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Elon Musk ha vuelto al estrado del juzgado de Oakland, en California, en su cruzada judicial contra OpenAI, la empresa de inteligencia artificial que cofundó junto a Sam Altman. Un día después de contar cómo fueron sus inicios en la tecnológica y de alertar de los peligros de esta —en su primera intervención aseguró que tenía una “preocupación extrema” con la IA” y que “podría matarnos a todos”—, este miércoles se ha centrado en explicar por qué salió de la empresa y en responder, en no muy buen tono, a las preguntas de los abogados de OpenAI. Esta vez Altman sí ha estado presente en la sala, sin mover un músculo, con una pequeña libreta en la mano. También ha salido a relucir la estrecha relación de Musk con el presidente de EE UU, Donald Trump. El jueves se retomará la declaración.
Llega con un clasificador azul lleno de fundas de plástico transparente y un bloc de pintura el mismo día que su hija cumple 7 años. Dentro está todo lo que ha ido guardando desde hace meses: las transcripciones de las conversaciones con ella, de los vídeos y los audios que le ha grabado mientras la niña le explicaba cosas que recordaba, dibujos que ha hecho en los que hay un hombre con sangre en la boca y al que se le distingue claramente la bragueta del pantalón que parece semiabierta, otro en el que aparece una mujer con una soga, o uno con una niña en una jaula, u otra rodeada de medicamentos y utensilios médicos. Están también todos los documentos policiales, médicos, judiciales y legales, todo lo que esta mujer de poco más de 40 años y su marido han entregado a su abogada, a la policía y al juzgado.

Son las 5.30 de la mañana y un grupo de hombres vestidos con jalabias blancas sale de una mezquita de El Haj Yousif, un barrio ubicado en la periferia de Jartum. Hace un año, estas calles estaban totalmente ocupadas por las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés), el grupo paramilitar que hace tres años atacó la capital de Sudán y a las fuerzas gubernamentales y dio inicio a una cruenta guerra civil que ha sumido al país en la peor crisis humanitaria del planeta. Rami oye nuestras voces y sale al portal, apoya su espalda contra el muro exterior de su casa y dice: “Hace un año, esto no podríamos estar haciéndolo”. Miro a izquierda y derecha, y le pregunto qué estamos haciendo exactamente. “Esto, estar aquí, charlando en la calle”, responde.

Al planificar un viaje por los lagos canadienses, lo difícil no es el itinerario, sino asumir una escala difícil de comprender: solo en la provincia de Ontario, fronteriza con Estados Unidos, hay más de 250.000 lagos. Aquí, en la región de los Grandes Lagos —donde se concentra una quinta parte del agua dulce del planeta—, las distancias dejan de medirse en kilómetros. Enlazando viajes desde el lago Ontario al Superior, pasando por Muskoka, la bahía Georgiana o el remoto norte, aquí todo es inmenso, silencioso. Todo un privilegio para viajar de otra manera.
Más información en la guía Canadá de Lonely Planet y en en la web lonelyplanet.es.

Dentro de la categoría de postres con frutas, el crumble –o crisp en inglés estadounidense– es el rey. Se trata de una base de fruta horneada dulce, pero con su toque ácido, cubierta de una capa crujiente que suele prepararse con harina, azúcar y mantequilla, aunque en nuestro caso añadimos también un poco de avena para darle todavía más textura.

Durante tres décadas de negociaciones en la ONU, ha sido prácticamente imposible llevar a los acuerdos que salen de las cumbres climáticas la realidad de lo que le ocurre al planeta: el ser humano lo está sobrecalentando hasta unos peligrosos niveles con la quema continuada de los combustibles fósiles (el petróleo, el gas y el carbón). Trasladar esta evidencia científica a los textos de las cumbres ha sido imposible por el veto firme de los principales países productores a cualquier mención a los combustibles. “Hemos estado tratando los síntomas y nunca hemos dicho que los combustibles son la causa principal de este cáncer y es lo que tenemos que atacar”, ha resumido Juan Carlos Monterrey, enviado especial de Cambio Climático de Panamá.
La situación política en Venezuela rompió a la familia. Hoy hay una madre con dos hijas en Barcelona, otro hijo en Perú, otro en Estados Unidos. Pero en Barcelona, hoy hay también buenas noticias: una de las hijas, Camila Herrera, enfermera de 23 años, ha conseguido que su solicitud de regularización sea admitida a trámite. Es una de las primeras en España del proceso iniciado por el Gobierno para formalizar los documentos de medio millón de extranjeros. El papel lo recoge así y en negrita: “Implica la autorización, de forma provisional, a la persona solicitante, a residir y, en caso de que se encuentre en edad laboral, a trabajar por cuenta ajena y por cuenta propia en todo el territorio nacional y en cualquier ocupación o sector de actividad”. En unos días, Camila recibirá en su domicilio los documentos que reconocen el derecho a la asistencia sanitaria a todos y cada uno de los miembros de su familia. “Estoy impactada y contenta, claro”, dice la joven sanitaria. Apenas acaba de conocer la noticia; no le ha dado tiempo de contárselo a su madre, que anda también con el proceso de regularización. La familia tiene solicitado el asilo humanitario, y esa es la razón de que Camila haya encontrado trabajo legal en la Clínica Sagrada Familia de Barcelona, donde este miércoles el despacho de Abogados Legalteam, uno de los de referencia en materia de extranjería y nacionalidad, le ha comunicado que su caso sigue adelante.
