijar mucho en lo que haces, entonces, aunque le sorprenda que lo consideren así, Rodrigo Cuevas destaca como un artista plenamente moderno y, desde una inequívoca brillantez con la que marca la diferencia, bien raro.

La primera pareja de las tres que hoy tratan de enterrar el hacha de guerra ya ha llegado al edificio judicial en el centro de Barcelona. Son los padres de Laura (nombre ficticio) que, tras separarse, siguen sin acordar aspectos clave de la custodia de la menor. Su divorcio ha sido duro, áspero: contencioso, como el 20% de los 40.000 que se registran cada año en España y en los que están involucrados menores. Un juzgado de familia dictó sentencia sobre el caso, pero la han recurrido. Así que tres años después, y con la hija ya enfilando la adolescencia (13), siguen enfrascados en litigios. La pareja accede a una sala de vistas de la Audiencia de Barcelona, el órgano que tendrá la última palabra. Pero esta vez no han venido a pelear: van a someterse a un proceso de mediación.


Los grandes camiones eléctricos ya son una realidad en España. Las matriculaciones de vehículos de más de 3,5 toneladas se han multiplicado por 22 en cinco años (de 17 a 378), aunque todavía son minoría (1,6% de los nuevos), según datos de la DGT. El crecimiento del sector sigue lastrado por retos como la autonomía de los vehículos —que hace que la mayoría se empleen en trayectos urbanos o de menos de 250 kilómetros—, los puntos de recarga ultrarrápidos adaptados o la falta de ayudas públicas para compensar su mayor coste de compra. Algunos transportistas pioneros, como Transbernal, comienzan a usarlos para rutas de hasta 1.000 kilómetros diarios. “Si las empresas hacen sus números y ponen puntos de recarga en sus instalaciones, verán que a la larga salen más baratos. Con lo que ha subido el gasoil, ahorras mucho dinero”, explica su propietario, Gabriel Bernal.

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Hay perfumes que, como los medicamentos, deberían estar sujetos a advertencia. Antes de usar Risvelium, por ejemplo, habría que avisar: puede provocar estados alterados de conciencia, estimulación mental y sobrecarga sensorial. Inspirada en la purificadora agua de Florida, esa versión americana del agua de colonia europea que escupen los chamanes de Bolivia y Perú en sus rituales de limpieza energética, la última fragancia de Orto Parisi está desde luego contraindicada en pieles sensibles a la incorrección política. Por si quedara alguna duda, consultemos al perfumero. “Sí, volvámonos locos, experimentemos. Tenemos que deshacernos de los miedos y abrirnos a nuevas experiencias”, responde a propósito de los efectos de su más reciente creación, con la que vuelve a demostrar que no hay fórmula mala o ingrediente inaceptable, solo codicia y adocenamiento. “He probado el perfume que acaba de lanzar Prada en el duty free del aeropuerto y no entiendo nada. Han gastado millones en lanzar un producto indistinguible de los miles que ya hay en el mercado. Tienen dinero para hacer cualquier cosa, pero, cazzo, van y se tiran a lo más aburrido y comercial”, lamenta. Porque según el instinto olfativo de Alessandro Gualtieri, todo es posible. Aunque huela raro.

Hay muchos roscos típicos de Semana Santa por toda la geografía española; muchos son fritos, pero los que nos ocupan, roscos o rosquetes de Semana Santa, son típicos de Cádiz y se hornean. ¿Son saludables por ello? Mira, no, porque el azúcar y la harina blanca no te los quita nadie, por mucho que lleven algo menos de grasa que los roscos fritos. Pero, repámpanos, que la Semana Santa solo es una vez al año.