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―He visto que te vas a gastar 25 o 35 millones de euros... Viene en el periódico. Menos mal que tenéis dinero, qué suerte tenéis. Nosotros no tenemos ni un puto duro.
Pikachu es un pokemon de tipo eléctrico al que no le gusta ir en su pokeball. Prefiere la libertad, no estar encerrado en esa bola. Va con Ash, su entrenador. ¿Quién es Pikachu?, ¿cómo es?, ¿evoluciona? Yo sé poco o nada del universo Pokémon, pero que evolucionan sí lo sé. Y, de repente, me vi en un diálogo en el que se hablaba de bolas, de constreñir la libertad, de transformación, de ser uno y luchar para convertirse en otro, y pensé que todo cuadraba, que todo está relacionado. Que si cinco minutos antes me dicen que los pokémones y La bola negra tienen tanta relación y que Pikachu y Edmond de Bries tienen cosas en común, ni lo contemplo, pero, de repente, mis neuronas hicieron solas la conexión y tiene lógica.
El 14 de octubre, un operativo de antidisturbios de la Policía Nacional impidió violentamente la celebración de un piquete informativo durante la jornada de huelga y paro académico convocada en la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Hirieron, arrestaron y retuvieron a estudiantes y trabajadoras que se dirigían pacíficamente a la facultad de Ciencias Químicas. Todo esto, sin que lo requiriera la universidad, y justo cuando casi se cumplen 50 años de que se disolviera el Tribunal de Orden Público y las fuerzas de orden público fueran retiradas de las universidades, donde eran una fuente constante de conflictos gratuitos.
En la década de 1980, Dick Eussen trabajaba como jefe de un equipo de bomberos en el Parque Nacional de Kakadu, en el norte de Australia. Un día trataban de impedir que un incendio de pastizal cruzara una carretera cuando apareció un nuevo foco al otro lado. Eussen se acercó para apagarlo y entonces vio pasar frente a él a un milano silbador. Entre las garras llevaba una rama humeante. El ave dejó caer el palo sobre la hierba seca y empezó a salir humo.

No es habitual ver a un puñado de oncólogos invadidos por la emoción y la euforia. Tampoco que las gráficas de alguno de sus estudios se viralicen en redes sociales. Pero este año ha ocurrido. Y más de una vez. El pasado mayo, en Chicago, durante el congreso de la Sociedad Americana de Oncología (ASCO, por sus siglas en inglés), un auditorio entero se puso en pie para aplaudir los resultados de una terapia dirigida que logra duplicar la supervivencia en cáncer de páncreas, un tumor de muy mal pronóstico. Y este fin de semana, en Madrid, centenares de oncólogos de medio mundo volvieron a ponerse en pie: esta vez, una ovación espontánea recorrió el congreso europeo de oncología al conocerse que un ensayo para el cáncer de pulmón más agresivo lograba una mejora de la supervivencia nunca vista en ese tumor. “Estamos viendo una explosión de diferentes fármacos. Y esta innovación no está ocurriendo solo en los tumores más frecuentes, sino también en algunos más raros y agresivos. Esto es muy importante y significativo”, reflexiona la oncóloga Ángela Lamarca, coordinadora del Comité de Comunicación del congreso europeo.
La computación cuántica, todavía en fase experimental, está llamada a revolucionar la informática. Se supone que multiplicará exponencialmente la capacidad de cómputo de los ordenadores. Eso es una muy buena noticia para la investigación y los desarrolladores, pero también tiene algunas implicaciones en el campo de la seguridad: los ordenadores cuánticos serán tan potentes que, presumiblemente, serán capaces de romper el cifrado (es decir, conseguir la clave) de muchas de las comunicaciones consideradas hoy bien protegidas. Este problema lleva tiempo anticipándose en el campo de la ciberseguridad, que busca estrategias para desarrollar sistemas de criptografía que puedan resistir a ordenadores cuánticos.
Su padre es arquitecto; su madre, diseñadora de interiores. Él, entrenador de fútbol. Y es el mejor de todos: Pere Romeu (Barcelona, 34 años) se quedó con el premio Johan Cruyff al mejor entrenador de un equipo femenino en la gala del Balón de Oro, el primer español en lograrlo en esa categoría. Y eso que, de niño, sus padres creían que seguiría sus pasos: “‘Tirará para arquitecto’, me decían. Me fijaba en las cosas, porque me habían educado así: fijarme en los detalles, ver cómo están estructuradas y organizadas las cosas. Tenía buen ojo”. Ese ojo lo utilizó para construir equipos de fútbol. Y construyó el mejor de todos: el Barcelona femenino.
El 14 de mayo de 2016, el Ayuntamiento de Madrid programó en Las Vistillas a un colectivo de rap al que buena parte de su propia escena llamaba “pijo”. Agorazein, que formaban C. Tangana, Sticky M.A., Jerv.AGZ, I-Ace y DJ Fabianni, planteó aquel concierto como una fiesta familiar, “AGZ Familia”: en el cartel, dibujado a mano, había una cena con Antón Álvarez (Pucho para los suyos, C. Tangana para el público) en el centro, un cocodrilo en la mesa y, alrededor, amigos como el rapero Elio Toffana y el productor Alizzz. Ese mismo día, en HHGroups, el foro del rap español, alguien escribía: “En fin, que [C. Tangana] molaba más cuando era Crema”. Crema era el nombre con el que Álvarez empezó a rapear, sobre 2005. Seis meses después, el 15 de noviembre de 2016, Agorazein publicó Siempre, quince canciones que resultaron ser el último disco del grupo.


Susi Sánchez (Chirivella, Valencia, 71 años) espera en la puerta del hotel Capitol de Madrid. Es curioso que admita no saber representar el papel de estrella, porque su figura de estrella clásica de otro tiempo detiene la mirada de las personas que a estas horas, media tarde, cruzan la Gran Vía. Ha trabajado con Pedro Almodóvar en La piel que habito, Julieta y Dolor y gloria. Ganó el Goya a la mejor actriz protagonista en 2019 por La enfermedad del domingo, de Ramón Salazar, y el de reparto en 2023 por Cinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa. Tiene un premio Max a la mejor actriz de reparto por Cuando deje de llover, en 2014. Sube a la terraza, busca sombra, pide agua. Las miradas de los demás no dejan de llover sobre ella, pero se hace la distraída. Ha dado vida a Pascuala, la abuela de un niño de 11 años que se va a vivir con ella tras la desaparición de su padre, en El mal hijo, la ópera prima de Jaime Lorente.

Hay decisiones que cuesta entender. En la vida y en televisión. Como el paso de Marc Giró a La Sexta. Era una figura en ascenso en una TVE en alza. Giró no garantizaba share, pero aportaba imagen y coherencia con la nueva identidad de la pública que en ese momento buscaba remozar su audiencia apoyándose en rostros reconocibles para los jóvenes: Broncano, Giró, Álvarez, Hernand… Con el cambio, Giró perdía visibilidad, pero ganaba en salud. Se iba a un entorno laboral en el que, por ahora, no suenan las motosierras. Para minimizar el golpe, TVE miró a su segundo canal y tiró de Henar Álvarez y su Al cielo con ella. Un perfil similar. Ambos son cáusticos, mordaces, reivindicativos. Uno con guante de seda, la otra con guante de crin.