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Que Ted Sarandos fuese objeto de las bromas de Conan O’Brien durante los Oscar refleja el impacto cultural de su plataforma. Fue hilarante el gag que versionaba Casablanca para los que ven películas mirando el móvil, aunque asusta más que la tía Gladys. Auguran que Netflix acabará con el cine; lo curioso es que cuando nació se decía que llegaba para salvar la televisión. En sus inicios, antes de que se dedicase a producir telefilmes de sobremesa de ocho capítulos (a favor de los telefilmes, pero si duran noventa minutos), nos ofreció series deslumbrantes como House of Cards y Orange Is the New Black. La primera era pura sofisticación y algunos se creyeron que la política era así: un ballet de asesores intrigantes y gobernantes taimados que siempre van dos pasos por delante, ¡ja! También se creían que era como Borgen, ¡ja ja! La segunda reflejaba las consecuencias de la política.
En 1955, un joven de 17 años publicó un libro que incomodó a todo un país, Wij Zijn 17 (Tenemos 17). Su autor, el holandés Johan van der Keuken, a punto de terminar sus estudios en el Liceo Montessori de Ámsterdam, retrataba a su entorno más cercano a sus amigos, de entre 14 y 17 años. No había risas, ni juegos, ni promesas de un futuro luminoso, fumaban sin parar. Aquellos adolescentes no eran réplicas de generaciones anteriores. Reflejaban una actitud que contravenía el relato dominante que se esperaba de la juventud de una nación. Lo que escandalizó no fue solo la mirada del autor, sino el hecho de que por una vez, no estaban siendo representados desde fuera.
Sostiene Björn Vedder, autor del ensayo Rosa, que ver los colores es interpretar el mundo. Así, el filósofo alemán ofrece argumentos sobre la enorme vitalidad de un color a veces subestimado y se sirve de él para hacer un repaso de historia cultural. Sus más de 129 tonos documentados y sus ejemplos —desde Madame Pompadour hasta Barbie, pasando por las nubes protectoras de autores como Boris Vian— ofrecen un recuento de cómo el rosa ha sido abordado, rechazado y resignificado a través de los siglos, desde sus primeras apariciones simbólicas hasta su presencia casi omnipresente en la cultura visual contemporánea, con el rosa en las bicicletas, en los aviones, en los juguetes, en los muebles, en las bebidas o en los macarons de las pastelerías.

El 28 de febrero, Israel y Estados Unidos atacaron Irán. Unas horas después, Irán cortó internet en todo el país, hasta hoy. Pero ese día ocurrió también algo poco común: una estación de números empezó a emitir en farsi una serie de cifras. Eso es toda la emisión, que comienza con un aviso: “¡Atención!”. Y luego “dos, seis, nueve, cero, cuatro...”. Se repite varias veces al día en horarios fijos y se puede escuchar a miles de kilómetros. El origen de esa emisión en farsi, el idioma que se habla en Irán, parece ser el centro de Europa y el destino podría ser algún lugar dentro del país donde agentes u operativos tendrán un libro especial de códigos para convertir esos números en texto. Pero nadie confirma nada ni hay comunicados públicos sobre quién es o no es el emisor de este mensaje, adelantado por el Financial Times. A esta estación que emite la enigmática señal de número en farsi se la ha llamado V32.
China es el gran promotor de cibercrimen mundial, según referencian todos los informes. Pero hay un pequeño país asiático que no deja de ganar importancia en esta industria. Se trata de Corea del Norte, un estado asfixiado por los embargos comerciales que ha encontrado en las actividades delictivas online su principal fuente de entrada de divisas. Los analistas coinciden en que la estructura de los grupos de hackers supuestamente financiados por Pyongyang está creciendo en complejidad: se están creando grupos especializados en distintos tipos de ciberataques que se coordinan entre sí. También destacan que sus técnicas son cada vez más sofisticadas. Los incidentes vinculados a este país aumentaron un 130% en 2025 respecto al año anterior, según un reciente informe de CrowdStrike. Entre ellos se cuenta el robo de criptomonedas por valor de 1.460 millones de dólares al portal Bybit, considerado el mayor golpe cibernético de la historia.
Hay muchas fórmulas para democratizar ese privilegio que supone tener un jardín en casa: la naturalización de patios de luces y azoteas, los huertos de balcón o los llamados jardines de bolsillo que cubren de verdor medianeras, terrazas-pasillo, alféizares, callejones entre edificios y otros espacios diminutos donde, en principio, cuesta imaginar vida verde.

La alcachofa reina en el logo de El Comidista desde su nacimiento, allá por 2010, así que a nadie le extrañará que nos pongamos eufóricas cada vez que hablamos de esta verdura. Amamos su delicadeza, su versatilidad, su sabor único y hasta su forma de micrófono de televisión, y cada vez que llega su mejor época nos lanzamos a cocinarla como si el mundo se fuera a acabar. Prueba de ello son las tropecientas recetas que hemos publicado con este ingrediente en estos 15 años, de entre las cuales os ofrecemos esta pequeña selección.



La coliflor siempre ha sido una hortaliza complicada para muchas personas. Castigada durante siglos por largas cocciones que sacaban lo peor de ella –el olor a pedo en la cocción, entre otras cosas–, ha sufrido un rechazo hasta cierto punto comprensible. Sin embargo, cuando está cocinada en su punto y acompañada por ingredientes que suavicen sus aromas más difíciles, puede ser una de las verduras de invierno más satisfactorias.