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En la iglesia de San Pedro y San Pablo, en la ciudad de Maastricht, se ha descubierto un esqueleto del que un laboratorio alemán está analizando el ADN de la dentadura para saber si se trata de Charles de Batz de Castelmore, conde de D’Artagnan. Era el famoso jefe de mosqueteros al servicio del rey Luis XIII y Luis XIV, que cayó en combate el 25 de junio de 1673 durante el asedio y toma de Maastricht por el ejército de Francia durante la guerra franco-neerlandesa. Convertido en un personaje de leyenda a partir del siglo XIX gracias a la novela Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, nunca se ha aclarado qué ocurrió con su cuerpo. El hundimiento de una parte del suelo del templo ha facilitado ahora el hallazgo de los restos, junto a los que había una moneda francesa y una bala de mosquete en la zona del pecho. D’Artagnan murió de un disparo similar en la garganta.

Una charla con cualquier persona con dermatitis atópica o psoriasis conduce casi siempre a la misma conclusión en los especialistas en dermatología: sus síntomas se perciben en la piel, pero su impacto es mucho más profundo. Dejan huella en la autoestima, generan ansiedad, alteran el sueño, están vinculadas a la enfermedad mental más prevalente -la depresión- y condicionan todos los ámbitos de la vida de las personas que las sufren, desde el laboral al afectivo.
Investigadores de la Universidad de Stanford (California, Estados Unidos) han hecho una analogía entre las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) y la basura. Ambas son subproductos de actividades humanas. Ambas están generando serios problemas al planeta. Ambas provocan daños que se pueden cuantificar en dólares. Ambas hay que gestionarlas, pero en ambas hay algunos que no pagan la factura y muchos otros que la sufren. Sobre esta comparación, desarrollada en Nature, la principal referencia de la ciencia, han construido un marco que permite estimar el coste del CO₂ casi a nivel individual. El trabajo también desvela el carácter acumulativo de su impacto: a los daños ya producidos por las emisiones del pasado, habrá que sumar los futuros, que se multiplicarán por 10.
Hace 15.800 años, en una meseta volcánica del centro de Anatolia (Turquía), una perra dio a luz una camada de cachorros. Murieron siendo aún muy jóvenes, quizá con apenas unos meses de vida. Los humanos que vivían en el yacimiento de Pınarbaşı los enterraron deliberadamente, en la misma zona donde depositaban a sus propios muertos. Les daban de comer pescado, el mismo que consumían ellos. Y uno de esos cachorros es, desde hoy, el perro doméstico más antiguo identificado genéticamente, y su historia —reconstruida a partir de fragmentos de hueso del tamaño de granos de café— acaba de publicarse en la revista Nature, en dos estudios simultáneos que reescriben la historia de cómo ese cachorro pasó a convertirse en el mejor amigo de los humanos.
La forma exacta en la que el cuerpo humano percibe el frío es, en buena medida, todavía un misterio. La ciencia sabe que cuando alguien coge un puñado de nieve con la mano o roza un cubito de hielo con la lengua, se activa en las células nerviosas una proteína, de nombre TRPM8, que abre una especie de compuerta molecular para mandar esa señal gélida al cerebro. Ese es su modus operandi, así se supone que opera, pero no se había logrado ver esa proteína en acción ni se conocía con todo detalle su comportamiento. Hasta ahora.
Un incendio forestal puede durar unas horas o días, pero sus estragos tardan años en superarse. Y en Europa cada vez es mayor el riesgo de estos fuegos con el cambio climático: solo en 2025, ardieron un millón de hectáreas de bosques en todo el continente, tres veces más que la media de los últimos 20 años y el equivalente a un tercio de Bélgica o todo Chipre. Consciente de que se trata de un problema que causa problemas económicos, medioambientales y hasta sociales a largo plazo, la Comisión Europea ha presentado este miércoles una “estrategia” para prevenir mejor y afrontar de manera más coordinada estas catástrofes que hace tiempo dejaron de ser algo excepcional.