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La oferta de vivienda en alquiler es uno de los termómetros que miden la salud del mercado inmobiliario. En ese contexto, la aprobación hace dos semanas por parte del Gobierno de dos reales decretos ha introducido un nuevo foco de incertidumbre. Aunque uno de ellos, el que contempla contratos de arrendamiento indefinidos, aún no ha entrado en vigor, el sector inmobiliario insiste reiteradamente en que este tipo de medidas pueden llevar a algunos propietarios a retirar sus inmuebles. Por ahora, sin embargo, el mercado apenas refleja ese impacto. Según el Barómetro del tercer trimestre del Observatorio del Alquiler, impulsado por la Fundación Alquiler Seguro, la oferta disponible aumentó un 3,46% respecto al segundo trimestre y alcanzó las 683.920 viviendas. Y, respecto al arranque del año, la cifra se ha incrementado en un 2,14%. Pese a ello, el volumen de casas para arrendar entre julio y septiembre fue más baja que la de un año antes: en el mismo periodo de 2025, el estudio contabilizaba cerca de 10.000 viviendas más en el mercado.

El presidente del Gobierno ha anunciado que el Consejo de Ministros aprobará este martes un paquete de 45 millones de euros para cofinanciar “casi” 2.000 nuevas plazas en pisos compartidos para universitarios con zonas comunes de las que pueda disfrutar toda la comunidad; aunque Pedro Sánchez los ha descrito como “residencias”. Anteriormente, el Gobierno cifró el proyecto en 1.525 plazas. Encontrar alojamiento se convierte en una odisea por la escasa y cara oferta de residencias y colegios mayores, los precios del alquiler disparados y la competencia de los pisos turísticos. Por ello, el techo de los universitarios se ha convertido en una de las reivindicaciones de la acampada por una vivienda justa en la Puerta del Sol.
El oficio ya ha pasado a la historia, pero su estética sigue en circulación. Si Jean Seberg, la magnética vendedora del Herald Tribune de Al final de la escapada, elevó una camiseta tipográfica a objeto de deseo, esta temporada, Parfois devuelve a primera plana el estilo de aquellos paperboy para dar forma a su colección más cinematográfica. La sastrería relajada, las gorras newsboy y los bolsos de dimensiones generosas conforman el uniforme para dar la bienvenida al otoño.

Allá por 2006 Xbox presento al mundo la que acabaría por convertirse en una de las franquicias más exitosas y reconocibles de la marca: Gears of War. Se trataba de un brutal juego de acción que daría pie a una saga conceptualmente deudora tanto del imaginario de Warhammer 40.000 como de Starship Troopers, que consiguió desarrollar una arrolladora personalidad propia y que sentó las bases de una mecánica que luego copiarían, con mayor o menor fortuna, decenas si no cientos de juegos: los disparos con cobertura desde diversos elementos del escenario tras los cuales nos parapetamos. ¿El punto de partida? La guerra que en planeta Sera libra la humanidad contra los terribles locust, unos seres de aspecto reptiloide y gatillo fácil que, desde las profundidades del mundo, han declarado la guerra a la humanidad.

Nube, un perro mestizo de tamaño mediano, de cabeza blanca y cuerpo atigrado, lleva la mitad de su vida en una protectora en Las Rozas (Madrid). Fue rescatado hace dos años, cuando el animal, considerado como potencialmente peligroso, fue encontrado encerrado en un piso pequeño, atado al pomo de una puerta y con un bozal de nailon roto. No tenía agua para soportar los cuarenta grados de temperatura y acababa de morder a su dueña. Hoy, sus cuidadoras lo describen como “bueno de carácter, enérgico y muy manso con las personas”. Aún así, nadie pregunta por él.
Es un clásico de Brian de Palma, pero hubo un tiempo en que Atrapado por su pasado (1993), el thriller criminal protagonizado por Al Pacino, pudo ser un éxito de Abel Ferrara (Bronx, Nueva York, 75 años). A principios de los noventa el legendario director llevaba un año ensayando con Al Pacino cuando apareció un guionista nuevo. Semanas después, Tom Pollock, jefe de Universal, le llamó aparte durante una cena en un restaurante de Cannes para hablarle de otra nueva versión del guion, lo cual a Ferrara le pareció una tomadura de pelo. Dejó su botella de vino blanco en la mesa de Pollock antes de ir a hablar con él, y al volver la cogió y se la metió dentro de la chaqueta, por esa costumbre neoyorquina de esconder el alcohol al salir a la calle. A los pocos días, le despidieron: alguien fue contando que le había robado una botella a Pollock.