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Libros que los personajes escriben, leen, regalan. Libros que saltan de una película a otra, que inspiran tramas, que se adaptan. La filmografía de Pedro Almodóvar está plagada de referencias literarias. Ha publicado numerosos relatos a lo largo de las décadas, algunos de ellos reunidos en El último sueño (2023). Pero ha esperado hasta los 77 años para publicar su primera novela: El hombre que solo escribía en los aviones (Reservoir Books), que llega a las librerías el 29 de octubre. Un libro frenético y libre, como su cine, atravesado por la pasión lectora. Lo protagoniza Flavio Guijarro, nueva incorporación al fecundo plantel de personajes almodovarianos. Un coach de autores obsesionado con escribir. Como tantos protagonistas del manchego, Flavio tiene mucho de él. Es sabido que la obra de Almodóvar es un ente poroso por el que circulan la ficción, la realidad, lo vivido, lo escuchado, lo leído. Esta entrevista discurre por esos poros y se centra en el Almodóvar lector y escritor. Recibe a Babelia en las oficinas madrileñas de El Deseo, su productora, con las paredes llenas de recuerdos y carteles de sus películas llegados de todos los rincones del mundo. Preside su despacho una gran estantería llena de libros que, advierte, son sobre todo novedades que le llegan. Su biblioteca más personal, admite, está en su casa. Sobre la mesa, eso sí, el último libro que le ha fascinado, Cosamala, de Alana S. Portero, autora hacia la que se deshace en elogios. Se enciende la grabadora y aparece un Almodóvar sereno, amable, cómodo con una conversación ajena a la clásica promoción del cine, alejado de la ansiedad que, dice, ha sido un motor de su novela.

“Estamos a punto de perder una información única que no podremos recuperar de ningún otro sitio”, lamenta María Leunda, paleoecóloga guipuzcoana. Se refiere a lo que está sucediendo en uno de los entornos más desconocidos y únicos del mundo: las cuevas heladas de alta montaña, donde aún queda hielo fósil de hace miles de años. Algunas de las mejor estudiadas están en la cordillera de los Pirineos, una de las más castigadas por el deshielo y la subida de las temperaturas.




He de reconocer que, hasta ahora, creía que la postura escorada de los gobiernos autonómicos en favor de los centros de datos se debía a la misma injusta mezcla que nos afecta a buena parte de los españoles: la falta de información por parte de las grandes corporaciones promotoras y la diseminación por estas de algunos datos confusos y sobredimensionados en empleo e inversión. La labor que he tratado de desempeñar estos últimos meses, como investigador predoctoral del CSIC y de la UC3M, ha sido precisamente tratar de poner la información a disposición de los vecinos y las administraciones afectadas por estas instalaciones. Es por ello que recibí con ilusión la invitación de Unidas por Extremadura para comparecer en la Comisión de Economía, Empleo y Transformación Digital de la Asamblea de Extremadura con el objeto de ofrecer un análisis científico de los beneficios y riesgos asociados a los proyectos de instalación de grandes centros de datos en esta tierra. La misma tierra que cultivaron mis abuelos y de la que emigraron con la intención de que sus nietos pudieran estudiar en las instituciones en las que a día de hoy trabajo.
Dafne Fernández (Madrid, 41 años) acapara las miradas desde un rincón. La actriz y bailarina ha entrado sigilosa en el Salón Carlos III del Teatro Real de Madrid, donde una veintena de periodistas e influencers esperan a que imparta un breve taller de danza clásica con motivo del 25º aniversario de la película Barbie en El Cascanueces (2001), del que es la embajadora en España. Ya en el centro de la sala, después de agradecer su nombramiento y de dar las primeras indicaciones, parece tan cercana que apetece seguirla. Plié, demi-plié, relevé; las presentes intentan imitar sus movimientos hasta que, de pronto, rompe la disciplina y se sienta en el suelo, animando al resto a hacer lo mismo mientras suena el emocionante Pas de Deux compuesto por Chaikovski para el ballet estrenado en 1892: “Así supe lo que era el síndrome de Stendhal. Es la música que me pongo cuando paso por un momento difícil y quiero escapar a otro lugar”, dice. Mientras, en el suelo, escucha con los ojos cerrados.
Convertirse en madre sigue siendo una de las experiencias más desiguales del planeta. El mismo parto que en Europa suele resolverse como un procedimiento rutinario, respaldado por ecografías, matronas y hospitales a pocos minutos de distancia, puede convertirse en una prueba de supervivencia en amplias zonas de África. A pesar de que los avances médicos, tecnológicos y de atención sanitaria han elevado como nunca las posibilidades de vivir de madres y recién nacidos, cada día mueren más de 700 mujeres por complicaciones relacionadas con el embarazo o el parto, según los últimos datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Además, cada año alrededor de 2,3 millones de bebés (6.200 cada día) fallecen antes de cumplir su primer mes de vida, casi la mitad de todas las muertes infantiles, de acuerdo con Unicef. La inmensa mayoría de estos fallecimientos podrían evitarse. Sin embargo, el riesgo está repartido de forma profundamente desigual: la mortalidad neonatal en África subsahariana multiplica por 11 la registrada en Australia y Nueva Zelanda y siete de cada 10 mujeres que fallecen por causas relacionadas con el embarazo o el parto viven en el continente africano.
Malta es un país tan maravilloso que, quizá para compensar, solo podía ser pequeño. Desde el avión, sus tres grandes islas caben en una mirada: Malta, Gozo y el roquedo de Comino. Y ya en tierra, el paisaje es tan breve que, allá donde se mire, se termina. Las palabras “Malta” y “grande” solo aparecen juntas en algunas estadísticas: las que hablan de densidad de población, de turistas per capita o de atracción de millonarios en busca de ese delicioso eufemismo llamado optimización fiscal. Sí, Malta es pequeña, pero ya dijo la filósofa Simone Weil que una condición de la belleza es estar casi ausente. Como estas islas, que antes llamaban Calipseas y que siempre parecieron, sobre el azul de los mapas, unos granos de sal caídos en el mar que une —que separa— Libia y Sicilia.