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En la primera escena de La risa y la navaja, un policía fronterizo apostado en una desértica carretera que da entrada a Guinea-Bisáu pide un libro al protagonista del largometraje para dejarle pasar. Ese momento surrealista anuncia que el último largometraje del director portugués Pedro Pinho va a cuestionar esa mirada sesgada e inundada de clichés que se reserva a África.

El sueño de la infancia de Estel Blay Carreras (Manresa, 39 años) era convertirse en astronauta. Más de la mitad de las niñas que tienen la ambición de dedicarse a las ciencias desisten en la adolescencia, pero no fue su caso, que convirtió una fantasía en un plan de futuro profesional. Se formó en Ciencia Aeroespacial, se doctoró, tuvo varios trabajos. Hoy, esta mujer, que vive en un barrio residencial de Sitges con su familia y dos hámsteres, que nos recibe con una sonrisa y en calcetines, que tiene un estilo de vida aparentemente convencional, en poco más de un año será la próxima comandante de una misión que simulará, en una isla remota del Ártico, una expedición a Marte.
Hay una conversación que se repite desde hace años en foros como Reddit o Forocoches. Alguien tiene ganas de hacer algo —acudir a un concierto, empezar a practicar determinado deporte o probar la comida libanesa— pero no se decide porque no tiene quien lo acompañe. Entonces cuelga un post en el que pide consejo, porque teme acabar como un usuario que fue a una fiesta donde pinchaban su música favorita y terminó agobiado. Es un mensaje real: “Me siento fuera de lugar porque estoy solo y todo el mundo está con amigos. ¿Qué hago? No quiero parecer un bicho raro o dar mala espina. Creo que todo el mundo me está mirando”.
¿Quién se atrevería a adivinar que tras décadas de horror se iba a topar con algo tan puro, libre y sereno a la vez? Entre las montañas más remotas de los Balcanes, el parque nacional de Sutjeska respira una calma que no entiende de estaciones ni de nostalgias. Al sur de Bosnia y Herzegovina, casi en la frontera con Montenegro, a este territorio de valles profundos, bosques centenarios y cumbres que rozan el cielo se le conoce como “el pulmón del país”. Y no solo por su aire limpio: también por la fuerza vital que emana de un escenario donde la naturaleza ha resistido a guerras, dictaduras y olvidos.
No hace falta ser Karlos Arguiñano, Ferran Adrià o René Redzepi –Dios le guarde y se le olvide dónde– para freír unas patatas. Cualquiera puede cortar unas cuantas, pasarlas por aceite caliente y echarles sal, pero la calidad del resultado dependerá de cómo haya dado esos sencillos pasos. Hay patatas doradas, crujientes y en su punto perfecto de grasa y sal. Y también hay patatas blandurrias, grasientas, un pelín requemadas o algo crudas, porque en el proceso se han cometido ciertos errores.
Las ideas que el psicólogo israelí-estadounidense Daniel Kahneman (1934-2024), Premio Nobel de Ciencias Económicas en 2002, estableció en su famosa obra Pensar rápido, pensar despacio son muy útiles para que un ajedrecista estructure su pensamiento. Él distingue dos sistemas: el 1 es “rápido, intuitivo y emocional”; el 2, “más lento, deliberativo y lógico”. Si aplicamos el sistema 1 a las posiciones de dos torres contra una dama, preferimos las torres si hay columnas abiertas y pueden apoyar el avance de peones pasados; pero nos encontramos más a gusto con la dama si el rey enemigo está expuesto a muchos jaques.