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El ministerio de Vivienda invitó a Manuela Navarro (Madrid, 71 años) a un acto organizado por el 8M. Cuando llegó, le dijeron: “Luego la ministra quiere hablar contigo”. Al terminar, la llevaron al despacho y fue entonces cuando Isabel Rodríguez le anunció que le iban a dar la Cruz de la Orden del Mérito Civil por su defensa del derecho a la vivienda. Nada más escucharlo, Navarro pensó: “¿Pero esto es para mí? Reconozco que se me saltaron las lágrimas y que inmediatamente pensé en mis hijos y en mis padres”. Ella, que dice dormir generalmente muy bien porque tiene una vida muy tranquila, después de trabajar como secretaria administrativa y montar una empresa de publicidad, cuenta que desde que recibió la noticia va “como las cabras, saltando de un lado para otro de la cama”. La ministra se la entregó el pasado 24 de marzo por su “contribución a crear una sociedad y una democracia mejor”.

Tiras rosas, celestes, verdes o moradas adheridas a la piel, tan coloridas como famosas, se han convertido en un símbolo de la recuperación deportiva desde que se popularizaran en los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008. Una investigación sobre este vendaje neuromuscular, conocido como kinesiotaping o KT, ha puesto en duda una vez más la solidez de su eficacia clínica. De acuerdo con los investigadores de la Universidad Médica del Sur en Guangzhou, China, autores del estudio que se publica este miércoles, el kinesiotaping puede ofrecer cierto alivio del dolor de forma inmediata, pero su utilidad sigue siendo “altamente incierta”.

De Guillem Martínez Roura, nacido en Girona, llama la atención su juventud (27 años) para ser el responsable de IA y robótica en la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT). Esta agencia, que es el organismo de la ONU encargado de las tecnologías de la información, analiza el impacto de la inteligencia artificial y los robots. Martínez tuvo contacto con ellos por primera vez a los 14 años, cuando trasteaba con un grupo de amigos para construir máquinas programables que presentaban a competiciones internacionales.
El mundo no está hoy mejor preparado para una pandemia que antes de la covid-19. Al contrario, el riesgo es mayor. Con esta advertencia, Richard Hatchett, director ejecutivo de la Coalición para las Innovaciones en Preparación ante Epidemias (CEPI, por sus siglas en inglés), resume el momento actual de la salud global. El epidemiólogo estadounidense acaba de pasar por Madrid para presentar la nueva estrategia de esta alianza internacional, creada en 2017 para acelerar el desarrollo de vacunas frente a amenazas infecciosas emergentes. Su organización impulsa, entre otros objetivos, la llamada misión de los 100 días: reducir a poco más de tres meses el desarrollo de vacunas frente a un nuevo patógeno.


Nunca olvidaré mi primer ataque de ansiedad en un avión. Llegué corriendo al aeropuerto, a punto de perder el vuelo. Logré embarcar y, aún agitada, me senté. Después del despegue, miré por la ventanilla y una sensación de pánico me invadió: mi corazón se aceleró, me faltaba el aire, temblaba y sentí que estaba perdiendo el control. Sabía que era una crisis de ansiedad. Intenté distraerme con el celular, caminé por el pasillo…, la angustia seguía ahí. Con el paso de los minutos cedió, pero dejó sembrada la duda de si iba a regresar. Como periodista de viajes, vuelo dos o tres veces al mes, y pensé: si desarrollo miedo a subirme a un avión, sería como un panadero que le teme a su propio horno.

Hace ya casi dos mil años de que un grupo de líderes religiosos decidiese que durante unos cuantos días no se debía comer carne por la gloria de Dios. Una penitencia que se ha ido diluyendo con el paso del tiempo, pero aún tiene sus raíces tan profundas que para muchas personas es santo y seña durante la Cuaresma cristiana, periodo de 40 días de preparación a la Resurrección. A estas alturas puede parecer que no tiene sentido o que se trata de una tradición viejuna; que también nos encantan, pero en realidad se puede mirar desde otro punto de vista.





La reciente exsecretaria de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Kristi Noem, de 54 años, siempre ha presumido de ser una mujer de familia, de valores tradicionales. Quien ha sido uno de los rostros más visibles del segundo mandato de Donald Trump —hasta su despido por parte del presidente, el pasado 5 de marzo— lleva casi 35 años casada con su marido, el agente de seguros y empresario Byron Noem (de 56 años), al que conoció en el instituto, y con quien tiene tres hijos, ya adultos. Ha tratado de mantener a raya rumores y escándalos (como su rumoreada relación extramatrimonial con Corey Lewandoswki, asesor de Trump) y de dar una imagen clásica, cercana al mundo MAGA al que pertenece. Hasta que todo ha saltado por los aires este martes, cuando se han hecho públicas unas fotografías de Byron Noem vestido de mujer, con enormes pechos hinchables y una larga serie de mensajes sexuales con mujeres ajenas a su matrimonio. Él no lo niega. Ella declara que no sabía nada y que su familia está “devastada”.