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Un monstruo marino de seis metros de largo y poderosas mandíbulas es la última criatura prehistórica hallada entre los yacimientos fósiles del norte de México. El Prognathodon cipactli, un reptil acuático de la familia de los mosasaurios que compartió época con los dinosaurios sin ser pariente suyo, dominó los mares hace unos 70 millones de años en el último tramo del Cretácico, justo antes del evento de extinción masiva que puso fin a la era de los dinosaurios.
Muchos analistas están subrayando en estos días, con razón, que la guerra ilegal lanzada contra Irán tiene todo el potencial de convertirse en una hemorragia para Washington. Pero, aunque muy grave, es solo el enésimo episodio de una acción autodestructiva serial y sistemática. Trump lleva 14 meses lanzando desde la Casa Blanca bolas de derribo terribles en mil direcciones: casi todas ellas prometen regresar al punto de partida para destrozar al atacante.

Todavía no había amanecido y Moha y su grupo ya tenían una misión: tratar de que nadie en el pueblo se diera cuenta de que en dos baños públicos habían orinado 1.500 musulmanes. Y echaban cubetazos en los aseos con otra complicación extra: que sus padres no vieran una mancha en sus túnicas blancas recién estrenadas para el rezo del fin del Ramadán. Como si nunca hubieran estado allí, porque no saben si podrán volver a hacerlo.

María Isabel Ribot coge el teléfono, pero, tras un intercambio fallido de frases, se lo pasa a José Luis Barranco, su marido: “Oír, oye, pero no entiende”. Ella tiene 74 años y comenzó a notar que perdía audición hace “cinco o seis”. El nombre médico de la dolencia es presbiacusia, que recuerda al nombre de la vista cansada (presbicia), pero se refiere al oído. Afecta a una de cada tres personas mayores de 60 años y hasta al 75% de las de más de 80, con grados variables de discapacidad. En España hay más de 13 millones mayores de 60 años, según datos del Instituto Nacional de Estadística.


La noticia dio la vuelta al mundo en minutos. La inteligencia artificial (IA) había conseguido por primera vez una medalla en la prestigiosa Olimpiada Internacional de Matemática (IMO, por sus siglas en inglés), un concurso en que los 600 chavales más brillantes del mundo se enfrentan a seis problemas que han sido diseñados en secreto durante un año, y que deben resolver con solo lápiz, papel y su cerebro. Es mucho más que un concurso. Es el lugar en el que se maceran las mentes matemáticas que después solucionarán problemas imposibles y dirigirán las compañías tecnológicas que gobiernan el mundo. La noticia de la medalla que ganó la IA fue publicada por miles de medios y elegida como uno de los mayores avances científicos del año por la revista Science. Y aquí es cuando la narración comienza a complicarse. Porque la noticia es mentira.

Benita Castejón cita a primera hora de la mañana en El Templo del Maestro Joao, su tienda de esoterismo y consultorio de tarot en un popular barrio de Madrid aún no del todo engullido por la gentrificación. Un enorme local a pie de calle, atiborrado de anaqueles a rebosar de aceites esenciales, amuletos y sortilegios, y con varios retratos enmarcados de la propietaria cuando tenía nombre y aspecto de varón, realizados antes de que emprendiera su transición de género y tuviera DNI de mujer. Hablamos en el cuartito interior donde lee las cartas, aún más sobrecargado de atrezo para hechizos varios, a la luz de una vela led. No sabe una adónde mirar. Bueno, sí. Gasta un verbo tan hipnótico como su rostro, uno de esos de los que no puedes apartar la vista por la perfección quirúrgica de sus rasgos. Benita es, nunca mejor dicho, una mujer hecha a sí misma. Hace pocos meses que se ha sometido, además, a una mamoplastia, una vaginoplastia y otras operaciones para completar su transición de género. Se la ve a la vez hiperactiva y exhausta.

Benita Castejón (Madrid, 62 años) no tuvo ninguna duda cuando eligió nombre para su nuevo DNI con nombre y sexo de mujer en el Registro. Quiso llamarse Benita, como la madre que la parió y que la sacó adelante, a ella y a sus cuatro hermanos, en una chabola de las que aún quedaban barrios enteros en Madrid cuando ella era pequeña. Camarero, peluquero y transformista antes que tarotista, Benita alcanzó celebridad como polemista y vidente en un programa de televisión y, luego, como concursante de realities. Fue en 'Top chef' donde anunció a sus compañeros y a la audiencia, que había decidido emprender su transición de género hormonal y quirúrgica pasados los 60 años. Pudo morir, dice, pero volvería a hacerlo.
Cuatro décadas de trayectoria avalan a Suzanne Vega (Nueva York, Estados Unidos, 66 años), aunque sorprende ver que solo ha publicado 10 álbumes en estos 40 años. “De joven tuve una familia, dediqué mucho tiempo a criar a mi hija, y durante los últimos 10 años trabajé en el teatro, con un espectáculo basado en la vida de la escritora Carson McCullers. A finales de 2019 pensé que era hora de grabar un nuevo disco, y entonces llegó la covid”, afirma desde la habitación de un hotel en Francia. En la pantalla se la ve afable, con una camiseta de listas horizontales, su inconfundible flequillo rubio y unas gafas de pasta. El coronavirus es el tema que más sacará durante la charla: para explicar que su ciudad, Nueva York, ha cambiado a peor desde entonces; que llevó fatal los conciertos online durante el confinamiento y que ahora ya no firma discos después de cada actuación porque fue así como se contagió del virus dos veces. “Ahora lo hago antes”, afirma una artista a la que sigue encantando actuar en vivo. “Siempre he querido estar en un escenario desde niña, y siento que mi razón de existir es tocar para un público, pequeño o grande, da igual”.

El Palau de la Virreina està massa ben proporcionat per comparar-lo amb el castell del vampir tortuós on Mark Fisher denunciava que s’havia reclòs la cultura política de l’esquerra contemporània, que et xucla les ganes de viure a força de culpa i linxament moral. Però pujo la doble escalinata d’aquesta joia de l’arquitectura civil catalana, a la part alta de la Rambla de Barcelona, i penso que el fantasma de Fisher podria flotar molt a gust entre aquests murs, ell que deia que el present està embruixat pels futurs que se’ns van prometre però mai van arribar. Sigui com sigui, el seu esperit és prou poderós per fer que passin coses un divendres primaveral a les set de la tarda: no queda ni una cadira lliure a la sala d’actes de la Virreina per assistir a la sessió de Desig postcapitalista, un cicle de conferències que homenatja el curs homònim que Fisher no va poder acabar perquè es va suïcidar. Entre el públic reconec acadèmics, polítics, poetes i podcàsters, la majoria és jove i milita en una estètica vagament desafecta que em transporta als anys en què vaig estudiar a la Facultat de Filosofia de la UB, al Raval. A mitja conferència, la politòloga Alícia Valdés diu: “Totes coneixem la frase que es diu que és de Jameson, que també es diu que és de Fisher, que després es diu que és de Žižek, la de “és més fàcil imaginar…”, uix ara tindré un lapsus… bé, ja ho sabeu, la frase”.