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Por si no tuviéramos bastante con la inestabilidad, la precariedad y las veleidades de un sector caprichoso e ingrato, cada cierto tiempo los trabajadores del audiovisual nos tenemos que enfrentar a una vicisitud profesional añadida: los estrenos de los amigos.

Han pasado cuatro meses desde que Chiedza (nombre ficticio), de 33 años, regresó a Zimbabue desde Myanmar, donde fue víctima de trata de personas, pero su trauma sigue muy vivo. Como miles de zimbabuenses obligados por las dificultades económicas, esta madre soltera de dos hijos migró al sudeste asiático en noviembre de 2024, creyendo que había encontrado un empleo en Tailandia, pero acabó en manos de una red criminal en Myanmar. Le quitaron el pasaporte para evitar que huyera y la obligaron a realizar estafas por internet en Shwe Kokko, una ciudad conocida por la concentración de este tipo de crímenes.

En la primera escena de La risa y la navaja, un policía fronterizo apostado en una desértica carretera que da entrada a Guinea-Bisáu pide un libro al protagonista del largometraje para dejarle pasar. Ese momento surrealista anuncia que el último largometraje del director portugués Pedro Pinho va a cuestionar esa mirada sesgada e inundada de clichés que se reserva a África.

El sueño de la infancia de Estel Blay Carreras (Manresa, 39 años) era convertirse en astronauta. Más de la mitad de las niñas que tienen la ambición de dedicarse a las ciencias desisten en la adolescencia, pero no fue su caso, que convirtió una fantasía en un plan de futuro profesional. Se formó en Ciencia Aeroespacial, se doctoró, tuvo varios trabajos. Hoy, esta mujer, que vive en un barrio residencial de Sitges con su familia y dos hámsteres, que nos recibe con una sonrisa y en calcetines, que tiene un estilo de vida aparentemente convencional, en poco más de un año será la próxima comandante de una misión que simulará, en una isla remota del Ártico, una expedición a Marte.
Hay una conversación que se repite desde hace años en foros como Reddit o Forocoches. Alguien tiene ganas de hacer algo —acudir a un concierto, empezar a practicar determinado deporte o probar la comida libanesa— pero no se decide porque no tiene quien lo acompañe. Entonces cuelga un post en el que pide consejo, porque teme acabar como un usuario que fue a una fiesta donde pinchaban su música favorita y terminó agobiado. Es un mensaje real: “Me siento fuera de lugar porque estoy solo y todo el mundo está con amigos. ¿Qué hago? No quiero parecer un bicho raro o dar mala espina. Creo que todo el mundo me está mirando”.
¿Quién se atrevería a adivinar que tras décadas de horror se iba a topar con algo tan puro, libre y sereno a la vez? Entre las montañas más remotas de los Balcanes, el parque nacional de Sutjeska respira una calma que no entiende de estaciones ni de nostalgias. Al sur de Bosnia y Herzegovina, casi en la frontera con Montenegro, a este territorio de valles profundos, bosques centenarios y cumbres que rozan el cielo se le conoce como “el pulmón del país”. Y no solo por su aire limpio: también por la fuerza vital que emana de un escenario donde la naturaleza ha resistido a guerras, dictaduras y olvidos.
La primera Conferencia sobre la Transición para Abandonar los Combustibles Fósiles, que se celebra en Santa Marta (Colombia) y en la que se espera que este martes y miércoles participen los representantes de medio centenar de países, ha puesto el foco sobre los beneficios extraordinarios que las empresas energéticas, especialmente las petroleras, están logrando con el alza de los precios ligados a la guerra en Oriente Próximo. Durante los primeros días de esta cita, los debates entre expertos y representantes de la sociedad civil se han centrado en buena parte en cómo financiar la transición energética necesaria para que el calentamiento global se quede dentro de los límites menos catastróficos. Y la fiscalidad sobre las empresas de combustibles, principales causantes del cambio climático, está en ese debate, como también otras medidas como la reducción de la deuda externa de los países o los mecanismos de arbitraje internacional que permiten a las multinacionales demandar a los Estados si anulan proyectos fósiles.

Entre las paredes del Hospital Clínic de Barcelona, en un viaje de ida y vuelta por no más de tres pasillos y unas cuantas escaleras, se pauta, se fabrica y se administra una innovadora inmunoterapia contra el cáncer que ha cambiado el pronóstico de algunos tumores de la sangre: es la terapia CAR-T, una obra de ingeniería genética que reentrena al sistema inmune del paciente para que combata mejor las células malignas. Hay ya un puñado de medicamentos de este tipo confeccionados por la industria farmacéutica, pero el Clínic ha sido pionero en el desarrollo de un CAR-T académico con el que ya han tratado a más de 650 pacientes sin alternativas terapéuticas. “Pasamos de tratar a siete pacientes en 2017 a 114 en 2025. Es una revolución y yo no veo un límite”, cuenta el hematólogo Julio Delgado, jefe de la Unidad de Oncoinmunoterapia. “Cada vez hay más indicaciones, más ensayos clínicos… Y lo bonito es que, como lo hacemos nosotros, el límite nos lo ponemos nosotros mismos, no dependemos de la industria farmacéutica para que lo haga”, subraya.






No hace falta ser Karlos Arguiñano, Ferran Adrià o René Redzepi –Dios le guarde y se le olvide dónde– para freír unas patatas. Cualquiera puede cortar unas cuantas, pasarlas por aceite caliente y echarles sal, pero la calidad del resultado dependerá de cómo haya dado esos sencillos pasos. Hay patatas doradas, crujientes y en su punto perfecto de grasa y sal. Y también hay patatas blandurrias, grasientas, un pelín requemadas o algo crudas, porque en el proceso se han cometido ciertos errores.