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Nieves Lao Giménez tiene 42 años y empezó hace 18 a trabajar para el Servicio Andaluz de Salud (SAS). En todo este tiempo, ha acumulado una vida laboral de 17 páginas. Este documento oficial que facilita la Seguridad Social recoge todas las altas y bajas de empleos que un trabajador registra en el sistema, y para alguien con una vida laboral de unos 20 años, lo habitual es que ocupe dos o tres páginas. Esta enfermera que ahora trabaja en el área de salud mental del hospital Torrecárdenas de Almería ha desarrollado casi toda su experiencia laboral enlazando sustituciones de pocos días, semanas o meses en el mejor de los casos. “Y sin generar ni siquiera derecho a vacaciones”, se queja. Su caso es uno de los cientos de miles de ejemplos que inundan las plantillas de las Administraciones publicas españolas. Estas emplean a más de tres millones de trabajadores. Actualmente, uno de cada tres son temporales.
Su velero, el Almirante, era un granito de arroz en mitad del Mediterráneo. Mientras se comía el último trozo de pollo reseco, sonrió ante una idea: seguro que nadie más que él sabía que estaba todavía vivo. Él tampoco se lo podía creer. Habían pasado 11 días y desde hacía cuatro ya nadie lo estaba buscando. “Yo sabía que era hombre muerto, pero aún no lo estaba”.


Jacqueline Bisset (Weybridge, Inglaterra, 81 años) está en España después de tanto tiempo que casi ni se acuerda. Ha venido este fin de semana a Zaragoza a recoger un premio por su trayectoria en el festival Saraqusta, especializado en cine histórico. “Si consigo pronunciarlo bien dos veces”, confiesa, “pensé que encontraría el camino para llegar”. Y lo ha hecho. Y eso a pesar de que su viaje, desde Los Ángeles vía Londres donde se le perdió la maleta, ha sido toda una odisea. “Ya no hay personas con quien hablar, solo máquinas que no te resuelven nada”, se lamenta, pese a que la historia del extravío tuvo final feliz, “gracias a un señor muy amable en España”. “Fue un momento de estrés”, reconoce. Bisset viaja sola y sin ningún asistente. “Es activa, completamente autónoma y profesional, escucha y atiende, no deja de trabajar, todo lo hace fácil y no parece que tenga la edad que tiene”, reconoce con admiración el director del festival Saraqusta, José Angel Delgado.
Ningún otro lugar de la antigüedad ha sido investigado tan minuciosamente como Pompeya, la ciudad romana del sur de Italia destruida por la erupción del Vesubio en el año 79. Sin embargo, muchos misterios milenarios permanecen: no está claro si el desastre ocurrió en verano o en otoño (hay pruebas para defender las dos tesis); ni se sabe con certeza cuánta gente vivía allí en el momento de la explosión volcánica (los expertos barajan un amplio arco que va de los 15.000 a los 30.000, contando los esclavos); ni se ha encontrado nunca el puerto, que debió ser muy importante. Tampoco está claro cuánta gente murió como consecuencia de la erupción: hasta ahora han sido hallados 1.200 cadáveres y, dado que se han excavado dos tercios del yacimiento, se calcula que pudieron fallecer unas 2.000 personas, la mayoría de ellas en la segunda parte de la erupción, que se prolongó durante dos días. Sin embargo, un descubrimiento realizado esta semana puede cambiar este relato.
Sumido en la deprimente lectura de las noticias, una captó poderosamente mi atención: “La caracola vampiro (Cumnia intertexta), elegida molusco del año 2026”. Por fin una historia de interés humano, me dije. Porque esto dice más de los humanos que han elegido a este bicho que del bicho en sí, que vivirá en la ignorancia de semejante honor. Es una cosa científica, imagino que loable, pero tienen que recurrir a estas fórmulas hollywoodienses, que infestan hasta una cena anual de registradores de la propiedad en provincias y ya llegan hasta el fondo marino. Imagino que allá en las profundidades la vida discurre ajena a estos desvelos mundanos, submarina, silenciosa, seguramente aburrida, aunque la caracola vampiro le da vidilla, pues están de moda los vampiros, los zombis y todo lo que evoque la presidencia de Trump. Este molusco del año actúa de la siguiente manera: repta por el fondo del mar, se acerca a un pez mientras duerme, saca una especie de trompa, le chupa un poquito de sangre y luego se va. La discreción, el sigilo, son esenciales en su trabajo, y a eso voy: sabiendo esto, ¿van y le hacen molusco del año para que se entere todo el mundo? Esto en el mar no lo sabía nadie y ahora no se habla de otra cosa. El molusco del año va a tener un año muy difícil, ya se lo digo, no podrá acercarse a nadie, la fama repentina le ha destruido. Es un muñeco roto.

Barrio rico, barrio pobre. Una sola calle, la Travessera de les Corts, separa un vecindario de alto poder adquisitivo, como es el de Les Corts de Barcelona y su imponente Camp Nou, con otro de perfil obrero y mucho más humilde, como Collblanc, en L’Hospitalet de Llobregat, la segunda ciudad catalana más poblada, con 282.000 habitantes. El parque de la Marquesa ofrece al visitante un momento de respiro antes de entrar en un entramado de calles estrechas, pobladas de altos y envejecidos edificios que ofrecen una postal de uno de esos típicos barrios de las grandes urbes catalanas levantados en los años cincuenta y sesenta para acoger a la inmigración del sur de España. “Son pisos antiguos, sin ascensor, así que la gente se marcha cuando puede, no vienen parejas jóvenes. Todo se va deteriorando porque no se ha hecho el trabajo que se tenía que hacer”, explica el hombre que regenta un quiosco.


“Este no es el final, sino el principio”, decía la ministra colombiana de Ambiente, Irene Vélez (Bogotá, 43 años), en el plenario de cierre de la conferencia sobre la transición para dejar atrás los combustibles fósiles que se ha celebrado esta semana en la ciudad caribeña de Santa Marta. No ha sido una cumbre del clima como las que convoca anualmente la ONU, ni por las formas (no se ha discutido a cara de perro ni cada palabra ni cada coma), ni por sus dimensiones (57 países representados por pequeñas delegaciones), ni por el contenido: aquí se ha tratado, mucho más abiertamente, de intercambiar fórmulas, propuestas y problemas de esa transición para abandonar los combustibles fósiles, principales responsables del calentamiento global. Hablar a las claras de eso se ha convertido en un tabú en las cumbres clásicas del clima. Por eso lo que ha ocurrido en Santa Marta ha sido diferente.



A la industria que impulsa la inteligencia artificial (IA) cada vez le resulta más complicado proyectar una cara amable. El relato oficial que promueven las empresas que lideran esta tecnología es que ha llegado para mejorar el mundo. Prometen que aumentará las capacidades humanas, nos permitirá trabajar menos, facilitará tareas hasta ahora tediosas, revolucionará la ciencia, curará enfermedades, incluso resolverá la crisis climática. Pero esta semana, varios acontecimientos han aportado una buena dosis de realidad. El Banco Central Europeo ha ordenado a la banca reforzar su ciberseguridad porque teme que el último modelo de Anthropic, que ha demostrado ser especialmente bueno detectando fallos de software, pueda causar estragos en el sector, dejando desnudas las cuentas de millones de personas. En Estados Unidos, Google rompió el martes su política antibelicista y firmó un acuerdo con el Pentágono para cederle sus modelos, que podrán ser usados para asuntos clasificados. El viernes, el Departamento de Guerra anunció que ese acuerdo se extendía a xAI, OpenAI, Amazon, Microsoft o Nvidia, entre otras. Todo eso mientras se celebra el crucial juicio sobre OpenAI, la desarrolladora de ChatGPT, por el que desfilarán durante el próximo mes muchos tecnomagnates —ya lo hizo Elon Musk— y que está dejando al descubierto la lucha de poder que subyace a sus proclamas para salvar el mundo con la IA.

Ibrahim Badr corre, ajeno a la miseria y la incertidumbre que le rodean, entre las tiendas de campaña de familias desplazadas instaladas en un patio de la Universidad islámica de Ciudad de Gaza. Tiene dos años y medio y un inconfundible acento egipcio que delata que aprendió a hablar en el país vecino, lejos de toda su familia y de Gaza.

