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Hay situaciones en la vida que te dejan hecha polvo. Condenas que aparecen de la nada y que cambian el horizonte de muchas vidas para siempre, añadiendo una sombra a cada futuro que podamos imaginar. La instalación de Greenfiber (Altri y Smarttia) en el corazón de Galicia, en nuestra tierra, era una de esas condenas. Cadena perpetua. Muerte lenta por cámara de gas a una forma de vivir preciosa que dábamos por sentado.
El pasado domingo, en Ibiza, un hombre de 34 años con una orden de alejamiento y una pulsera antimaltratadores entró en la casa de su expareja y comenzó a golpearla una y otra vez. Los primeros en llegar a esa vivienda en Sant Antoni fueron la madre, la hermana y el padre de ella, a los que el agresor también golpeó. Él fue detenido poco después por agentes de la Guardia Civil, los familiares fueron atendidos por contusiones, y ella, de 31 años, entró en la UCI, primero a la del Hospital Can Misses, en estado crítico, con diversos traumatismos y heridas, y después a la de la Policlínica Nuestra Señora del Rosario, donde lleva toda la semana bajo estricta vigilancia médica, aún en esa unidad de cuidados intensivos. La investigación determinará qué sucedió con el dispositivo de alejamiento: si falló o no. Igualdad, por el momento, afirma que funcionó correctamente. Pero señala un problema de base, la distancia impuesta en esa orden de alejamiento, que es la que marca la distancia a la que salta la pulsera: 100 metros.

El Tribunal Supremo ha confirmado la condena de casi 50 años de cárcel a un joven que retuvo durante 35 días a su pareja, que entonces tenía 16, y la sometió a toda clase de agresiones sexuales, físicas y psíquicas. El acusado, de 19 años entonces, alegó drogodependencia y abuso del alcohol para recurrir la pena, pero el alto tribunal descarta ambas circunstancias y confirma la condena por siete delitos: asesinato en grado de tentativa, detención ilegal, agresión sexual continuada, malos tratos físicos y psíquicos habituales, delito contra la integridad moral, lesiones en el ámbito de la violencia de género con instrumento peligroso y amenazas continuadas.

La fiscalía francesa reveló hace unos días una investigación relevante en la que lleva años trabajando: la que implica a Jacques Leveugle, un hombre de 79 años que, durante medio siglo, agredió sexualmente al menos 89 menores a los que enseñaba. El caso es aberrante pero no insólito, pues hace justo un año se juzgaba a Joël Le Scouarnec, un respetado cirujano que, también durante décadas, abusó de 299 pacientes, la mayoría menores. Fue poco después del juicio por violencia sexual más importante en Francia, el de Dominique Pelicot, quien drogó a su mujer, Gisèle Pelicot, para que la violaran al menos 50 hombres, mientras ella estaba inconsciente.
La reciente decisión de varias comunidades autónomas de oponerse a la catalogación de la anguila europea como especie amenazada no es solo una mala noticia para una de las especies más emblemáticas y en peor estado de conservación de nuestros ríos, humedales y mares. Es, sobre todo, una señal preocupante de algo más profundo: el fallo del sistema de gobernanza de la biodiversidad en España.