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Eugenio Chacarra pidió hace unos meses al circuito europeo que en la clasificación de los torneos ya no saliera la primera parte de su primer apellido, el compuesto López-Chacarra, sino simplemente la segunda, más directa y más fácil de vender y recordar para todos los aficionados que ya pueden ir acostumbrándose a ver arriba al golfista madrileño de 26 años. Porque así, Eugenio Chacarra, ha lucido este domingo en lo más alto del DP World India Championship, su sexta victoria profesional, su tercera este curso en el circuito europeo, un triunfo mayúsculo que le aúpa al número uno de la Race to Dubai, el listado anual del DP World Tour, con 4.092 puntos, por delante dos estrellas mundiales como Patrick Reed (3.474) y Rory McIlroy (3.144).
J. S. era uno de los vecinos más conocidos de un pequeño municipio del oeste de Alemania. Tenía 105 años, los medios locales le dedicaban artículos por su aniversario desde que era un venerable centenario y el alcalde lo recibía con honores. Lo que muchos de sus conciudadanos no saben es que también fue guardia en el mayor campo de prisioneros de guerra en Alemania durante la II Guerra Mundial, el Stalag 326. Al menos 15.000 presos, sobre todo combatientes soviéticos, murieron allí en condiciones inhumanas, aunque se cree que la cifra real puede ascender a 70.000.

Hay una generación de jóvenes, nacida alrededor del cambio de siglo, que prácticamente solo ha vivido de crisis en crisis, lanzada por el destino a una sacudida tan violenta como una catarata. Esa generación empieza a levantar la voz. El canario en la mina fueron los abucheos de los universitarios estadounidenses a los discursos triunfalistas sobre la IA. La rabia de los estudiantes franceses ha puesto el país patas arriba; en Italia hay miles de jóvenes movilizados; Bélgica prepara una huelga por los recortes en sanidad y educación. La ola de contestación juvenil golpea por las más diversas causas: al Sur de los Pirineos la razón es lo que el escritor Manuel Rivas ha bautizado como “violencia catastral”. Una profunda crisis inmobiliaria espoleada por el desahucio de una octogenaria, el caso Maricarmen, ha acabado provocando una convocatoria de huelga general y un adelanto electoral. La solución va para largo, pero las recetas se han colado en campaña y son fáciles de resumir. Las izquierdas proponen regular ante un fallo de mercado clamoroso, y ocho de cada 10 españoles quieren que el Estado intervenga. Las derechas plantean construir más: laissez faire. Regular no va a arreglarlo todo de un día para otro, pero construir lo suficiente para desatascar el problema es, simple y llanamente, imposible a corto plazo.

En octubre, todo es rosa. Los edificios, los enormes carteles de publicidad, los spots de televisión, las publicaciones en Instagram y hasta el lazo perfectamente ubicado en la americana de altas autoridades europeas, como el de la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen. Casi ni hace falta mencionarlo, pero ese color, en esta época del año, solo puede significar una cosa: la lucha contra el cáncer de mama. Está instalado en el inconsciente colectivo. Se asume que todas las empresas que se suman a esta iniciativa apoyan, de alguna manera, a las mujeres que son diagnosticadas con la enfermedad, 37.000 cada año en el caso de España. Pero esto no siempre es así. Diferentes organizaciones llevan años cuestionando a las marcas que impulsan campañas para incentivar la compra de productos de edición especial, pero que solo donan porcentajes mínimos a las asociaciones o que lanzan un mensaje esperanzador, centrado en la prevención, sin hablar de las 18 mujeres que mueren al día por cáncer de mama en España o sin incluir los reclamos de las pacientes.

Mucho ha llovido en la prestigiosa Universidad de Brown (Estados Unidos) desde que su catedrático Roberto Serrano denunciase en este diario en junio un fraude masivo con inteligencia artificial (IA) en uno de sus exámenes, sin que el decanato reaccionase. La noticia fue replicada por los principales medios ―hasta la revista Nature le pidió un artículo―, Serrano ha recibido “cientos” de cartas de apoyo y la persona que estaba al frente del Comité del Código Académico ha sido cesada. Pero lo que más conmueve al eminente economista español es que cree que sus alumnos han aprendido la lección.

El profesorado de la Comunidad de Madrid ha empezado esta semana una huelga indefinida para exigir mejoras en la enseñanza pública de la región y en sus condiciones laborales y salariales. En las tres primeras jornadas, el seguimiento ha oscilado, dependiendo del día, entre el 70% y el 60%, según los sindicatos, y entre el 45% y el 26,7%, según la consejería. La convocatoria de Madrid se anunció en mayo, inspirada en los paros que estaba habiendo en la Comunidad Valenciana y Cataluña. Las tres movilizaciones comparten el grueso de las reclamaciones −que son comunes, además, a lo que piden los docentes en casi toda España−. Entre ellas, la bajada de ratios, y la mejora de los sueldos y de las instalaciones educativas. Cada huelga también tiene, a su vez, elementos que la hacen distintas.