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Tres expertos en educación plantean una reforma sencilla para hacer más equitativa la Prueba de Acceso a la Universidad (PAU), unos exámenes que generan cada año agravios territoriales. El motivo es que, aunque la calificación obtenida en un lugar de España sirve para entrar en cualquier universidad pública del país, los ejercicios son diferentes en cada comunidad autónoma. El año pasado, la diferencia en la media de los estudiantes gallegos y los murcianos fue, por ejemplo, de casi un punto a favor de los segundos, una disparidad que cambia cada curso de protagonistas, pero se repite con regularidad. “¿Tiene sentido hablar de igualdad de oportunidades cuando 17 exámenes distintos de una misma asignatura compiten directamente entre sí? Estadísticamente, el proceso está viciado, porque se tratan datos generados por procedimientos heterogéneos como si fueran equivalentes”, afirman Iván Area, catedrático de Matemática Aplicada en la Universidad de Vigo, José Ángel de Toro, catedrático de Física Aplicada en la Universidad de Castilla-La Mancha, y Elena Gajate, profesora de Matemáticas, todos con experiencia en la gestión de la Selectividad.
El pequeño juzgado del edificio Ronald V. Dellums, donde se imparte justicia en la localidad de Oakland (California, 440.000 habitantes), frente a San Francisco, se va a convertir en las próximas semanas en el bullicioso epicentro de las miradas del mundo tecnológico global. En ese tranquilo edificio se va a juzgar uno de los casos del año: el que enfrenta y hará pasar por el estrado a los todopoderosos, ricos e incluso ya personajes famosos Sam Altman, el multimillonario presidente ejecutivo de OpenIA, y al empresario Elon Musk, el hombre más rico del planeta. En liza: el futuro de la empresa que revolucionó el concepto de inteligencia artificial, OpenAI. Y también muchos dólares en juego: 150.000 millones, concretamente (unos 130.000 millones de euros).

Concha Ortiz lleva 33 años adaptándose y reinventándose como traductora e intérprete. Tres décadas en las que, como nos cuenta, la irrupción de la inteligencia artificial no ha sido la primera revolución que la ha tocado vivir: antes ya vivió la aparición de internet y las búsquedas online, los glosarios y bases terminológicas, los programas de traducción y la interpretación simultánea remota. Todas ellas superadas e incorporadas a su trabajo.
Neil Armstrong dio un pequeño paso, y un saltito, para pisar la Luna y plantar una bandera, y todo el mundo habla de él, y es el héroe de los niños, pero, solo unos segundos después, también bajó Buzz Aldrin del Apolo XI para saludar a los selenitas. De él se habló menos, como también rodea cierto silencio a la figura esbeltísima (1,86m, 59 kilos) de Yomif Kejelcha, que acompañó a Sabastian Sawe el domingo hasta la última milla del maratón de Londres y también, como el keniano que grabó en sus zapatillas blancas 1:59.30, llegó a la Luna de las dos horas, solo 11 segundos después.

Mariana Mazzucato es una polvorilla. La economista italo-americana (nacida en Roma hace 57 años, criada en Estados Unidos y afincada en Londres) forma parte de ese grupo de reputados académicos progresistas que ejercen una oposición desacomplejada al neoliberalismo y al trumpismo posterior a este, pero lo hace sin afectación ni solemnidad. Habla con pasión y optimismo de otra forma de hacer y ver la economía. Mazzucato, profesora de la University College of London, defiende el papel innovador del sector público y pone como ejemplo idóneo de colaboración público-privada la primera misión a la luna ideada por Kennedy, ahora tan de actualidad. Su obra escrita es vibrante y títulos como El Estado Emprendedor o Misión Economía (editados por Taurus en España) dan buena cuenta de ello. En esta entrevista, concedida en el marco de la Global Progressive Mobilisation (GPM) en Barcelona, está exultante por la creación de un Consejo Global para una Economía del Bien Común junto al Gobierno español. Sin embargo, aborda el impacto estructural de la era Trump en la economía mundial con menos euforia.
Han pasado cuatro meses desde que Chiedza (nombre ficticio), de 33 años, regresó a Zimbabue desde Myanmar, donde fue víctima de trata de personas, pero su trauma sigue muy vivo. Como miles de zimbabuenses obligados por las dificultades económicas, esta madre soltera de dos hijos migró al sudeste asiático en noviembre de 2024, creyendo que había encontrado un empleo en Tailandia, pero acabó en manos de una red criminal en Myanmar. Le quitaron el pasaporte para evitar que huyera y la obligaron a realizar estafas por internet en Shwe Kokko, una ciudad conocida por la concentración de este tipo de crímenes.

En la primera escena de La risa y la navaja, un policía fronterizo apostado en una desértica carretera que da entrada a Guinea-Bisáu pide un libro al protagonista del largometraje para dejarle pasar. Ese momento surrealista anuncia que el último largometraje del director portugués Pedro Pinho va a cuestionar esa mirada sesgada e inundada de clichés que se reserva a África.
