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Qué suerte tenemos de que nuestra realidad haya colapsado en espacio y tiempo con la de Eider Rodríguez. Lo bueno de tener un nuevo libro de la autora vasca es que ante nosotros se despliega el privilegio de adentrarnos en los universos que imagina. Algo hace crac cuando volvemos a la mejor forense de las grietas —corporales, espaciales, sentimentales— que todos ocultamos para seguir como si aquí no pasara nada. Ese espejo al que nos enfrenta, uno que jamás cuestionará nuestra mugre escondida, también nos convierte en seres más perspicaces, despiertos y afilados: personas más listas. Leerla es como si alguien llegara y nos limpiara bruscamente las gafas. Ese gesto supuestamente cariñoso no buscará aliviarnos, sino revelar una verdad tan nítida como cruda. ¿Lo malo de este libro? Solo hay seis relatos, y se acaban.



Hace ya seis años apareció el tráiler de un juego sencillamente imposible por los elementos que prometía mezclar: mundo abierto de estilo medieval, combates cuerpo a cuerpo y a distancia, batallas a caballo, magia, dragones, robots mecánicos, físicas realistas, clima dinámico, exploración libre, misiones complejas, narrativa profunda, gráficos hiperrealistas y sistemas de juego interconectados; directamente parecía demasiado ambiciosos para ser real. El juego, el coreano Crimson Desert, llegó finalmente al mercado el pasado día 19, y su nota en el agregador Metacritic, un 78, ha sido un jarro de agua fría para quienes habían depositado en el juego sus esperanzas lúdicas (y hasta vitales).
Jennifer Lee cuenta que se le han escapado varias lágrimas de emoción desde que se ha adentrado en World of Frozen, el nuevo espacio dedicado al reino de las princesas Anna y Elsa en Disneyland Paris. Pero Lee no es una apasionada más del universo Disney: ella es la guionista y directora de la primera entrega de la exitosa historia (con la que se llevó el Oscar a mejor película de animación en 2014), y también de la segunda y de la tercera, que codirige con Trent Correy, quien tampoco se ha querido perder la inauguración en París. A Lee también se le escaparán las lágrimas cuando durante la ceremonia de inauguración escuche cantar a la artista francoestadounidense Santa algunos de los grandes éxitos musicales de Frozen frente a Adventure Bay, tres hectáreas de lago que son el centro sobre el que gira el reino de Arendelle. Una ansiada novedad que, desde que se abrió al público este domingo, acumula colas tanto para entrar a la zona como para acceder a Frozen Ever After, una nueva atracción con esperas de hasta 240 minutos.
Cuando contemplo el paisaje de mi vida hasta ahora, mi mirada recorre regiones de lo más diversas. Junto a bosques con abundantes claros se extienden pantanos profundos, suaves colinas que se alzan sobre extensos prados y laderas pedregosas que se alternan con caminos pavimentados. Desde la meseta de la mediana edad es más fácil reconocer por dónde discurren las áreas fronterizas y qué paisajes están delimitados por nítidos contornos; dónde se rompió abruptamente una amistad y dónde se bifurcó un camino... Vistos desde lejos, los periodos que vivimos en su momento como hondos abismos se asemejan hoy más bien a pequeños desfiladeros, y, a vista de pájaro, aquellos tiempos complicados que parecían no tener fin son ahora una breve ruta a través de unos matorrales que, un poco más adelante, desembocará en un precioso paisaje.

Con lo acelerado que va todo, no es raro que a uno le entren ganas de bajarse del mundo un rato. No hace falta una semana en Bali ni apagar el móvil tres días: a veces basta con una escapada corta, un coche, una carretera secundaria y una mesa donde disfrutar de una buena comida para que la cabeza cambie de ritmo. La idea es sencilla: salir unas horas, comer bien, dar un paseo y volver a casa con la sensación de haber hecho un pequeño viaje.





La gran noticia del inicio del concierto de Rosalía no fue que saliera de una caja ataviada con un tutú y zapatillas de punta; tampoco que permaneciera cual estatua para interpretar con una voz exultante Sexo, violencia y llantas; ni siquiera que la veintena de miembros de la británica Heritage Orchestra tomaran posiciones en la pista en un dibujo en cruz mientras sonaba por los altavoces Angel, de Jimi Hendrix (¡chúpate esa: Hendrix en un recital de Rosalía!); ni lo simbólico de cantar estos versos en un Lunes Santo: “Primero amaré el mundo y luego amaré a Dios”. No: lo que dio la sensación de que Movistar Arena iba a ser el lugar más seguro y acogedor del planeta anoche se percibió en el rostro distendido de ella, visible en las pantallas laterales, con los ojos brillantes y entrecerrados y el gesto relajado que anunciaba la recuperación de sus problemas de salud que la obligaron a suspender el concierto de Milán el pasado miércoles. Vimos un semblante natural y confiado, y casi se pudieron descifrar sus pensamientos: “Estoy en forma, aquí se viene algo bueno”. Y se vino, vaya si se vino.

