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Encima de un muro, a la sombra de una higuera, dando una vuelta con tranquilidad por las calles… Veneno, un lince ibérico, se ha convertido en un inesperado vecino más de Cabañas de Yepes, un pequeño municipio toledano de 316 habitantes. Desde hace un mes, entra en el pueblo casi a diario. Llega desde el valle cercano en el que vive y sigue una ruta que parece haber aprendido hasta que atraviesa el pueblo, sin inmutarse ante la presencia humana. Como si lo hubieran domesticado.
La consulta realizada por el CIS, titulada Sexualidad: hábitos y opiniones, publica una gran cantidad de datos interesantes sobre las relaciones sexo-sentimentales. Las numerosas conclusiones dejan una incómoda sensación general: en el mundo actual encontramos dificultades para establecer un vínculo de pareja satisfactorio. Parece ser que los españoles, y con toda probabilidad ocurrirá igual en la gran mayoría de las sociedades occidentales, sentimos que tenemos más problemas para enamorarnos que en el pasado (y seguramente sea cierto).
En los años ochenta, las consultas de los médicos de familia en muchos barrios funcionaban “como una carnicería”, recuerda Vicente Baos, facultativo ya jubilado. “Uno llegaba, cogía un número y esperaba su turno”. Era un modelo en el que la sanidad pública estaba vinculada al empleo y quien no lo tenía se le atendía por una suerte de beneficencia. Todo cambió con la Ley General de Sanidad, que entró en vigor el 25 de abril de 1986, hace exactamente 40 años.
La Kings League en España se ha estancado. Hay signos de fatiga: ha perdido espectadores e impacto. Nació para convertir el fútbol en un show y lo ha logrado, pero solo un poco. La revolución que supuso la primera temporada española auguraba un futuro espléndido que ahora se ha estancado. “Ha perdido mucha audiencia, obviamente no tiene nada que ver con lo que era al principio”, dijo el célebre influencer Ibai Llanos en marzo. La mayoría de vídeos más vistos de los canales de YouTube o TikTok de la Kings League España tienen dos años o más. Las búsquedas de Kings League en Google han ido cayendo, excepto por dos picos puntuales en los mundiales de clubes y selecciones.
Cuando el 19 de diciembre del 2025, Luis Andrés Monterroso López, de 29 años, pisó por primera vez en tres años el suelo guatemalteco, estaba muy enfadado. Vestido con un mono gris y pantuflas azul oscuro, el uniforme de los migrantes detenidos en Estados Unidos, hablaba con su madre por teléfono, sentado en el exterior de la sede de la Fuerza Aérea de Guatemala, donde aterrizan los vuelos de los deportados. “Ni a los animales los tratan así. Vine amarrado de pies y manos”, le contaba, indignado.

En tiempos de guerra asoma el dios de la destrucción. Una divinidad difícil de creer, que aparece también en el homicidio, el envejecimiento o la desesperación del suicida. De ahí que las personas razonables, al constatar la insidiosa presencia del sufrimiento y la muerte, la nieguen. Hay una sensibilidad en el ateo, que se traduce en el rechazo de este embajador de la muerte, que no puede existir y, si lo hiciera, mejor sería renegar de él. Una actitud inherente al candoroso dualismo occidental: Dios puede crear, pero no destruir. Nos cuesta admitir que la destrucción sea algo divino. No ocurre eso en la India, que asume con naturalidad que todo lo que nace tiene que morir. La fuerza que mueve el cosmos asume tanto la creación como la destrucción, que es un trabajo tan divino como la generación espontánea de la vida y la luz.
No debemos destriparlo, pero sí podemos decir que el final de este espectáculo es redondo. El montaje entero es redondo. Coherente, sustancioso y sofisticado. Hablamos de Lexikon, la nueva obra de El Conde de Torrefiel, compañía con base en Barcelona y puntera en los circuitos europeos de vanguardia, dirigida mano a mano por Tanya Beyeler y Pablo Gisbert. Coproducida por el Centro Dramático Nacional, su estreno este viernes en el teatro María Guerrero, con cuatro semanas por delante frente a las dos o tres funciones que suelen reservarse para este tipo de trabajos, supone un hito y una verdadera apuesta por una línea de trabajo más abierta a la experimentación en el ámbito institucional. Más dinero, pero también más tiempo para la creación y para llegar a oídos del público.
Texto y dirección Tanya Beyeler y Pablo Gisbert. Reparto: Tanya Beyeler, Carmen Collado, Amalia Fernández, Ion Iraizoz y Mauro Molina. Teatro María Guerrero. Madrid. Hasta el 24 de mayo.
Repiquetea la copa de cristal con sus uñas largas de guitarrista. A Yerai Cortés (Alicante, 30 años) le encanta la decoración del Botín, nos dicen al llegar. Tras ver los cochinillos y probar el jamón, propone quedarse a comer en el restaurante más antiguo de Madrid. No podrá. Una avalancha de turistas invade el local y antes de que adviertan la presencia de un real flamenco star salimos pitando a una terraza donde sirven nachos con queso naranja fosforito. Nada más reanudar la entrevista un músico itinerante se arranca con un tema de Los Panchos. “Solo falta que nos cague una paloma y acabemos todos abrazados”, bromea el músico. “Al menos hay sol”.
Bogotá es un caos. Un caos delicioso y apasionante, pero caos, al fin y al cabo. Para empezar, hablamos de 1.776 kilómetros cuadrados de megalópolis (Madrid tiene 604 y Barcelona, 102), parcelada en 20 localidades (una especie de distritos), que se subdividen en 1.922 barrios. Tantos que ni siquiera los taxistas más avezados han oído hablar de algunos. En cuanto a población, las cifras oficiales suman casi ocho millones de habitantes. Las extraoficiales hablan de más de 12 millones.

Hay libros que enseñan a preparar platos y otros que te acompañan en la vida. El gran libro de Angelita Alfaro (Libros Cúpula, 2026) pertenece a la segunda categoría: además de un recetario, es una forma de entender la cocina como un acto cotidiano cargado de memoria, amor y una cierta resistencia al paso del tiempo. Un archivo doméstico de sabores reconocibles como resultado de toda una vida dedicada a transmitir un conocimiento que aspira a ser tan útil como emocional. “La responsable de esto fue mi tía Virginia, que en paz descanse”, cuenta Angelita Alfaro (Cervera del Río Alhama, 1941). “Me dijo que con lo que yo sabía, por qué no hacía un libro… mi madre dijo ‘no, calla, calla’, pero yo le hice caso y mira, ¡ya llevo 26!”, ríe desde el otro lado del teléfono.


